La identidad nacional desde sus fronteras: Viaje al País de los Araucanos y la construcción de un otro-indígena a finales del siglo XIX, de Teresa Berizonce. Revista TEFROS, 2026 (julio-diciembre), 24(2), 85-108. Sección Artículos Originales.

En línea: julio de 2026. ISSN 1669-726X

 

Cita recomendada (APA 7):

Berizonce, T. (2026). La identidad nacional desde sus fronteras: Viaje al País de los Araucanos y la construcción de un otro-indígena a finales del siglo XIX. Revista TEFROS, 24(2), 85-108. DOI: https://doi.org/10.63207/tefros.v24n2.a4

 

 

La identidad nacional desde sus fronteras: Viaje al País de los Araucanos y la construcción de un otro-indígena a finales del siglo XIX

                                                                           

National Identity from its Borders: Journey to the Land of the Araucanians and the construction of an Indigenous 'other' at the end of the 19th Century

 

A identidade nacional a partir de suas fronteiras: Viagem à Terra dos Araucanos e a construção de um 'outro' indígena no final do século XIX

 

Teresa Berizonce

Universidad Nacional de La Plata, La Plata, Argentina

Contacto: tberizonce@fahce.unlp.edu.ar - ORCID https://orcid.org/0009-0000-6552-6028

 

Fecha de presentación: 16 de diciembre de 2025

Fecha de aceptación: 18 de junio de 2026

 

Resumen

Este artículo pretende problematizar el relato hegemónico de la conformación del Estado-nación argentino y su relación con el sujeto indígena construido como Otro, en particular, su relación con lo “araucano” y su posterior devenir “mapuche”. Atendiendo a un marco de continuidades que recupera el aporte de los nuevos paradigmas de frontera, el trabajo tensiona las narrativas que han invisibilizado, simplificado y tergiversado a los indígenas, producto tanto del legado de la literatura nacional decimonónica como de una parte de la producción historiográfica que continuó reproduciendo sesgos de interpretación. De este modo, se indaga en la obra Viaje al País de los Araucanos (1881) de Estanislao S. Zeballos proponiendo un doble objetivo: abordar la identidad nacional desde sus fronteras en su dimensión histórica y lograr percibir fronteras que continúan construyéndose en nuestra identidad presente. A través de su análisis se intentará mostrar a la obra como un dispositivo literario al servicio de la Nación conquistadora y, asimismo, observar las ambivalencias del autor entre su experiencia fronteriza y su discurso performativo. El deseo último será salvar las distancias presentes con los/as indígenas y poder re-pensar esta larga dicotomía Nosotros-Otro desde las cercanías.

Palabras clave: araucano; otredad; Estado-nación; literatura; Frontera Sur.

Abstract

This article aims to problematize the hegemonic narrative of the formation of the Argentine Nation-State and its relationship with the Indigenous subject constructed as the Other, particularly, its relationship with the "Araucanian" and its subsequent evolution into "Mapuche". Considering a framework of continuities that recovers the contribution of the new frontier paradigms, this work challenges the narratives that have rendered Indigenous peoples invisible and distorted them. This distortion is a product both of the legacy of nineteenth-century national literature and of a segment of historiographical production that continued to reproduce these interpretative biases. In this way, the work explores Estanislao S. Zeballos’s Journey to the Land of the Araucanians (1881), proposing a dual objective: to address national identity from its frontiers in its historical dimension, and to perceive frontiers that continue to be constructed in our present identity. Through its analysis, an attempt will be made to demonstrate the work as a literary device serving the conquering Nation and, likewise, to observe the author's ambivalences between his border experience and his performative discourse. The ultimate desire is to bridge the existing distances with Indigenous peoples and to be able to re-think this long-standing Us-Other dichotomy from a place of closeness.

Keywords: Araucanian; otherness; Nation-State; literatura; Southern Frontier.

 

Resumo

Este artigo visa problematizar o relato hegemônico da conformação do Estado-nação argentino e sua relação com o sujeito indígena construído como Outro, em particular, sua relação com o "araucano" e seu posterior devir "mapuche". Atendendo a um quadro de continuidades que recupera a contribuição dos novos paradigmas de fronteira, o trabalho tensiona as narrativas que invisibilizaram, simplificaram e distorceram os indígenas, produto tanto do legado da literatura nacional oitocentista quanto de uma parte da produção historiográfica que continuou reproduzindo vieses de interpretação. Deste modo, indaga-se a obra Viagem à Terra dos Araucanos (1881) de Estanislao S. Zeballos, propondo um duplo objetivo: abordar a identidade nacional a partir de suas fronteiras em sua dimensão histórica e perceber fronteiras que continuam sendo construídas em nossa identidade presente. Através de sua análise, busca-se demonstrar a obra como um dispositivo literário a serviço da Nação conquistadora e, ao mesmo tempo, observar as ambivalências do autor entre sua experiência fronteiriça e seu discurso performativo. O desejo último é salvar as distâncias presentes com os/as indígenas e poder repensar esta longa dicotomia Nós-Outro a partir das proximidades.

Palavras-chave: araucano; alteridade; Estado-nação; literatura; Fronteira Sul.

 

Introducción

El presente trabajo parte del interés por problematizar el relato hegemónico de la conformación del Estado-nación argentino y su relación con el sujeto indígena construido como una otredad. Las narrativas que han invisibilizado, negado, simplificado y tergiversado a los indígenas son en gran medida producto tanto de la herencia del campo intelectual del siglo XIX, como de una producción académica que hasta tiempos recientes reprodujo cómodamente dichos sesgos en la aproximación al pasado. 

Inserto en una disputa de sentidos tanto epistémica como política, este escrito busca hacerse eco de las discusiones acerca de la frontera recuperando un marco de continuidades que procura cuestionar y matizar con aquella visión lineal y monolítica que le antecedió. En este sentido, propongo un doble objetivo: abordar la identidad nacional desde sus fronteras a partir de una dimensión histórica y lograr percibir aquellas que continúan construyéndose en la identidad nacional presente. Para ello, indago sobre la obra Viaje al País de los Araucanos (1881/2002) de Estanislao S. Zeballos, centrando la mirada sobre el trato particular que adquirió el “araucano” en la construcción de la Nación dentro del clima de expansión de la frontera pampeana-norpatagónica.

De este modo, la estructuración del texto comienza con una primera parte conceptual que permite definir y complejizar las nociones de frontera y de lo araucano-mapuche, para en una segunda parte focalizarse en la interpretación específica de la fuente. En esta última, el análisis de Viaje al País de los Araucanos pretenderá caracterizar la obra como un dispositivo literario al servicio de la Nación conquistadora y, a su vez, buscará dilucidar las ambivalencias y tensiones presentes en su autor, las cuales acaban erigiendo una distancia entre su experiencia fronteriza y su discurso performativo. 

