Cita recomendada: Espinoza Gámez, A. (2017) La ciudad dual de Cholula. Frontera e identidades étnicas en conflicto. Revista TEFROS, Vol. 15, N° 2, julio-diciembre:89-117.



La ciudad dual de Cholula. Fronteras e identidades étnicas en conflicto


The dual city of Cholula. Frontiers and ethnic identities in conflict


Alejandra Gámez Espinosa

Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México


Fecha de presentación: 18 de septiembre de 2017

Fecha de aceptación: 07 de diciembre de 2017


RESUMEN

La ciudad de Cholula, México, es un escenario sociocultural constituido por dos cabeceras municipales (San Pedro y San Andrés), sin embargo, en términos de la traza urbana es un solo asentamiento. Los límites físicos entre ambas, lo constituyen algunas calles y el santuario de la Virgen de los Remedios, construido encima de una pirámide prehispánica, centro religioso milenario y macro-regional. Desde tiempos precolombinos Cholula se conformó con la presencia de diversos grupos étnicos, como los olmeca-xicalancas y los tolteca-chichimecas, quienes se disputaban el poder y habitaban la ciudad a la llegada de los conquistadores europeos. Las relaciones que establecieron con estos últimos fueron diferenciadas, lo que conllevó al reconocimiento de unos y a la negación de los otros. Las interacciones históricas entre ambos grupos indígenas, motivaron la formación de fronteras simbólicas e instrumentales, de luchas por el reconocimiento entre unos y otros. Debido a esta división, es que hablamos de una ciudad dual, que provoca una frontera, la existencia de ambas sociedades y la percepción binaria de la localidad. En el presente texto realizamos un análisis etnohistórico de las relaciones interétnicas de conflicto, negociación y dominación, mismas que se expresan simbólicamente en el control del santuario de Los Remedios.


PALABRAS CLAVE: Identidad étnica - Frontera étnica - Dualidad - Etnohistoria.



ABSTRACT

The city of Cholula, Mexico, is a sociocultural scene composed of two municipal towns (San Pedro and San Andrés), however, in urban terms it is just one settlement. The boundaries that divide both populations are some streets and the sanctuary of the Virgen de los Remedios, located above a pre-hispanic pyramid, ancestral and macro-regional religious center. Since pre-Columbian times the city was conformed by diverse ethnic groups, among which the olmeca-xicalancas and the toltec-chichimecas disputed power and inhabited it up to the arrival of the European conquerors. The relationships they established with these were very different, thus leading to the recognition of some and to the negation of others. The historical interactions between the two ethnic groups led to the formation of symbolic and instrumental frontiers, and consequent struggles for recognition among them. Due to this division, we speak about a dual city, which creates a border, the existence of both societies, and the binary perception of the city. This is an ethnohistorical analysis of the interethnic relations of conflict, negotiation and domination, which are symbolically expressed in the control of the Sanctuary of Los Remedios.


KEYWORDS: ethnic identity - ethnic border - duality - ethnohistory.


INTRODUCCIÓN

Comúnmente la antropología ha estudiado las relaciones interétnicas en contextos de dominación colonial en América Latina, principalmente las que se gestan entre la población conquistada (nativa) y la dominante (europea y mestiza), lo que ha planteado asimetrías en las relaciones entre los grupos en cuestión, que se han expresado en la explotación económica, exclusión social, política y violencia sobre las sociedades indígenas sojuzgadas. Es decir que, sobre todo, ha habido interés por las interacciones que establecen las minorías étnicas con los Estados nación en sociedades multiétnicas (Bartolomé, 2008).

Sin embargo, esta relación asimétrica entre grupos socioculturales no sólo se ha dado a partir de la colonia europea en América Latina. Durante la época prehispánica los acercamientos entre las diferentes sociedades etnolingüísticas fueron también de conquista, sujeción, exclusión y violencia de unos sobre otros; tal es el caso del imperio mexica quien conquistó y dominó a diversas colectividades etnolingüísticas. Las relaciones interétnicas fueron de explotación, discriminación y valoración negativa de su identidad. Esto último se expresó entre otras muchas características, en las denominaciones que les otorgaban a los pueblos que conquistaban; por ejemplo, los apelativos con los cuales actualmente se identifican a grupos étnicos como los popolocas1 y otomís, entre otros, son despectivos y fueron impuestos por los mexicas desde la época prehispánica. Calificativos que se han reproducido hasta la actualidad, pese a los movimientos de reivindicación de muchos grupos indígenas, que han tratado de modificarlos por auto denominaciones valorativas positivas.

Las relaciones entre las diversas sociedades mesoamericanas en diversos casos fueron asimétricas, de dominio y explotación, y algunas de estas relaciones se reprodujeron no de forma lineal sino adaptándose al nuevo orden colonial español y posteriormente durante todo el proceso histórico hasta la actualidad. Tal es el caso de muchas regiones indígenas en México, en donde las interacciones entre grupos étnicos indígenas son asimétricas y de conflicto.

Es importante mencionar que las sociedades mesoamericanas conquistadas eran socioculturalmente diversas; por lo tanto, las formas de conquista y relación europea con estas no fueron iguales. Algunas poblaciones indígenas colaboraron con los españoles, otras se rindieron de manera pacífica y otras más opusieron fuerte resistencia; ello causó relaciones diferenciadas y ciertos privilegios para aquellos que colaboraron con los españoles. Tal fue el caso de la ciudad de Cholula, lugar en donde a la llegada de los españoles coexistían fundamentalmente dos grupos étnicos en pugna: los descendientes de los olmeca-xicalancas y los tolteca-chichimecas; estos últimos tenían el poder cuando ocurrió la conquista europea, razón que motivó la creación de privilegios para la nobleza que colaboró con ellos, así también que se erigiera en su asentamiento el nuevo centro político religioso colonial, que albergó los principales edificios y caseríos, mientras que la parcialidad de los descendientes de olmeca-xicalancas y colomochcas fue incorporada como un barrio de la nueva ciudad. Situaciones que en el trascurso de la historia han ocasionado conflictos y la formación de una frontera no solo étnica sino también instrumental, ya que la ciudad está dividida en mitades, que conforman dos cabeceras municipales en constante conflicto.

Históricamente la ciudad dual de Cholula (San Pedro y San Andrés) fue y ha sido un lugar de culto religioso, es decir, una ciudad-santuario. En la época prehispánica fue erigida como un centro ceremonial dedicado a las deidades del agua y la fertilidad, periodo en el que arribaron al lugar distintos grupos étnicos mesoamericanos, los cuales se relacionaron a través de disputarse el control territorial, religioso y político del lugar. Tal fue el caso de los olmeca-xicalancas y tolteca-chichimecas, que durante el periodo comprendido entre el 600 d.n.e. a 1521, llegaron al lugar en temporalidades diferentes; los toltecas les arrebataron el poder y el control territorial a los antiguos pobladores (los olmeca-xicalancas) (Gámez, Ramírez & Villalobos, 2016)

Durante la hegemonía tolteca, Cholula se convirtió en una ciudad-santuario dedicada a Quetzalcóatl en su advocación del viento. Sin embargo, esta deidad no sustituyó a las anteriores, sino por el contrario, creció su importancia religiosa, convirtiéndola en el centro de peregrinaje más relevante de Mesoamérica, razón por la cual algunos cronistas españoles la denominaron “la Roma del Nuevo Mundo” (Fray Toribio de Benavente, 1971, p. 70) o la “madre general de la religión de toda la Nueva España” (Fray Bartolomé de las Casas, 1966, p. 4).

Cholula fue una ciudad-estado, pluriétnica, monumental, polo comercial y centro religioso por excelencia, que no perdió su vocación como sitio sagrado cuando llegaron los conquistadores españoles. Las deidades católicas impuestas por los evangelizadores fueron reinterpretadas por los indígenas cargándoles significados y atributos de las mesoamericanas (Bartolomé, 2005), como fue el caso de la Virgen de los Remedios (cuyo santuario fue construido encima de la gran pirámide prehispánica, dedicada a las deidades del agua) y los santos patronos de los barrios.

Cholula es uno de los asentamientos humanos más antiguos de México; algunos autores la han considerado la ciudad más antigua del hemisferio occidental por tratarse de un lugar que, desde tiempos anteriores a nuestra era (500 a.n.e.), ha estado continuamente habitada hasta la fecha (Kubler, 1968). En la época prehispánica fue una de las urbes más importantes de Mesoamérica y en la época colonial fue erigida como cabecera de República de Indios; actualmente es un centro comercial y religioso de las sociedades indígenas y campesinas del Valle Puebla-Tlaxcala.

Las relaciones que establecieron los dos grupos étnicos-indígenas que mayoritariamente cohabitaban la ciudad con los españoles fueron diferenciadas debido a la posición que ocupaban, – los tolteca-chichimecas como dominadores y los descendientes de los olmeca-xicalancas como dominados- lo que conllevó al reconocimiento por parte de los europeos de unos y a la negación de los otros. Las interacciones entre ambos grupos indígenas a lo largo de la historia incitaron a la formación de fronteras simbólicas e instrumentales y a luchas por el reconocimiento entre unos y otros. Debido a esta división es que hablamos de una ciudad dual que provoca una frontera, la existencia de ambas sociedades y la percepción binaria del poblado.

En el presente texto realizamos un análisis preliminar etnohistórico de las relaciones interétnicas de conflicto, negociación y dominación que actualmente se expresan simbólicamente en la disputa por la posesión del santuario de Los Remedios.

En este trabajo particularmente nos centramos en analizar, desde el enfoque de la etnohistoria, las relaciones interétnicas y la subsecuente confrontación de identidades en Cholula, Puebla, México.

Interesa analizar específicamente, cómo un conjunto de repertorios simbólicos y prácticas compartidas permiten la diferenciación de “un nosotros” en contraposición con otra sociedad, es decir, a un “ustedes”. La construcción de toda identidad supone una reflexión de la distinción de una colectividad con respecto a la otra. De esta manera, a través del estudio de los procesos históricos, la memoria colectiva expresada en discursos y narraciones, tratamos de analizar la persistencia de las diferenciaciones, la conformación dual de la ciudad, expresada en las relaciones interétnicas y las fronteras que se han tejido en el trascurrir del tiempo.

Ante la importancia que reviste la utilización de la historia, la memoria colectiva y ciertos espacios religiosos -por ejemplo, el santuario de la Virgen de los Remedios- cómo repertorios que motivan la generación de identidades étnicas en Cholula, pretendemos responder al siguiente interrogante: ¿Cuáles son los procesos etnohistóricos que han motivado la construcción y reproducción de la conformación dual de la ciudad de Cholula? La división dual, sin duda, es resultado de la existencia de diferencias socioculturales e identitarias y hasta cierto punto de dominación (Guerrero, 1998). En Cholula es muy clara la diferenciación entre sanandreseños y sanpredreños; por ello, otro interrogante que guía nuestra investigación es el siguiente ¿Qué tipo de relaciones mantienen ambos grupos étnicos y cuáles son los repertorios que reconocen y seleccionan para diferenciarse unos de otros, construir un “nosotros” y con ello, una frontera?

Las evidencias presentadas se obtuvieron a través de la revisión de textos sobre arqueología, historia y etnohistoria de Cholula, así como también a la realización de trabajo de campo durante los años del 2016 al 2107, en los cuales asistimos a distintas actividades festivas en ambas parcialidades (San Andrés y San Pedro) de la ciudad de Cholula.

En términos metodológicos utilizamos el llamado enfoque etnohistórico. En México esta orientación se identifica con estudios interdisciplinarios entre antropología e historia. Tradicionalmente a la etnohistoria se le ha definido como el estudio de las sociedades del pasado a través de fuentes escritas, las cuales son analizadas bajo posturas teóricas de la antropología social y la etnología. En el país, la etnohistoria se ha especializado en el estudio de los grupos indígenas (Broda, 1987).

En este trabajo seguimos la orientación interdisciplinaria de la etnohistoria que combina la relación entre antropología e historia (estudios que buscan combinar el análisis histórico del pasado prehispánico y colonial con la especificidad cultural de los pueblos indios contemporáneos que los distinguen del resto de la nación); este enfoque de investigación resuelve muchas de las limitaciones que plantean los testimonios históricos y ha sido propuesto por investigadores como Johanna Broda (1987) y Carlos Martínez Marín (1987). El estudio de las formas prehispánicas, la sociedad campesina colonial, el siglo XIX y las diversidades culturales contemporáneas, requiere de la combinación entre historia, arqueología, antropología, etnografía, geografía, biología, etc.; estos campos especializados, a su vez, demandan de un marco teórico que los englobe, marco que se deriva de la antropología (Broda, 1995).

Las evidencias etnográficas que presentamos se obtuvieron a través de la observación participante y la entrevista, las cuales nos permitieron acceder a los datos y profundizar en los significados y usos que los actores les dan a sus acciones.

La identidad es una construcción subjetiva, expresión de la cultura interiorizada y por tanto forma parte de las representaciones sociales (Giménez, 2009), es decir, de los modos de pensamiento. Como tal, el tipo de evidencia etnográfica fundamental que requerimos para adentrarnos a entender y analizar la identidad fueron los datos verbales, los cuales se obtuvieron través de entrevistas con el objetivo de poder conocer las percepciones, ideas, explicaciones, nociones, etc., que guían las acciones de los agentes (Guber, 2011) y que los proveen de repertorios que los hacen distinguirse o los contraponen con otras colectividades.