Tendiendo puentes entre el pasado y el presente, en última instancia la propuesta de este escrito es realizar una lectura a contrapágina del legado de la literatura nacional decimonónica, con el deseo de salvar las distancias presentes que se construyen con los/as indígenas y poder así re-pensar esta larga dicotomía Nosotros-Otro(s) desde las cercanías.

 

La identidad nacional desde sus fronteras

Ante todo, es necesario advertir que la definición de frontera dista de permanecer constante en el tiempo. Preguntarse por ella implica aproximarse al sentido polisémico que la atraviesa según el marco habilitante de cada época, ya sea en función de la visión que tienen de esta sus contemporáneos como de la también cambiante de las perspectivas académicas que interpretaron el corpus fronterizo. Una expresión de ello se observa hacia finales del siglo XIX cuando, entre sus múltiples acepciones, primó la que se conoce como una “visión turneriana” que la definía como un espacio y, a su vez, como expresión de una línea civilizatoria (Quijada, 2002, p. 106). Esta noción caló perfectamente en una Argentina decimonónica con ansias expansionistas que, para entonces, se hallaba redefiniendo los límites nosotros-otros apelando a los estrechos vínculos de la Civilización con el proceso de construcción de una Nación. Sin dudas, Frontera, Civilización y Nación comenzaron a ser las palabras estructurantes de finales de siglo.

Dentro de la historiografía tradicional argentina, la noción de una frontera civilizatoria se perpetuó en el tiempo hasta la emergencia de nuevas miradas que re-pensaron la frontera, sus dinámicas y sujetos en base a aportes brindados desde los cruces interdisciplinares. Cuando dejó de ser concebida como un límite objetivo entre lo “civilizado” y la “barbarie”, se comenzó a pensar que el espacio fronterizo era “un territorio imaginado, inestable y permeable de circulación, compromiso y lucha” (Boccara, 2003, p. 12). La complejización de este abordaje allanó el camino a la observación de procesos simultáneos de resistencia, adaptación y cambio; a contemplar la proliferación de nuevas identidades producto de procesos de etnogénesis y mestizajes; y a desarticular la naturalización de la dicotomía naturaleza-cultura o pureza originaria/contaminación cultural (Boccara, 2003, p. 12). 

Sin embargo, sería impreciso comprender este pasaje como una mera linealidad progresiva y consumada. Marcando una continuidad con la episteme nacional nacida del proceso de organización nacional, los autores Gotta et al. (2010) sostienen que las marcas de esas viejas categorizaciones aún nos atraviesan como sujetos sociales y, por tanto, la “margi-nación” existe en tiempo presente como una lucha política no saldada (p. 2). De esta forma, si se piensa que el Estado-Nación permanentemente recrea fronteras –metafóricas, imaginadas y simbólicas a la vez que materiales, políticas, económicas y geográficas–, el análisis de la singularidad que presentan las dinámicas fronterizas trasciende los casos específicos de estudio para constituirse en una herramienta desde la cual concebir la Nación en términos dinámicos y amplios. Por esta razón, la apuesta hacia nuevas formas de ponderar históricamente las fronteras, se torna asimismo una apuesta a disputar sentidos del presente que permitan percibir la construcción de distancias con un(os) Otro(s) y, desde allí, salvaguardar las cercanías aún existentes.

 

Ensañamiento “araucano”: de la “araucanización de las pampas” al indio mapuche chileno

La dualidad nos-otros constituye un aspecto relacional común a cualquier proceso de elaboración identitaria. No obstante, atendiendo al caso de las realidades amerindias, es notorio la existencia de un patrón presente en la construcción sesgada de identidades que le es común a todas ellas: los agentes colonizadores –ya sean coloniales o republicanos crearon identidades a semejanza de sus propias concepciones, tendiendo a fijar realidades móviles y acentuar una coherencia cultural mediante ordenamientos y clasificaciones (Boccara, 2003, p. 9).

Centrando la mirada en particular sobre la Frontera Sur[1], Boccara (2003) analiza las dificultades que a lo largo del tiempo experimentó la “sociedad mayoritaria” en sus intentos de aproximación a los sujetos que identificaba como reche-mapuche-araucano debido a que los mismos presentaban el “problema de las continuidades” (p. 27). En aquel marco interpretativo, lo “problemático” haría referencia a una identidad marcada por adaptaciones que la transforman radicalmente en el tiempo haciéndole perder su pureza o esencia. En respuesta a ello el autor considera que, por el contrario, el dinamismo no necesariamente significa un problema para los sujetos en cuestión, sino que, de hecho, se está en presencia de un pueblo que posee la particularidad de construir su Nosotros en un movimiento de apertura hacia un Otro (pp. 31-32). Por ende, reconocer la existencia de permanencias identitarias entre los cambios habilita a poner en una encrucijada al lugar común donde rápidamente esas identidades han sido pensadas y constituidas como identidades-problema. 

Continuando con la particularidad “araucana”, el énfasis sobre su supuesta pérdida de pureza suele estar asociado al proceso que los etnólogos de la Escuela Histórico-Cultural han dado en llamar “araucanización de las pampas” (Ortelli, 1996, p. 203). Según este marco interpretativo, la noción de “araucanización” es la que permitiría explicar por qué las sociedades indígenas que habitaban la región pampeana hacia el siglo XIX eran cultural y lingüísticamente araucanas y mantenían fuertes conexiones con los indígenas de Chile, siendo constadado por los españoles que este panorama del siglo XVI distaba de ser similar (Ortelli, 1996, p. 203). Desde este enfoque, la definición de araucanización aludía a una supuesta sustitución gradual de la antigua población pampeana por otra diferente originaria de Chile; a la que paradójicamente se le añadía el análisis de que el “difusor” se había vuelto el “difundido” debido a que, una vez asentados al este de los Andes, los araucanos habrían terminado adoptando el modo de vida nómade de los cazadores-recolectores pampeanos (Ortelli, 1996, pp. 203-204). Sin resultar del todo novedosa, dicha teorización de la etnología clásica argentina replicó en gran medida una interpretación general del fenómeno que era ya mencionada, entre otros, por Zeballos al clasificar a la población al sur de la línea de frontera como un desprendimiento de los araucanos chilenos que, una vez en las llanuras, evidenciaban el carácter salvaje propio de su nuevo territorio (Mandrini y Ortelli, 2002, pp. 239-240).