ETNIA, IDENTIDAD Y FRONTERA

La categoría de etnia es clasificatoria y exógena, utilizada para designar agrupaciones con ciertas características lingüísticas, culturales o de organización sociopolítica. Etnia no es un término que un grupo utilice para autodenominarse; generalmente es utilizada por influencia externa (Bartolomé, 2008). Habitualmente es una categoría utilizada por la ciencia antropológica y resulta fundamental para la aprehensión de la realidad, la construcción teórica y la formulación de políticas sociales (Giménez, op cit.).

Definir lo étnico es difícil y polémico, ya que se trata de un fenómeno procesual y variable. Sin embargo, se puede decir que es la multiculturalidad lo que permite identificar a lo étnico, puesto que se manifiesta como una categoría identitaria diferenciada y confrontada con otras categorías (Bartolomé, op cit.).

Algunos autores utilizan la categoría de etnia para designar a colectividades culturales, eventualmente, lingüísticas, históricas, territoriales y organizacionales que carecen de Estados modernos, es decir, se considera que la etnia es una sociedad sin Estado (ibid.).

Si bien es importante la propuesta de la carencia de un Estado como un argumento fundamental para la conceptualización de una etnia, en el caso de las sociedades prehispánicas no es un aspecto determinante, ya que muchas sociedades lingüísticas, culturales e históricas de esa época contaban con Estado, no moderno, pero al fin Estado. Consideramos y enmarcamos en el presente análisis perspectivas disimiles pero hasta cierto punto complementarias como las de Oommen (1997), Giménez (op cit.), Barth (1976) y Bartolomé (2008).

Oommen (op cit.) plantea que todas las colectividades que hoy llamamos étnicas son producto de un largo proceso histórico llamado de etnicización, iniciado en el siglo XVI, durante el desarrollo del colonialismo europeo. Dicho proceso se implementó básicamente a partir de la desterritorialización violenta y forzada en lo general en ciertas comunidades culturales, lo que implicó la ruptura, distorsión o atenuación de los vínculos de estas sociedades con sus territorios ancestrales, ya sea de carácter físico, moral o simbólico-expresivo, conllevando a su desnacionalización, marginación y explotación. Por ello, “…la etnicización implica la disociación entre territorio y cultura”, por tanto, “…la puesta en riesgo de la integridad de una comunidad cultural” (Giménez, op cit., p. 127).

Entendemos por etnia: “Una comunidad cultural que comparte una denominación común, mitos de origen, una lengua propia o adoptada, una historia común, una cultura distintiva y un sentido de lealtad y solidaridad” (ibid., p. 131). Sin embargo, se trata de una entidad desterritorializada, es decir, “…una comunidad disociada real o simbólicamente de su territorio ancestral por desplazamiento forzado, por despojo o por reformulación jurídica de su relación con la tierra en términos instrumentales y no ya en términos simbólico-expresivos” (ibid., p. 132).

Toda sociedad crea una serie de representaciones sociales con base a sus experiencias y referentes culturales que los distingue y diferencia de otros grupos, aspecto que sólo se puede dar en contextos de interacción y relación social. Las representaciones son construcciones mentales que un grupo idea para establecer un “nosotros” y confrontarse con “el otro”. Una de las expresiones simbólicas más claras de la etnicidad, es la identidad. Todo individuo y sociedad genera estas formas de reconocimiento. En lo que respecta a los colectivos como serían las etnias, son construcciones sociales, es decir, identidades sociales resultado de la expresión de la cultura, y forman parte del amplio campo de las representaciones sociales (ibid.), que son las modalidades subjetivadas y simbólicas de la cultura interiorizada, en oposición a las modalidades objetivadas e institucionales (Bourdieu, Chartier, & Darnton, 1985).

La diferenciación y distinción de un grupo con respecto a otro es la característica fundamental para la construcción de una identidad; por tanto, sólo puede surgir en contextos de interacción y comunicación social (Giménez, op cit.). Toda identidad supone la dialéctica de la distinción o identificación contrastiva de los miembros de un determinado grupo, pero a su vez del reconocimiento externo, es decir, de un reconocimiento de “un nosotros”, “iguales entre sí” y diferente a los otros. La identidad es, entonces, una representación social compartida, que poseen los actores o agentes socialmente situados y sus características inherentes son: a) es esencialmente distintiva, b) relativamente duradera y c) tiene que ser socialmente reconocida (ibid.).

La identidad colectiva es relacional y es una guía fundamental para la acción, otorgando significado a las prácticas y comportamientos de los agentes; pero a su vez, estas acciones sólo se pueden entender precisamente porque son parte de un grupo determinado (Pizzorno, 1989).

Los elementos centrales de toda identidad (tanto colectiva como individual) son: a) la capacidad de distinguirse y ser distinguido, b) definir sus propios límites, c) generar símbolos y representaciones distintivos, d) configurar y reconfigurar el pasado del grupo a través de una memoria colectiva compartida y e) ciertos atributos como propios y característicos (Giménez, op cit.).

En el caso de las identidades étnicas, “…estas siempre remiten, como toda identidad a contextos histórica y socialmente específicos” (ibid., p. 140), por lo que son variables tanto en su composición y significado de acuerdo a “…los diferentes procesos de etnicización que les dieron origen” (ibid., p. 140).

Una etnia, entonces también puede ser comprendida y definida como una entidad que emerge de la diferenciación cultural con respecto a otros colectivos con los que interactúa. Generalmente, una categoría que resulta fundamental cuando hablamos de lo étnico es la de frontera, ya que para que un grupo exista requiere de la presencia de otro, con el que se compara, distingue, diferencia. Con ello, se crean límites, es decir una frontera entre ambos; ésta, regularmente, es un espacio simbólico que en algunas ocasiones puede sobreponerse a uno de carácter instrumental.

Frontera, es un concepto polisémico, que posee distintas acepciones dentro de las ciencias sociales en lo general, y en lo particular en la antropología. Se utiliza para designar, por ejemplo, los límites de los Estados y de los grupos humanos diferenciados por cuestiones de género, generación y cultura. Es una construcción humana creada para diferenciar y marcar la presencia de un “nosotros” distinto a “los otros”. La frontera separa, pero a su vez une; no puede existir una frontera si no hay alguien del otro lado (Bartolomé, 2008). Por ello, la frontera es un límite fundamentalmente cultural que deslinda una identidad establecida, marca una distinción de un grupo que se autorreconoce y diferencia de los demás; por tanto, la frontera delimita identidades diferenciadas (ibid.).