Al preguntarse si la mencionada “araucanización de las pampas” es una realidad histórica o una construcción de los etnólogos, Ortelli (1996) se inclina entonces por esta última concluyendo que “la utilización de un solo concepto para caracterizar un proceso tan complejo, ha contribuido a simplificarlo y oscurecerlo” (p. 218). Rechazando la tesis migracionista y difusionista, propone que la apropiación de elementos culturales araucanos por parte de las sociedades pampeanas debe entenderse como parte del complejo proceso de cambios internos que ya estaba transitando la propia sociedad (p. 205). Sumado a ello, puntualiza la confusión que la terminología presenta al pretender englobar procesos diferenciales que van desde la incorporación de elementos araucanos hasta el asentamiento masivo que tardíamente realizó la población mapuche en la región pampeana (p. 218). De ahí que, a la luz de las nuevas investigaciones, la autora confirma que esas imágenes vagas fuertemente arraigadas han comenzado a perder sentido en el ámbito académico (p. 205).

Cualquier aproximación hacia lo araucano/mapuche requerirá entonces de cierta cautela para reconocer el aspecto relativo y/o parcial de la manera en que fue elaborada y percibida su identidad, como así también los usos político-nacionalistas de los que las narrativas sobre los mismos forman parte. En tal sentido, cuando Boccara lee la documentación oficial que designa a los “araucanos” como indígenas rebeldes de las pampas e invasores chilenos, plantea por el contrario que este tipo de categorización remite a “la manera como la nación argentina se construyó y se imaginó, pero en ningún caso a una realidad indígena que pre-existía” (Ortelli, 1996, p.37). Lo mismo apuntan Mandrini y Ortelli (2002) al vincular estrechamente las representaciones esencialistas del mundo indígena con los procesos paralelos de formación histórica de los estados nacionales a ambos lados de la cordillera, señalando que fue esta impronta nacionalista la que en gran medida propició forjar una distancia entre la Araucanía chilena y la pampa que no tenía un correlato en las realidades etnográficas (p. 250).

Mayor profundidad aún adquiere esta ligazón política en el análisis realizado por Diana Lenton (1998) a propósito de la interdiscursividad nacionalista en la que se insertan los araucanos en Argentina. En su investigación, la autora advierte que las discusiones académicas sobre la araucanización –y sobre las dataciones, más tempranas o tardías, de su inicio– tienen como trasfondo “juzgar la calidad de ‘preexistentes’ o de ‘recién llegados’ de los ‘araucanos’” para desacreditar su arraigo a la tierra y así negarle sus derechos a la nacionalidad “argentina” (p. 285). En ese marco, Lenton observa que la extranjería de los “araucanos” lleva implícita una idea de ocupación ilegítima de un territorio que se proyecta “desde siempre ‘argentino’”. La operación de atribuir distintos grados de legitimación territorial y cultural para los araucanos halla explicación en que los mismos representan una “disidencia política frente al proyecto estatal” (p. 285).

Asimismo, al visualizar los efectos político-ideológicos que la “araucanización” proyecta al día de hoy en el sentido común, Lenton destaca que las valoraciones sobre “lo araucano” se repiten para “lo mapuche” con el fin de desacreditar políticamente los reclamos actuales de las organizaciones mapuche en Argentina (Lenton, 1998, pp. 281, 287). Pero, ¿cuánto tiempo lleva volverse “aborigen”?, se pregunta Lenton. A partir de ese persistente interrogante, la autora pone de manifiesto las ambivalencias de la sociedad argentina: mientras que una sola generación suele ser suficiente para nacionalizar a los inmigrantes, ese mismo criterio parece no aplicarse a los mapuche, quienes continúan siendo señalados como “extranjeros” pese a que muchas familias llevan varias generaciones asentadas en el país (Lenton, 1998, p. 287)

La continuidad discursiva araucana-mapuche aludida es también expuesta frecuentemente en medios de comunicación que inciden políticamente sobre la opinión pública naturalizando y re-editando viejos estereotipos ya cuestionados. A modo de ejemplo, resulta ilustrativo el análisis acerca de una noticia reciente[2] en la que un periodista se propuso enumerar diez verdades sobre los mapuches, donde la primera sentenciaba: “los araucanos -hoy llamados mapuches- no son ‘originarios’ del territorio de la Argentina” (Hanglin, 2017). Para fundamentar esta afirmación inicial, la narrativa periodística recurre a la tradición heredada del siglo XIX –que le permite justificar históricamente esta forma de alteridad a la vez que reproducirla–, apelando a los discursos de la “araucanización de las pampas” y del “patagón-tehuelche”. Así, la nota comenta que los “patagones” eran los antiguos “tehuelches” que habitaban el territorio hasta ser desplazados por una “gran invasión araucana”. A partir de esta premisa, el periodista comienza a esbozar una narración a largo plazo de la Nación en la que presenta al patagón-tehuelche y el araucano-mapuche como alteridades con derroteros de asimilación divergentes: mientras los primeros son representado como “nuestros tehuelches, en general pacíficos”, los segundos son descriptos en tono bélico al vincularlos a los malones con el consiguiente robo de mujeres y de ganado para comerciar en Chile (Hanglin, 2017). Tomando este solo ejemplo –en absoluto original o excepcional– puede observarse cómo lo araucano devenido en mapuche se sustenta discursivamente sobre operaciones de tinte nacionalista: en primer lugar, continuar con la larga tradición de construir al indígena como Otro y, en segundo lugar, asociar esa alteridad a la disputa territorial con el Estado chileno.

Siguiendo esta línea, la reactualización contemporánea del ensañamiento atribuido a lo araucano-mapuche suele aparecer en articulación con construcciones paralelas sobre los tehuelches, las cuales también se remontan al imaginario social del siglo XIX con los debates suscitados en la antropología y la ciencia en general. Acorde a Navarro Floria et al. (2004), figuras como Francisco P. Moreno han contribuido a diagramar y asentar la noción de que existió una “raza primitiva” nacional formulando hipótesis de poco fundamento científico que buscaron vincular a los tehuelches del siglo XIX con los “patagones antiguos” (p. 411). Por ello, los autores afirman que la extrapolación de lo político al terreno científico dio pie a la “invención de un ancestro indígena autóctono y pacífico para los argentinos” que fomentó la rivalidad entre los patagones argentinos y los araucanos invasores (p. 413).

En síntesis, más que una pureza fácilmente descriptible, queda constatado que lo que se denomina araucano refiere a una construcción multiforme que se adapta y re-emerge según la coyuntura en función de intereses políticos situados. En los últimos decenios del siglo XIX y principios del XX puede afirmarse que una de las maneras que encontró la Nación para definirse a sí misma fue con el juego de una alteridad araucana. Igualmente, cierto es que bajo ningún punto dicho juego quedó cernido únicamente a la coyuntura de consolidación del Estado-nación, sino que ha logrado pervivir posteriormente desde su continuidad en lo “mapuche”.

Entrado el siglo XXI, la elaboración de la otredad mapuche replica los patrones de peligrosidad latente en el sur en tanto grupo invasor, a tal punto que en la última década ha emergido en Argentina un nuevo discurso criminalizante que etiqueta a los mapuche como terrorista (Peckaitis, 2021). El agregado de nuevos rótulos que adquieren vigencia en el presente cumple así un rol de reforzamiento de una Nación argentina que se concibe deshistorizada y que, en consecuencia, se enuncia y ejerce desde un “nosotros” radicalmente opuesto. No caben dudas de que desde el no tan lejano siglo XIX hasta los tiempos que corren, uno de los hilos conductores que atraviesa la narración de nuestra Nación en sus distintos contextos es el usufructo de lo araucano como otredad constitutiva de un nosotros.

 

Viaje al país de los Araucanos

 

I. Un dispositivo literario al servicio de la Nación conquistadora

Las primeras palabras que Estanislao Zeballos escribe –y con las que nos encontramos sus lectores– en Viaje al País de los Araucanos es su dedicatoria: “A mi patria”. Este diario de viaje publicado en 1881 –pensado con fines de divulgación como el primer tomo de Descripción amena de la República Argentina–, inaugura de esta forma el acto que desenvuelve de principio a fin la obra: hacer patria en país de los araucanos.

Pero como lector o lectora no nos encontramos solo con estas palabras iniciales sino también con una imagen ilustrativa de presentación, que aclara en su epígrafe: “El doctor Zeballos en Quethé Huithú (tomado con la fotografía de la expedición)” (Zeballos, 2002, p. 20).  En ella se ven como figuras de mayor tamaño a Zeballos –con vestimenta que pareciera típica de la zona y un rifle Remington en mano– posando con un caballo y una cámara fotográfica y, en menor tamaño, a tres hombres detrás tomando mate cerca de una pava con el paisaje de una extensa llanura de fondo; la cámara con un gran trípode y una “caja” ocupa el centro mismo de la imagen y bajo ella, sobre el suelo, un diario de anotaciones, un cráneo indígena y lo que podrían ser más artefactos de la cámara (ver Figura 1).

 

Figura 1

El doctor Zeballos en Quethé Huithú (tomado con la fotografía de la expedición) grabado anónimo de fotografía de Arturo Mathile, 1881 (Zeballos, 2002, p. 20)

 

Ambos elementos de presentación se hallan cargados de una fuerte impronta simbólica para la que, con el objetivo de desglosarlos, es preferible ahondar primero en la vida personal del autor. Proveniente de una familia rosarina, Estanislao S. Zeballos da cuenta tempranamente del espacio de la frontera a razón de que su padre se ha desempeñado como comandante de campaña (Paredes, 2017, pp. 150-151). Desde este origen provinciano, el Zeballos de las décadas de 1860 y 1870 se propuso hacerse de un lugar en la capital porteña mediante una intensa y rápida profesionalización, lo que lo llevó al estudio del Derecho e Ingeniería –ambos sin concluir–, como asimismo a la promoción de instituciones científicas que le aseguraran un respaldo para el reconocimiento político e intelectual anhelado (Paredes, 2017, pp. 150-151). De este modo, acabó siendo miembro fundador de Sociedad Científica Argentina y desempeñándose, a su vez, como cronista en el Diario La Prensa.

No obstante, fue la significativa red de contactos personales la que sobre todo le permitió a Zeballos cobrar notoriedad y extender su influencia. Moviéndose en el mundo político y científico, logró entablar relaciones con importantes figuras como el naturalista alemán Germán Burmeister, el explorador Francisco Pascasio Moreno y Julio Argentino Roca. De hecho, bajo pedido de este último, un año antes de comenzar la escritura de Viaje al País de los Araucanos publica La conquista de quince mil leguas con la finalidad de contribuir a la política ofensiva contra los indígenas y convencer al Congreso de financiar la campaña que el propio General y ministro de Guerra había ya iniciado rumbo a la Frontera Sur.

Teniendo en cuenta este recorrido, Zeballos puede ser ubicado en un momento de nacimiento de una burocracia moderna argentina, en la cual él busca representar un modelo de funcionario y “hombre de Estado” vinculado a su faceta de científico y escritor (Paredes, 2017, p. 152). Por consiguiente, se puede ya formular una primera impresión general del Zeballos-autor: su puño y letra estarán al servicio de la colonización textual y la conquista visual requeridas en el proceso de incorporación de tierras y sujetos a la matriz Estado-nación-territorio.

En este marco, Zeballos decide escribir Viaje al País de los Araucanos con el “deseo de ser útil a su País”, proponiéndose describir en el curso del viaje la geografía de su Patria (Paredes, 2017, pp. 21-22). Entremezclando una prosa literaria con apreciaciones científicas, la manera en que se estructura el libro produce en quien lo lee la sensación de emprender este viaje junto a él. Iniciando desde las doce horas en tren para arribar a Azul, capítulo a capítulo se sigue su recorrido en al menos catorce localidades en una internación cada vez más Tierra Adentro hasta la llegada a Bahía Blanca; para luego regresar junto a sus lectores en un recorrido inverso hacia la capital.

La posición de viajero-narrador en que se sitúa Zeballos, al igual que el eje territorial que enlaza los capítulos, no se presentan desde la neutralidad. Este primer aspecto encierra por detrás la búsqueda de una voz narradora que, al transmitir desde su experiencia, in-forma el espacio que construye en sus excursiones bajo una delimitación, selección y jerarquización del contenido que responde a su propia lógica (Risso, 2010, p. 4). Además, el recorrido por ese territorio fronterizo da cuenta de un espacio-otro desconocido que debe darse a conocer. Relatar de manera situada este viaje hacia territorios distantes se constituye en un dispositivo por el cual la prolongación de la propia identidad “familiariza al relator con lo relatado”, dando coherencia a la realidad al construir continuidad sobre discontinuidades (Risso, 2010, p. 5).