Entre los Estados las fronteras se manifiestan como límites territoriales, pero entre las etnias se trata de fronteras interactivas de carácter social y simbólico. La frontera étnica no constituye necesariamente fuente de conflicto, pero pueden ser también implementadas para generar segregación, discriminación social o racial y como fuentes de dominación (ibid.).

Como se mencionó anteriormente, Oommen (op cit.) propone que la etnicización es producto de un largo proceso histórico iniciado en el siglo XVI; sin embargo, difiero con esta propuesta, y considero que los principios de la etnicización se pueden encontrar en épocas anteriores a la colonización europea, cuando cierto tipo de sociedades poderosas constituidas en imperios (China, Egipto, Roma, Otomanos, Incas etc.) se expandieron y sometieron a diversas culturas en todo el mundo. Por lo anterior planteo que es pertinente utilizar la categoría de etnia, para definir y clasificar a los grupos que habitaban Mesoamérica en la época prehispánica, ya que se trababa de sociedades culturales, lingüísticas y organizacionales con identidades diferenciadas que sufrieron, con la conquista del imperio mexica y de otros grupos, procesos de desterritorialización en periodos disimiles. Ejemplos sobre estas situaciones de ruptura, distorsión o atenuación de los vínculos de estas sociedades con sus espacios ancestrales hay muchos, los cuales son mencionados, concertados y analizados en la documentación etnohistórica prehispánica y colonial (mapas, anales, crónicas etc.), así como también provenientes de las investigaciones arqueológicas y de la lingüística histórica, que narran el desplazamiento de ciertas sociedades a causa de conquistas violentas o la invasión de otros grupos, con la subsecuente reducción de sus territorios ancestrales.

El término de etnia, proviene del griego –ethnos-, es decir es una categoría occidental que tiene la intención de clasificar y reflexionar sobre el otro, al diferente, al conquistado, al que no posee una organización Estatal, al dominado (Bartolome, 2008), etc. Para la ciencia y específicamente para la antropología ha tenido utilidad analítica para aprehensión de la realidad y para la construcción teórica (Giménez, op cit.). En vías de esta utilidad y de su inteligibilidad, lo utilizamos para designar a nuestras unidades de análisis, tanto en el pasado prehispánico como del presente, ya que encontramos procesos de larga duración que reflejan la trasformación y adaptación de las sociedades, pero que sin embargo hoy mantienen, como hace cientos de años, tensiones y diferencias culturales e identitarias; tal es el caso de las dos parcialidades que hoy forman la ciudad de Cholula y que hacen de esta una ciudad dual, compuesta por dos colectivos con antecedentes milenarios.


CHOLULA, CIUDAD DUAL

La dualidad es una dimensión propia de la cultura y de la cosmovisión mesoamericana. En la época prehispánica se creía en un principio creador dual organizado por una pareja que representaba el lado femenino-masculino; esta deidad se denominaba Ometéotl –dios de la dualidad–, formada por una pareja creadora, Ometecutli (señor dual) y Ometecihuatl (señora dual), padre y madre (Caso, 1974). En esta concepción de la vida, el poder absoluto no se limita por determinados atributos o cualidades, como puede ser lo femenino y lo masculino, lo bueno o lo malo (como lo es la visión occidental); por el contrario, se privilegia la manifestación dual, el orden primario, es decir la unidad. De esta manera hay una concepción del cosmos en su totalidad, en su orden primario, en el que todo es visto como unido (Eliade, 1986).

En general, esta concepción se encuentra en la religión mesoamericana, específicamente en los mitos. Sin embargo, esta dualidad también se representaba en la integración de los territorios, en el poder político y religioso, etc.; así, por ejemplo, el imperio mexica poseía un gran templo dual, el Calmecac de Tenochtitlan (dedicado a Tláloc –dios del agua– y Huitzilopochtli, dios sol y de la guerra), en donde dos sumos sacerdotes estaban dedicados al culto de cada uno de estos dioses.

Esta dualidad también la encontramos presente en la Cholula prehispánica, en la que existía un gobierno dual constituido por dos supremos sacerdotes llamados Aquiach y Tlalchiach, cargos que existían a la llegada de los españoles y cuyo origen se remonta a la época de los olmeca-xicalancas de Cacaxtla durante el periodo Epiclásico (650-900 d.n.e.). La mayoría de autores coinciden en que los olmeca-xicalancas se asentaron en Cholula después del declive de Cacaxtla. El Aquiach, “el mayor de lo alto”, tenía como insignia el águila, se relacionaba con la lluvia, el cultivo del temporal y tenía el poder de hacer llover y que se dieran los frutos de la tierra; el segundo, el Tlalchiach, “el mayor de lo bajo del suelo”, tenía como insignia el jaguar y controlaba el agua del subsuelo (Lombardo, 1995).

Si bien se menciona que este gobierno dual es una herencia de la organización político-religiosa de los olmeca-xicalanas, también se plantea que respondía a la organización del templo mayor de Tenochtitlan. Algunas interpretaciones sugieren que el Aquiach dirigía el culto de la lluvia desde el Tlachiualtepetl y el Tlalchiach, el culto al dios patrón de Cholula, Quetzalcóatl (Carrasco, 1971). Ambos significaban las dos partes de la ciudad: uno, las extremidades superiores del territorio (las alas del águila) y el otro las inferiores, los pies (las garras del jaguar). Este principio dual se sigue reproduciendo en la actualidad caracterizando a esta milenaria ciudad, constituida por dos capitales municipales: San Pedro, al norte, de origen tolteca-chichimeca, y San Andrés, al sur, de origen olmeca-xicalanca, ambas apellidadas Cholula.

De manera interna, en cada cabecera municipal se observa el principio dual mesoamericano que se expresa en un mismo asentamiento humano dividido en dos poderes sociopolíticos, cada uno con su santo patrón y su ciclo de fiestas, pero unidos por una vida en común, un santuario, que encarna, ancla una historia y una visión del mundo compartida, que se refleja en los diversos complejos festivos de cada una.

Hoy las formas de organización simbólica del territorio entre ambas parcialidades expresan ese principio dual mesoamericano; por ejemplo, San Andrés se divide en dos secciones ‒para fines religiosos‒ cada una compuesta por un número determinado de barrios. En el caso de San Pedro, se dice que su territorio tiene un lado masculino y uno femenino, lo cual hace referencia a la distribución de los santos patronos y las santas patronas de los barrios en el espacio. El lado femenino de Cholula2 lo representan los barrios de Santa María Xixitla y la Magdalena Coapa, ubicados al poniente, en cuya parte también se encuentra el santuario de la Virgen de Tzocuilac y la Virgen de Guadalupe, mientras que al sur, oriente y norte se ubican los santos varones. A nivel interno, en los barrios, como en el caso de Santa María Xixitla, podemos encontrar esta dualidad presente en los dos calpules que lo forman: Ocotlán y Pillopan, entre los cuales se alternan anualmente los cargos y las responsabilidades que ello implica.