Con una incidencia activa y consciente de la creación de territorio “nacional” sobre aquello inexplorado y que aún requiere ser sometido enteramente, la tríada “Escritura, Territorio y Nación se constituye entonces en aspectos indisociables” (Moyano, 2008, p. 4). Para comprender este rol que la literatura decimonónica argentina acaba ocupando, se vuelve útil apelar ante todo al concepto de performatividad que puede explicarse como una práctica de poder que “produce lo que nombra” a la par que “esconde el proceso político e histórico que atraviesa su propia constitución mediante un efecto de naturalización” (Suniga, 2020, p. 98). En este sentido las palabras –y en este caso, la literatura–, lejos de representar la realidad externa, van a producirla tanto en un plano discursivo como con acciones (Suniga, 2020, p. 103). En consecuencia, ello permitirá instaurar sentidos, legitimar nuevas condiciones de la realidad y producir identidades (Zarta Rojas, 2022, p. 46).

Por ende, la escritura de Viaje al País de los Araucanos allanará el camino al proceso de territorialización constitutivo de un Estado-nación moderno que terminará transformando visiblemente el espacio y el mundo indígena que lo habita. De ahí que, en su travesía por la región pampeano-patagónica, Zeballos caracteriza al territorio a partir de la ruptura que supone lo observado con los años que le antecedieron, marcando la transición entre los campos desérticos con feroces tribus indias al “rayo de la civilización vencedora” (Zeballos, 2002, p. 66). Inserta en el imaginario de época, esta idea de un ámbito desértico unida a la cruda amenaza de quienes lo pueblan –es decir, quienes corporizan esa naturaleza– formará parte de una trama donde lo uno se imbrica con lo otro y permitirá armar de sentido la avanzada conquistadora de la civilización.

Es desde este marco que Zeballos toma su parte en una tradición literaria argentina –que le antecede y excede– que se propuso imaginar un país para hacerlo realidad. Siguiendo la historización propuesta por Navarro Floria (1999), es posible diferenciar dos momentos en el proceso de conformación del espacio territorial del Estado nación argentino. Una primera fase, en la que las élites dirigentes operaron una verdadera invención de una Argentina política aún inexistente, que incluía también a la Patagonia pese a que el dominio efectivo del Estado solo se extendía hasta la franja de los ríos Colorado y Negro. Y una segunda fase, hacia fines del siglo XIX, en la que, sobre la base de esa conciencia territorial previamente construida, se procuró adecuar los límites reales del país a los del aquel imaginado políticamente, inventando un territorio nacional con un grado de eficacia y naturalización tal que parecía haber existido desde siempre. En tono similar, Andermann (2000) plantea que para la segunda mitad del siglo XIX la narrativa de viaje posibilitó reemplazar literariamente la visión romántica del espacio "desértico” que ya resultaba “poco operativa”, propiciando una narrativa acorde a la “geografía multitópica de tierras fértiles y disponibles para que la nación tomara posesión de ellas” (p. 106). 

Pese a las continuidades, la figura de Zeballos se presenta un tanto excepcional en dicha tradición ya que, siguiendo la óptica de Paredes (2017), sobre el mismo se cierne una “confusa ebullición de romanticismo, positivismo y utopía -y hasta algo de ciencia ficción-” que mientras lo aproxima a la Generación del 37, lo aleja de la racionalidad y frialdad de los discursos administrativos sobre la realidad que predominan en la prosa de sus coetáneos (p. 147). La excepcionalidad de Zeballos estaría, por tanto, en la mixtura característica de su escritura que lo hace retomar un tipo de pensamiento argentino que parece haberse abandonado a mediados del siglo XIX y que, en paralelo, lo liga con el pensamiento socialista y romántico aún vigente en Europa (p. 136). De ahí que, expresando una escritura que todavía busca una transformación de la realidad –más que su administración y organización–, “espacio, ideología y ‘progreso’ se conjugan en sus textos de una manera que a sus compatriotas parecía ya no interesarles” (p. 137).

Haciéndose eco de su álgido contexto de producción, en Viaje al País de los Araucanos puede aparecer ya un discurso triunfal de la Civilización sobre el Desierto. Mientras Zeballos da comienzo a su escritura en noviembre de 1879, el general Roca incorporaba militarmente con la “Campaña al Desierto” la inmensidad de hectáreas de tierras fértiles tan anheladas por la oligarquía del naciente Estado-nación. En contraste con aquel desierto trabajado pobremente por grupos dispersos que signaba el paisaje previo a la Campaña, cuando Zeballos y su compañía pasean por los campos se les ilumina la mirada “al ver las ovejas gordas y las vacas paridas en los tiempos propicios” porque, si algo alecciona la Naturaleza, es que “la riqueza no existe en parte alguna generada por su propia mano” (2002, p. 39-40). El profundo goce que genera la fecundidad solo se evidencia real y posible si desaparece lo que parece haber amenazado desde siempre a estas tierras: las “hordas de indios” (Zeballos, 2002, p. 48).

Con la avanzada civilizatoria, el relato de viaje incluye de manera constante una serie de descripciones y estadísticas de tintes científicos. El tiempo destinado para la elaboración de cuadros con medidas del relieve y de condiciones del suelo, el nivel de precipitaciones, el tipo de vegetación presente, las fuentes de agua disponibles o el registro del desborde de los cauces perseguirá aquí un objetivo político central: fomentar el progreso de la Nación. Para conformar el anhelado país moderno debía garantizarse previamente un proyecto de vida deseable y previsible que atrajera a los numerosos inmigrantes que, con sus manos laboriosas, engrandecerán a la Nación. Por esta razón, desde la implementación concreta de recursos técnicos, Zeballos perseguirá como fin la conversión de esos espacios para posicionar a la Argentina como nación “conquistadora” engrandecida pero, más aún, para contribuir a la obra civilizatoria que todas las naciones blancas estaban destinadas a cumplir (Paredes, 2017, p. 147).

Autorizado desde este lente estadista y una voz letrada legitimante, serán también una constante en el relato actos de enunciación que definen y re-clasifican el espacio. Un ejemplo de ello se observa en la discursividad elaborada en torno a Carhué para la cual, Zeballos comenta estar ingresando a un país nuevo que denomina “País de los Araucanos” (2002, p. 113); pese a saber que recibe de los araucanos el nombre de Carhué, Zeballos dice estar en “Carahué” justificando este cambio por considerarlo un error lingüístico (Zeballos, 2002, p. 115). Más aún se observa el afán por la definición unidireccional, al reparar en que el peso particular que posee la representación de Carhué –debido en efecto al peso simbólico e histórico otorgado por los indígenas a este territorio– se traduce también en términos visuales, siendo la localidad con más representaciones fotográficas del libro.

En el capítulo dedicado a esta, el conocimiento de ese paraje desconocido para sus lectores se observa en cuatro imágenes que muestran una “Carahué civilizada” (ver Figuras 2, 3, 4, y 5). Visualmente el espacio aparece planificado y organizado: se halla la gran edificación de la casa del coronel Levalle en la que flamea la bandera argentina, un campo con cultivos a su alrededor posicionados de manera simétrica y el progreso en el tiempo del fuerte hasta convertirse en un barrio “normal” con casas hechas de material resistente. Tal como subraya Alejandra Mailhe (2023), a propósito de la fotografía de campaña, la intención detrás de mostrar una Carahué Civilizada refleja que “para convertir el escenario en un ‘paisaje occidental’, la lente eurocéntrica debe borrar los usos y sentidos (religiosos/culturales) proyectados previamente por los indígenas sobre los mismos escenarios” (p. 52).

Figura 2

 

Carahué en 1880 (casa del coronel Levalle), grabado anónimo de fotografía de Arturo Mathile, 1881 (Zeballos, 2002, p. 21)

 

Figura 3

 

Carahué en 1876, grabado anónimo de fotografía de Arturo Mathile, 1881

(Zeballos, 2002, p. 20)

 

Figura 4

Carahué en 1880 (casa del mayor Levalle), grabado anónimo de fotografía de Arturo Mathile, 1881 (Zeballos, 2002, p. 20)

 

Figura 5


 Carahué en 1880 (estado del primer Fuerte), grabado anónimo de fotografía de Arturo Mathile, 1881 (Zeballos, 2002, p. 22)

 

Sumado a ello, la intencionalidad de la forma en que están asociados texto e imagen merece también ser analizada. En primer lugar, resulta notorio que la irrupción del formato gráfico genera inmediatamente la sensación de estar presenciando el viaje “con los mismos ojos” o, mínimamente, un involucramiento cercano entre el narrador y aquello que está experimentando. En segundo lugar, siendo que las mismas no están organizadas de manera estandarizada puede inferirse que no da igual la ubicación de esas imágenes –posicionándose o concentrándose en ciertos momentos de la lectura– como tampoco lo que se elige mostrar y lo que no.  Esta cuestión entre lo visto y lo no visto es problematizada por Peter Burke (2005) en su reconocida investigación sobre el uso de la imagen como documento histórico. El autor se pregunta “¿hasta qué punto y de qué forma ofrecen las imágenes un testimonio fiable del pasado?”, para concluir que “no sería prudente atribuir a estos artistas-reporteros una ‘mirada inocente’” que se halle “libre de expectativas y prejuicios” (pp. 20, 24).

Bajo la hipótesis de una conquista visual del País de los Araucanos, Inés Yujnovsky (2008) comparte esta mirada al considerar las imágenes presentes en la obra como documentos sociales y políticos más que ilustraciones estéticas (p. 105). Advierte así que las imágenes tomadas por el fotógrafo de la expedición, Arturo Mathile, no son exactamente las que vemos sus lectores debido a que las condiciones técnicas de la época imposibilitaban reproducir las fotografías en formato industrial. Por tanto, las imágenes acaban siendo grabados ilustrados –cuestión que aparece sin mención alguna– que agregan más mediación a la fotografía (p. 109). Ahora bien, la importancia que igualmente muestra Zeballos en su voluntad de cargar todo el viaje con el equipo fotográfico, da cuenta que la vanguardia tecnológica significaba una herramienta “novedosa y precisa para ‘demostrar objetivamente’ la existencia de esa nueva realidad” y, por tanto, “el inicio de una etapa histórica novedosa” (p. 109).

Retomando el principio del apartado, la inclusión del grabado sobre Zeballos a modo de presentación reafirma el carácter explorador del mismo con una autorización de su palabra relacionada a la observación in situ de la que nacería su conocimiento (ver Figura 1) (Yujnovsky, 2008, p. 111). Sin embargo, la imagen inaugural, que pretende un rápido pacto de confianza con sus lectores, tergiversa la realidad. No solo que la pose per se significa un armado en la representación, sino que, como si ello no bastara, comparando el grabado con la fotografía original, Yujnovsky constata que esa escena típica del campo argentino de hombres tomando mate surge de una transformación de la imagen únicamente para destacar elementos de tradición nacional (Yujnovsky, 2008, p. 111).  Como acto inaugural, Viaje al País de los Araucanos genera complicidad omitiendo su tergiversación de la realidad.

 

II. Zeballos y los araucanos: una distancia entre experiencias y discurso

Tal como se ha mencionado previamente, Viaje al País de los Araucanos es indisociable de la época de conquista que lo enmarca y le da su razón de existencia. Pensar el contexto de la “Campaña al Desierto conlleva dimensionarla en tanto suceso político, económico y social, pero, en igual medida su importancia “etnográfica y discursiva” (Anzoátegui, 2012, p. 16). Este proceso tanto histórico como narrativo de la conquista comparte una vida de frontera cargada de ambivalencias, contradicciones y reacomodamientos que imprime en los sujetos la complejidad de su época. Teniendo en cuenta el hecho de estar frente a sujetos signados por un actuar, edificar, avanzar, proyectar y construir lo pendiente, es necesario incorporar en el análisis las variables de indefinición y desajuste, incluso –y más aún– en momentos en que la idea de victoria parece indiscutida. Como se verá a lo largo del apartado, reparar en las ambivalencias presentes en la obra y el autor terminará demostrando la existencia de una distancia elaborada entre las experiencias y el discurso performativo. 

La travesía de Zeballos en la frontera pampeano-norpatagónica se desarrolla en una “zona de contacto” tensionada a finales del siglo XIX, lo cual se evidencia en el propio propósito del autor: delimitar narrativamente fronteras distintas entre un Nosotros y un Otro. El Yo del narrador se construye desde la base de una integración identitaria con sus lectores, emergiendo de esta confluencia un Nosotros blanco, de prósperas ciudades con industria y escuelas, de creencia en la ciencia, de telégrafos y ferrocarriles, de orgullo por la Patria y la propiedad privada segura, en fin, de Civilización. En distintas ocasiones, este Nosotros es corporizado con un rifle Remington en la espalda (Zeballos, 2002; pp. 21, 29, 31, 57, 77). Ubicada en lado opuesto, la alteridad india contiene toda una serie de definiciones y adjetivaciones: “hija del desierto”, “nómade”, “prehistórica”, “salvaje”, “holgazana”, “chusma”, “pedigüeña”, “desconfiable”, “supersticiosa”, “sanguinaria”, “chilena”, imbuida de miseria y vicios propios de la vida dispersa en tolderías (Zeballos, 2002, pp. 78, 87, 100, 103, 126, 130, 134).