La dualidad presente en la ciudad de Cholula, no sólo se expresa en términos de la cosmovisión mesoamericana, sino también en la construcción de identidades étnicas diferenciadas. Si planteamos que la identidad únicamente puede surgir en contextos de interacción y comunicación social, es necesario entonces que por lo menos haya dos grupos en interacción, es decir, un “nosotros” para que posibilite la existencia de “los otros”. La división dual, provoca una frontera, una división binaria que puede ser mental (percepciones y representaciones sociales) pero que también se puede expresar de forma instrumental (límites físicos); por tanto, instaura una dicotomía entre dos grupos y una posición dual (Guerrero, op cit.). Esta posición dual de la ciudad de Cholula, la encontramos presente a lo largo de su historia, desde hace aproximadamente 1200 años, cuando tuvieron su encuentro en el mismo lugar dos etnias distintas, los olmeca-xicalancas y los tolteca-chichimecas, quienes forman dos mitades que a lo largo de la época prehispánica y posteriormente en la Colonia se mantuvieron hasta llegar a nuestros días con la división de la ciudad en dos capitales municipales: San Andrés y San Pedro Cholula. Hoy esta dualidad, se observa en distintos ámbitos no sólo en lo político, sino en lo cultural, económico, religioso, en la vida cotidiana, etc., ámbitos en donde se estructuran las diferencias y cuya raigambre proviene de la época prehispánica y colonial.


LA ETNOHISTORIA. LAS DOS CHOLULAS

La ciudad dual de Cholula se localiza en el denominado Valle Puebla-Tlaxcala, espacio que históricamente ha sido privilegiado y fundamental para entender el desarrollo de Mesoamérica, en general, y en particular del altiplano central, por ser un área estratégica y punto intermedio entre importantes tradiciones culturales como la cuenca de México, Guerrero, Morelos, la Costa del Golfo, Oaxaca y el área maya. Actualmente su característica principal es la compleja combinación de rasgos socioculturales de la vida urbana y campesina-indígena. Se trata de un territorio con un desarrollo histórico milenario y de una gran diversidad cultural; hoy es una región con enormes desigualdades sociales y, sobre todo, se caracteriza por la gran circulación de bienes simbólicos que han formado identidades múltiples cuyos referentes no sólo se basan en los territorios donde se vive, sino en bienes culturales que circulan a nivel mundial. En este sentido, el Valle Puebla-Tlaxcala presenta, en muchos aspectos, una faceta de modernización vertiginosa, pero también sigue reproduciendo elementos culturales anclados en un mundo “tradicional” campesino-indígena (Gámez et al., op cit.).

Cholula (San Pedro y San Andrés) se encuentra al oeste de este valle, en la llamada “llanura de Cholula”, específicamente al este del cerro Zapotecas, a 2.027 m sobre el nivel del mar; posee un buen régimen de lluvias y de temperatura que hacen que la zona sea propicia para la agricultura (Bonfil, 1988).

En este contexto Cholula ocupa un lugar destacado, por tratarse de una de las ciudades-santuario más importantes de la región. En la época prehispánica fue una gran urbe, centro comercial y religioso de Mesoamérica. Después de la conquista, los españoles fundaron la ciudad de Puebla de los Ángeles, muy cerca de Cholula, con la intención de contrarrestar su importancia económica, política y religiosa, misma que quedó instaurada como República de Indios. Históricamente la supremacía de la ciudad de Puebla, donde se asentaron los poderes coloniales, frenó el crecimiento de Cholula, que quedó relegada y dependiente a la primera, convirtiéndose en una capital media de importancia económica y religiosa para las comunidades indígenas y campesinas de la región, reproduciéndose en ella aspectos de la cultura y de la organización socio-religiosa tradicional, que en la actualidad refuerzan identidades, cohesión social y apropiaciones simbólicas del territorio.

Hoy en día, la ciudad dual de Cholula es uno de los centros religiosos y turísticos más importantes del valle; sin embargo, en ella se observa una fuerte tensión entre las prácticas y modos de vida tradicionales con los de la modernización y la globalización.

La ciudad posee antecedentes históricos milenarios; según Florencia Müller (1973), desde el Preclásico (500-100 a.n.e.) algunos grupos de campesinos relacionados con los olmecas arqueológicos comenzaron a formar pequeñas aldeas. La situación privilegiada del valle provocó que para el horizonte Clásico (100 a.n.e. - 600 d.n.e.), Cholula se convirtiera en una de las ciudades más importantes de Mesoamérica, constituida por un centro ceremonial de grandes dimensiones dedicado a una deidad relacionada con el culto al agua. La traza urbana estaba formada por extensas áreas cívicas, comerciales y habitacionales, así como calzadas y un complejo sistema hidráulico. Durante esta época, Cholula fue un polo macro-regional que controló el valle, así como otros territorios hacia el sur, el oriente y el norte del mismo. Se constituyó primordialmente como una ciudad comercial por estar situada en medio de relevantes rutas de intercambio, además de ser una capital religiosa por excelencia.

En el siglo XII (año 1168) incursionan al valle Poblano-Tlaxcalteca grupos de tolteca-chichimecas provenientes de Tula (Olivera, 1971). Su irrupción violenta propició la decadencia en el año Ocho Conejo (1174 d.n.e.) de los olmeca-xicalancas, cuyo linaje había controlado la región durante cuatro siglos, así como una gran ciudad conocida como Tlachihualtepetl, cuyo significado es “lugar de la montaña artificial” (González-Hermosillo, 2014) o “cerro hecho a mano” (Uruñuela & Robles, 2012). Los olmeca-xicalancas se convirtieron en tributarios y fueron desplazados hacia el sur de la gran pirámide manteniendo autonomía sobre sus derechos políticos y religiosos, mientras que los dominadores, fundaron una nueva ciudad a la que denominaron Tollan-Cholollan, hoy Cholula3, al norte, en lo que ahora es San Pedro (Olivera, 1969), originando así la división que hoy se mantiene entre San Pedro y San Andrés.