No obstante, esta dicotomía no es pura invención de la creatividad de Zeballos. El relato de viaje está cargado de apreciaciones individuales y de subjetividades emocionales puestas en función de discursos históricos y científicos más amplios que narrativamente se proponen definir un cuerpo de la patria que coincida con el nuevo mapa cultural de la soberanía del Estado-Nación (Yujnovsky, 2008, p. 8; Moyano, 2008, p. 5). En relación a lo mencionado en el apartado anterior, más allá de sus rasgos de excepcionalidad, Viaje al país de los araucanos expresa en parte una época donde la “Nación literaria” de principios de siglo –que prefiguraba diversos proyectos de Nación– fue orientándose más hacia una narrativa de lo real que cimentó un “discurso único” que marginó del sistema político-cultural del Estado los discursos-otros de gauchos e indios (Moyano, 2008, pp. 2, 5-6).

Acorde al clima de finales del siglo XIX, trasladarse a la Patagonia equivalía a un viaje en el tiempo (Risso, 2010, p. 8). Esta alteración temporal hace que cada vez que Zeballos siente admiración por hallarse en medio de tierras del cuaternario prehistórico, refleje la experiencia de un desajuste histórico en relación al territorio, pero también sobre el indio. Por esta razón, en su andar, el propio Zeballos va convirtiendo “los restos del mundo indígena en objetos inventariables, integrables en su colección” (Mailhe, 2023, p. 35). Desde este anacronismo, se produce una paleontologización del indio-otro que posibilita que en cualquier momento estos sean tomados como objeto arqueológico a disposición del mundo científico, a razón de que “mirar al indio actual es para él un modo de mirar nuestro pasado: mirarnos a nosotros a través del espejo del tiempo” (Risso, 2010, p. 8). 

Enfatizar sobre la idea de una ancestralidad prehistórica fue, según Yujnovsky (2008), uno de los elementos puestos en juego para realzar la iniciativa de la Conquista del Desierto (p. 115). En relación a la noción de un viaje en el tiempo, la autora puntualiza que Zeballos traslada la cultura mapuche del momento a los remotos araucanos, en pos de vincular el espíritu guerrero de este pueblo indómito resistente a tres siglos de colonización, con la enorme hazaña histórica de Roca al derrotar definitivamente a quienes hasta entonces permanecían invencibles (p. 115). En tal sentido, la construcción de indígena-otro que singulariza a Zeballos dentro del corpus literario al que pertenece es su énfasis particular en el abordaje del araucano.

De este modo, tempranamente se lee una primera descripción de Ellos en el encuentro personal que el narrador tiene con el prisionero Aucá-Nahuel, sobre el cual, al igual que los demás eventos inaugurales del libro, condensa sobre sí todo su simbolismo. Escribe la prosa de Zeballos (2005):

 

Vi el más arrogante y soberbio tipo del araucano, que haya encontrado a mi paso en las tribus […] estaba recostado sobre el pasto, [...] había colocado un cuero sostenido por dos palos frente al sol y, desde aquella miserable sombra, jadeante como una fiera fatigada, nos miraba (p. 61).

 

Lo que la propia escena demuestra es que, entre todos los que conoció, Zeballos elige construir la idea del araucano describiendo un perfil en particular: “el más arrogante y soberbio” de todos los que se cruzó. A eso le agrega que la posición en que lo encuentra podría ser igualmente la de un humano o la de un animal; cuestión que se encarga de enfatizar en una animalización que lo enuncia como “fiera fatigada” (Zeballos, 2005, p. 61). Con ánimos cientificistas, prosigue con la descripción física de su frente, tez, pómulos y cráneo para luego decir que “solamente él permanecía soberbio y ajeno a las alegrías que causaba la presencia del coronel, cuya llegada era para todos una fiesta”, terminando en una impresión sin titubeos: “había en su semblante un sello de salvaje dignidad” (Zeballos, 2002, p. 61).

Partiendo de un análisis que recupera la visión de los damnificados, Limeres Novoa (2018) reflexiona sobre el uso de la dignidad en esa exacta escena. Por un lado, plantea la importancia de dar entidad a esta dignidad que trasciende la adjudicación negativa que tiñe la escena para el narrador. Mientras que, por el otro, puntualiza que la “salvaje dignidad” oculta, en contrapartida, el hecho de que quienes detentan el poder cuentan con la potestad de arbitrariamente des-calificar, des-humanizar y volver indigno al indígena sin que quede cuestionada la legitimidad de su palabra (pp. 5-6). En tal sentido, el autor sostiene que la literatura de viaje elige omitir aquello que la estructura: una ausencia del relato de expolio y un silenciamiento de las causas de padecimiento colectivo (pp. 5-6). Este vacío de significación atraviesa toda la explicación de las conductas e idiosincrasia de aquellos sujetos que narra al destacar la sensación de alivio y confianza en un progreso que, en la práctica, invisibilizaba a la par que dejaba marcas de profunda violencia (p. 5). Deconstruyendo el Nosotros de Zeballos, Limeres Novoa (2018) habla de ese nosotros en términos de “barbarie civilizada” y en esta línea decide re-nombrar Viaje al País de los Araucanos como “Viaje al país del progreso genocida” (p. 2).

El segundo acto de gran peso simbólico que llamó mi atención como lectora ocurre en un diálogo que entabla Zeballos con Quiñelev, quien es presentado como jefe de la tribu de una toldería cercana. Por primera vez en la obra se lee mapuzugún: “Cumele caymi  peñi, inché vuta anay eimi (¿Cómo estás hermano? Yo soy grande amigo tuyo.)” –dice Quiñelev– “Cumele can anay (me va bien amigo)” –contesta luego Zeballos– (2002, pp. 97-98). Traducido en el libro por el propio narrador, se comenta inmediatamente que su respuesta a Quinelev significa el momento en que empieza a practicar in situ la lengua araucana que hasta ese instante conocía sólo por estudios teóricos.

Si bien el desarrollo de la situación evidenciará luego que Zeballos se predispone a relacionarse con el indio únicamente para usarlo como objeto de estudio –al conocer su rol de jefe de tribu–, la sola acción discursiva de salirse del español resulta llamativa por expresar una vinculación diferente con la alteridad. Con ello me refiero a que imaginar una figura como Zeballos conversando en mapuzugún sería incomprensible sin recuperar la dimensión porosa propia de la lógica fronteriza en que este se inserta. Retomando la interpretación que realiza Andermann (2000) sobre Mansilla, puede plantearse que Zeballos –aunque en menor medida que Mansilla– también “se contamina de alteridad” y, pese a no quererlo, se convierte momentáneamente en un sujeto de esa frontera (pp. 115, 117).

Por ende, si en la escena inaugural en que se describe al araucano prima la distancia de un sesgo prejuicioso esperable en una narrativa de conquista, por el contrario, la ambigüedad de esta segunda escena desencaja por mostrar momentáneamente elementos de contacto cultural con aquel indio construido como otro. Así, la compleja trama de época en la que desenvuelven los sujetos del “Nosotros civilizador” y de la “Otredad” demuestra en la práctica identidades no monolíticas y en tensión que negocian continuamente sus fronteras; sin que ello suponga negar el contexto estructural de violencia que rodea en gran medida sus relaciones y objetivos. Leyendo a contrapágina, Viaje al País de los Araucanos está repleto de estas ambivalencias: baqueanos araucanos que indican el camino a seguir por los expedicionarios, araucanos que dejan el desierto para abrazar la vida civilizada, indios que manejan el habla castellana o soldados argentinos araucanos que no obtienen sus merecidas recompensas del Estado.

Pese a ello, en una segunda parte de la obra titulada “Causas y teorías”, Zeballos opta en el balance de sus teorizaciones finales por abstraerse de aquello multifacético y polimorfo que caracteriza su experiencia de viaje por la Frontera Sur. Sus categorías de percepción de la realidad no fueron transformadas en esencia al conocer a los indios de la Patagonia, sino que actúan desde la comprobación de abstracciones pre-existentes (Risso, 2010). Negando lo particular en aras de las construcciones generales, se difumina la cercanía con el indio para (re)ubicarlo como la otredad hegemónica que se pretende construir separadamente opuesta.

En la búsqueda de explicar esta inclinación final de la postura de Zeballos, resulta pertinente el análisis de Paredes (2017) al enfatizar sobre el cambio que el contexto de “superioridad tecnológica y eficiencia burocrática” imprimió en la prosa de Zeballos. Aquel elemento novedoso está en el nuevo Estado nacional que, para entonces, estaba a la altura de emplear de manera sistemática un poder militar y tecnológico que podría acabar eficazmente con el problema del indio (p. 143). Por tanto, el autor puntualiza que “es la abrupta, súbita y violenta irrupción de la condición del Estado moderno lo que explica la aparición de la voraz, sistemática y letal perspectiva de Zeballos” porque este Estado mostraba un mundo de posibilidades tan prometedor y cercano –para Zeballos y para sus contemporáneos– que valía la pena “sacrificarles la humanidad y aún la supervivencia material” a las sociedades indígenas (pp. 163-164). Y desde ese afán por un progreso ahora palpable, la prosa de Zeballos quedó privada de “todo propósito de asimilar sociedades y culturas ajenas” (pp. 163-164). Aunque posteriormente ese sentir de época mostró ser un conjunto de expectativas desmesuradas que jamás pudo concretarse enteramente –y que, tras la conquista roquista, reflejaron una permanente tensión que imprimió en el pensamiento argentino nuevamente una sensación de decepción y frustración–, el peso de la historia hizo lo suyo para que en Zeballos saliera victoriosa una literatura nacional embanderada en una prosa de conquista (Paredes, 2017, p.  156).

De esta manera, Viaje al País de los Araucanos concluye con la reducción que Zeballos hace de su propia experiencia fronteriza cuando, en su último párrafo, pretende resumir las vivencias que tuvo en el País de los Araucanos. El final de la obra queda signado por el festejo de “la Conquista desde el teatro colosal de la guerra” en un 25 de mayo con banderas argentinas flameando bajo un grito de victoria de la Civilización y, de fondo, el sonido de los cañones de la Patria (Zeballos, 2002, pp. 506). Al fin y al cabo, con el rumbo hegemónico que sellaba el pasaje del siglo XIX al XX, predomina aquel Zeballos que carga consigo durante meses la bolsa de cráneos araucanos que recopila a lo largo todo su viaje.

 

Conclusión 

La razón de ser del presente escrito se define en un doble juego de palabras: el conocimiento histórico de la identidad nacional desde sus fronteras facilita y posibilita el percibir fronteras que continúan constituyendo nuestra identidad presente. Por un lado, matizar las fronteras de distancia de un Nosotros ante un Otro nos sitúa en un marco más amplio para construirnos desde colectivos flexibles con múltiples cercanías. Por el otro, dar cuenta de la existencia de un Otro –o unos cuantos Otros– que está permanentemente siendo construido, conduce a permanecer atentos y en acción frente a mecanismos que legitiman la exclusión, persecución o negación de esas identidades-otras. En ese sentido, el acto de historizar el trato dado a la alteridad en el marco de la literatura nacional actúa como una práctica de memoria frente a los sentidos hegemónicos que operan en pos de una desmemoria que la tergiversa.

La abismal incomodidad que la Nación argentina siente con los indígenas no es algo nuevo. Por eso, indagar en la invención del indígena-otro en función de la consolidación misma del Estado-nación desde Viaje al País de los Araucanos permite desentrañar la complejidad atendiendo lo que el presente demanda. Puntualmente, la definición excluyente y estigmatizada que elabora del araucano habilita a trazar un correlato con la opinión pública actual desde su largo trecho hasta la defenestración del mapuche-chileno. Pueden así visualizarse las continuidades de prejuicios racistas y etnocéntricos que desde la vaguedad y la falsedad des-califican a estos sujetos, a la vez que visibilizarse diversos encuentros con ese Otro no tan Otro que la obra omite y pretende dejar fuera.

El desafío pendiente con el legado literario de finales del siglo XIX es permanecer en la búsqueda de salvar las distancias construidas a partir de un entendimiento y diálogo efectivo que otorgue importancia a voces y vivencias contra-hegemónicos tanto en el pasado como en el presente.

 

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Notas



[1] Frontera compartida entre los actuales territorios argentino y chileno desde el tiempo de colonia hasta finales del siglo XIX por las transformaciones acaecidas a ambos lados de la cordillera con las avanzadas militares conocidas como “Pacificación de la Araucanía” y “Campaña al Desierto”.

[2] Hanglin, R. “Diez verdades sobre los mapuches y sus reclamos”, Diciembre de 2017 https://www.infobae.com/opinion/2017/08/09/diez-verdades-sobre-los-mapuches-y-sus-reclamos/.