Con los toltecas la ciudad vuelve a consolidarse como la más importante del valle. El centro de la nueva población se formó unos 500 metros al poniente del antiguo centro ceremonial del periodo Clásico y del Tlachihualtepetl; ahí se levantaron nuevos edificios, plazas, escuelas, mercados, templos, el juego de pelota y los palacios. Su influencia como centro religioso, artesanal (metalurgia, mosaicos de plumas, textiles, alfarería, escultura, etc.) y comercial (sistema complejo de mercados) llegó más allá de las fronteras mesoamericanas; en ella se produjo y exportó una de las cerámicas polícromas más bellas del mundo prehispánico. La ciudad se caracterizó por el culto a Quetzalcóatl, lo cual la situó como un prominente centro religioso y de peregrinación cuya influencia llegó hasta Guatemala. La organización sociopolítica era esencialmente militarista, estructurada en la nobleza de guerreros, los comerciantes, una numerosa burocracia y los artesanos (Bonfil, op cit.).

En el primer tercio del siglo XV, aprovechando los conflictos intrarregionales, incursionaron en el valle los mexicas, quienes conquistaron y sometieron a la mayor parte de los pueblos y las ciudades; sin embargo, no lograron un dominio completo. Las disputas entre los distintos señoríos no sólo fueron aprovechadas por los grupos mesoamericanos para controlar el área, sino también por los conquistadores españoles, quienes en 1519 sometieron a la ciudad de Cholula con ayuda de sus enemigos, los tlaxcaltecas y los huejotzincas (Gámez et al., op cit.).

Antes de la llegada de los españoles a Cholula, esta era el centro religioso y comercial más importante del Valle Poblano-Tlaxcalteca; presentaba una clara división interna en parcialidades que durante la colonia se denominaron usualmente “cabeceras”. Estas eran subdivisiones territoriales y se agrupaban en torno al actual centro de San Pedro Cholula, donde se encontraba el templo dedicado a Quetzalcóatl (Bonfil, op cit.). La ciudad estaba compuesta por seis cabeceras; de estas, cuatro eran de filiación étnica tolteca y las otras dos olmeca-xicalanca (Olivera, op cit.).

El origen de esas parcialidades obedecía a la composición pluriétnica de la población, resultado de la llegada intermitente de pueblos diversos a partir del periodo Preclásico y que se prolonga hasta el arribo de los españoles. Entre las migraciones más importantes están la de los olmeca-xicalancas, quienes habitaban al sur de la ciudad y controlaron buena parte del Valle poblano-tlaxcalteca entre los años 650 al 1200 d.n.e., los tolteca-chichimecas, cuyo asentamiento en la región produjo la formación de distintas parcialidades, cada una con su propia denominación, y por último, llegaron los colomochcas4 que eran grupos de filiación mixteca-popoloca, que se asientan en Cholula tardíamente y forman la cabecera de San Andrés Colomochco (hoy San Andrés Cholula) (Carrasco, op cit.). Sin embargo, hay diversos autores que sostienen que en el lugar donde se establecieron los colomochcas, habitaban los descendientes de los olmeca-xicalancas, por lo que es de suponerse que San Andrés se conformó principalmente con población de este último grupo y los colomochcas recién llegados (Olivera, op cit.). La complejidad de la composición étnica de la ciudad era evidente, ya que también estaba integrada, con seguridad, por los pobladores originales, en afirmación de Paddok (1987), hablantes de alguna lengua del tronco otomangue y posiblemente por otros grupos inmigrantes, según Bonfil (op cit.).

Después de la conquista española, Cholula se convirtió en Encomienda, a cargo de Andrés de Tapia, y más tarde en Corregimiento. El 27 de octubre de 1537 San Pedro Cholula recibió el título de ciudad cabecera de República de Indios y centro de doctrina, incorporando a San Andrés como cabecera independiente (ibid.).

La orden religiosa encargada de la evangelización fue la franciscana. En el caso particular de Cholula, los frailes llegaron desde fechas muy tempranas. El periodo de la fundación del convento de San Gabriel se ubica entre 1530 y 1539 (Richard, 1950, citado en Bonfil, op cit.). La nueva ciudad colonial se edificó sobre los restos del centro ceremonial y comercial de los tolteca-chichimecas; el mismo a la llegada de los conquistadores era el asentamiento que albergaba el poder político, religioso y comercial del valle.

Los franciscanos generaron toda una estrategia de evangelización que implicó la suplantación de las deidades mesoamericanas por las católicas; así, donde estuvo el templo de Quetzalcóatl se levantó, en 1549, una iglesia dedicada a San Gabriel y cerca de ésta se construyó una gran capilla abierta para la doctrina constituida por nueve naves, a la cual se le denominó Capilla Real (Bonfil, op cit.).

En la cúspide de la gran pirámide, dedicada a deidades del agua, Tlachihualtepetl, se construyó una ermita que hubo de reedificarse a finales del siglo XVI y se concluyó hasta mediados del XVII. En ella se estableció el culto a la Virgen de los Remedios, la deidad conquistadora de los españoles (Rojas, citado en Bonfil, op cit.). Muchos significados de las antiguas deidades fueron reelaborados y reinterpretados, formando así una nueva religión indígena producto del encuentro de la tradición religiosa mesoamericana y del catolicismo colonial.

En 1557 la provincia franciscana del Santo Evangelio, a la que pertenecía Cholula, funda un pequeño convento (San Diego), hoy desaparecido, en la cabecera de San Andrés en el barrio de Xicotenco, con el objetivo de evangelizar a los grupos que habitaban el lugar, los colomochcas y los descendientes de los olmeca-xicalancas. La existencia de dos conventos franciscanos activos a menos de una milla de distancia uno del otro seguramente se debió a la persistencia de las diferencias étnicas (Kubler, op cit.). Al parecer, los sucesores de los olmeca-xicalancas pugnaron por marcar sus fronteras, como lo fue el caso de un gobierno separado, aún después de la conquista, lo que claramente indica una delimitación entre San Pedro y San Andrés.

La cabecera de San Andrés se separó paulatinamente de las otras cinco que conformaban la ciudad colonial de Cholula y desde mediados del siglo XVII (1645) se convirtió en parroquia; para 1714 se constituyó en República de Indios con cuatro pueblos (Cacalotepec, Tlaxcalancingo, Ocoyocan y Nalacatepec). Desde entonces San Pedro Cholula quedó integrada por cinco cabeceras y en San Andrés se realizó una división en barrios (Carrasco, op cit.). De las cinco cabeceras que restaron como parte de Cholula después de la separación de San Andrés, habrían de surgir los diez barrios que hoy existen en la ciudad (Bonfil, op cit.). San Pedro perdió el control de los tributos reales de una cuarta parte de la provincia y una quinta parte de su territorio (González-Hermosillo, op cit.). Sin embargo, San Andrés de origen étnico distinto, logró con la colonia europea recuperar parte de sus territorios y su reconocimiento como sociedad distinta en términos culturales, políticos y religiosos.

A pesar de su posición estratégica, la ciudad dual de Cholula no creció durante el siglo XX como el resto de las diversas poblaciones del valle; en contraste se ha desarrollado como un centro turístico de mediana importancia y conserva su relevancia como centro religioso de las poblaciones campesinas e indígenas de la región. Actualmente Cholula (San Pedro y San Andrés) posee una vida religiosa intensa; es frecuente observar fiestas y procesiones por las calles encabezadas por sacerdotes acompañados de las autoridades tradicionales (Bonfil, op cit.).

Hoy la disposición urbana de la ciudad revela aspectos trascendentes de la organización social local; por ejemplo, en San Pedro Cholula se observa una fuerte distinción entre el “centro” y los diez barrios, y la tensión entre ambos se percibe en las actividades económicas, políticas y culturales que se realizan (ibid.). En los barrios la raíz cultural es de extracción campesina-indígena, mientras que los habitantes del centro son de origen español y responden más a los modelos urbanos.

San Andrés Cholula se diferencia en algunos aspectos de San Pedro; se trata de una localidad más campesina, donde, sin embargo, hay población que se dedica a actividades diversas, como el trabajo obrero y profesional. En lo económico posee cierta dependencia de las ciudades vecinas de San Pedro Cholula y Puebla, tal es el caso del abastecimiento de diversos productos (Olivera, 1971); por ejemplo, no cuenta con un mercado fijo. No obstante, en los últimos 10 años ha experimentado un crecimiento urbano vertiginoso en su periferia, resultado del desarrollo inmobiliario y comercial que demanda la capital del Estado. Por otro lado, a raíz del proyecto de “Dignificación” del Gobierno del Estado de Puebla, han llegado nuevos pobladores, quienes han creado todo un corredor cosmopolita de restaurantes y comercios en el centro del poblado.

Las diferencias entre ambas Cholulas se podrían explicar debido a que, a partir de la época colonial, el asentamiento tolteca-chichimeca, es decir San Pedro, se convirtió o fue erigido como la capital de la República de Indios, y fue precisamente aquí donde se construyeron los principales edificios religiosos, políticos y comerciales, algunos de ellos de carácter monumental, como lo es el convento de San Gabriel y la Capilla Real, así como su gran plaza de armas. Desde este momento se le denominó Cholula a este lugar y a la parcialidad de los descendientes de los olmeca-xicalancas y colomochcas (San Andrés) se le consideró como un barrio de ésta, en el cual se construyen edificios religiosos y políticos más discretos.

Durante el desarrollo de la Colonia, a San Pedro Cholula arribaron también familias europeas que se establecieron en el centro de la ciudad y poco a poco asumieron el control político y comercial de la misma, mientras que la población indígena-campesina continuó en los barrios, mismos que han sido históricamente un espacio de comunalidad y reproducción sociocultural, caracterizados por la organización parental, el culto a los santos patronos, la organización socio-religiosa basada en la mayordomía y apellidos provenientes del náhuatl.

La posición dependiente de San Andrés a nivel político y comercial conllevó a la reproducción de una vida tradicional, en donde las relaciones de parentesco y el culto al santo patrón adquirieron gran importancia; es posible encontrar con mayor vigencia las afiliaciones barriales a través de los apellidos con raíz derivada del náhuatl, lo que muestra el origen indígena de las familias.

La migración hacia la ciudad de Puebla, la Ciudad de México y al extranjero (Estados Unidos), así como la urbanización creciente de San Andrés, no han modificado en lo general, las formas de vida tradicional, la organización socio-religiosa, las actividades rituales y otras manifestaciones de la cotidianidad que mantienen su vigencia.

Hoy la ciudad dual de Cholula, como hace cientos de años, sigue siendo un centro religioso de gran importancia a nivel regional. La fiesta religiosa más importante en la vida de la ciudad y que reúne a gran cantidad de pueblos de Valle Puebla-Tlaxcala, es la que se realiza en homenaje a la Virgen de los Remedios durante la primera quincena de septiembre (Bonfil, op cit.).

San Andrés y San Pedro cuentan cada uno con su parroquia, su propio sistema de cargos y su división por barrios (la gran mayoría de origen colonial y con antecedentes prehispánicos). En estos últimos se identifican diversas dinámicas socioculturales y la reafirmación de una identidad barrial asociada a un territorio delimitado, no sólo como espacio físico, sino también por complejos modelos de adscripción y de pertenencia a una colectividad.

En este contexto, Cholula ocupa un lugar destacado: en la época prehispánica fue la ciudad más importante del Valle Puebla-Tlaxcala; su importancia como centro comercial y religioso de las sociedades indígenas y campesinas no fue suplida por otros asentamientos humanos en el decurso de la historia. A su llegada al valle, los españoles fundaron la ciudad de Puebla de los Ángeles muy cerca y en territorios de la ciudad prehispánica de Cholula. La intención fue planificar un asentamiento español que contrarrestara la importancia económica, política y religiosa de Cholula. La supremacía de la ciudad de Puebla, lugar en donde se asentaron los poderes coloniales, frenó el crecimiento de Cholula, la cual quedó relegada y dependiente a la primera. Sin embargo, históricamente, el crecimiento y la hegemonía de la ciudad de Puebla han provocado asimetrías y tensiones en el contexto del valle.

En los últimos treinta años, el crecimiento vertiginoso de la ciudad de Puebla ha demandado nuevos espacios; por ello en la década de los años sesenta expandió sus límites municipales, despojando a San Andrés Cholula de una parte de sus territorios, lo que motivó conflictos y disputas entre estos dos municipios. En las áreas arrebatadas a San Andrés se han construido gran cantidad de zonas habitacionales, centros comerciales y edificios públicos que albergan los poderes políticos del Estado. Todo ello muestra claramente procesos de desterritorialización a gran escala en poblaciones como las Cholulas. Como resultado del crecimiento de la ciudad de Puebla, San Andrés Cholula perdió una parte importante de su territorio. Actualmente tiene un área de litigio con el municipio de Puebla (García, 2006).

Hoy, los municipios de las Cholulas sufren un proceso de urbanización a gran escala, que ha provocado la construcción de centros comerciales, hospitales, escuelas y zonas habitacionales; con ello, la llegada de multitud de avecindados que poco influyen o se involucran con los pobladores originarios. Actualmente, la ciudad dual de Cholula es uno de los centros religiosos y turísticos más importantes del valle. Sin embargo, en ella se observa una fuerte tensión entre las prácticas y modos de vida tradicionales con los de la llamada modernización y globalización.

IDENTIDADES ÉTNICAS EN CONFLICTO. LA DISPUTA POR EL SANTUARIO

Entre el 200 y 100 a.n.e., se construye el primer centro ceremonial en Cholula, el cual será el antecedente del gran centro religioso del periodo Clásico (Müller, op cit.). La situación privilegiada del Valle Poblano-Tlaxcalteca provocó que, para el horizonte Clásico (100 a.n.e.-600 d.n.e.), Cholula se convirtiera en una de las ciudades más importantes de Mesoamérica; llega a ser muy extensa, constituida por un centro ceremonial de enormes dimensiones dedicado a una deidad relacionada con el culto al agua. Para comienzos del 650 d.n.e., es abandonada. Las explicaciones de su colapso son variadas, pero coincide con la llegada de los olmeca-xicalancas, grupos provenientes del sureste de Mesoamérica (Potonchán en Tabasco) que incursionan al valle conquistando y sometiendo a gran parte de la población. Estos habían estado en Teotihuacán y después emigraron al Valle poblano-tlaxcalteca. Algunos autores como Jiménez Moreno (1942) indican que se trataba de un grupo triétnico formado por elementos chocho-popolocas, mixtecos y nahuas. La ciudad de Cholula es ocupada por estos grupos, quienes fundan un nuevo asentamiento al sur del antiguo centro ceremonial. Bajo el dominio olmeca-xicalanca, Cholula inicia otro periodo de apogeo y se convierte en una ciudad cosmopolita llamada en ese entonces Tlachihualtepetl (Olivera, 1969).

En el siglo XII incursionan al valle grupos de toltecas provenientes de Tula, quienes entran en disputa por el control del territorio con los olmeca-xicalancas y lograron imponerse y tomar el dominio de la ciudad de Cholula (Vázquez, 1998). Bajo el domino tolteca-chichimeca vuelve a consolidarse como la urbe más importante de la región y adquiere el nombre de Tollan-Cholollan-Tlachihualtepetl (Olivera, op cit.). La nueva-vieja ciudad se caracterizó por el culto a Quetzalcóatl, centro religioso y de peregrinación cuya influencia llegó hasta Guatemala.

Sin embargo, desde esta época, los olmeca-xicalancas, mantenían constantes conflictos con sus dominadores, por lo que, con el deseo de controlarlos y expandir su territorio, los toltecas de Cholula trajeron grupos de Chichimecas que les sirvieron de mercenarios en la conquista de la región. A todos estos, como recompensa por los favores obtenidos, se les concedió parte de los territorios conquistados (Olivera, 1978).

Los olmeca-xicalancas, a pesar de su derrota, conservaron sus cabeceras; por ello, a la llegada de los españoles, estos encontrarán en la ciudad seis cabeceras de distinta filiación étnica. Por otro lado, el área sur de la ciudad conservó una fuerte tradición cultural relacionada con los olmeca-xicalancas y los colomochcas; la otra parte (norte), en cambio, tenía influencia tolteca-chichimeca, lo que motivó una diferenciación que perdura hasta nuestros días. Durante el siglo xviii, San Andrés se separa de Cholula y se forman dos pueblos (San Pedro y San Andrés); para el siglo xx se convierten en cabeceras municipales (Olivera, 1971).

Los europeos conquistan la ciudad de Cholula en 1519 con ayuda de sus aliados los tlaxcaltecas y los huejotzincas. También algunas familias nobles de Cholula colaboraron con los españoles; es conocido el caso de una mujer llamada Ylamateuhtli, quien delató a sus congéneres ante Hernán Cortés, proporcionándole información que facilitó la caída de la ciudad. Como recompensa esta mujer y su linaje recibieron privilegios, tierras y cargos políticos (González-Hermosillo & Reyes, 2002).

La nobleza indígena conservó ciertos privilegios en Cholula, incluso aumentó sensiblemente en cantidad durante el siglo xvi (Bonfil, op cit.). Sin embargo, en este nuevo orden colonial la parcialidad descendiente de los olmeca-xicalancas y los colomochcas quedó un tanto relegada, como se mencionó anteriormente, reproduciendo de manera un tanto parcial la situación que guardaran cuando fueron sojuzgados por los tolteca-chichimecas.

La información histórica y arqueológica de la ciudad muestra que el ciclo festivo anual, en la época prehispánica, era intenso y complejo. Durán describe otra serie de fiestas de gran importancia, como las que se celebraban en la gran pirámide, sitio que siguió teniendo mucha importancia como lugar sagrado después del abandono de la ciudad en el periodo Clásico, y que el cronista relata de la siguiente manera: “…a este cerro tenían en mucho y en él era la ordinaria y continua adoración que hacían, y plegarias y grandes sacrificios y ofrendas y muertes de hombres” (Durán, s. f., citado en Bonfil, op cit., p. 168). Con la conquista española, la ciudad tolteca de Cholula pierde el control de una amplia región.

En la cúspide de la gran pirámide dedicada a deidades del agua, el Tlachihualtepetl, se construyó un templo dedicado a la Virgen de los Remedios (Bonfil, op cit.). Sus antecedentes como espacio sagrado se remontan más allá de 500 a.n.e., lo cual lo convierte en el más antiguo de América y con gran trascendencia simbólica, religiosa e histórica. Por tal razón, deidades como la Virgen de los Remedios adquieren gran importancia y poder, ya que esta fue reinterpreta por las sociedades indígenas, cargándole contenidos y significados de las deidades mesoamericanas.

Durante el periodo independiente se abolieron los privilegios de los caciques, lo cual repercutió en la organización socio-religiosa de los barrios de Cholula. Por otro lado, las leyes de desamortización de los bienes de manos muertas produjeron que la iglesia perdiera muchas de sus posesiones, al igual que las comunidades indígenas. La tenencia de la tierra pasó a manos de particulares (Bonfil, op cit.). Por su parte, los templos pasaron a ser propiedad de la Nación y bajo ese régimen perduran. Sin embargo, actualmente tanto el clero como las autoridades tradicionales de los barrios son quienes mantienen el control de los edificios dedicados al culto en las Cholulas y en la mayoría de las poblaciones indígenas campesinas de México (Bonfil, op cit.).

Hoy Cholula-dual, es considerada una ciudad sagrada, una metrópoli santuario, por albergar uno de los centros religiosos más importantes del Valle Puebla-Tlaxcala, pero también por su larga trayectoria histórica como centro sagrado. El acontecimiento anual más importante en la vida de la ciudad es la feria que se realiza en homenaje a la Virgen de los Remedios durante la primera quincena de septiembre. Esta feria tiene dos aspectos principales: el religioso y el comercial, ambos indisolublemente ligados (Bonfil, op cit.).

Este majestuoso santuario se localiza en medio de la ciudad dual de Cholula, el cual les pertenece y comparten San Pedro y San Andrés; sin embargo, su control socio-religioso está a cargo de San Pedro; es decir, que sus diez barrios se hacen cargo del cuidado del santuario y de la organización de sus fiestas.

La posición histórica de los sanandreseños, descendientes de los olmeca-xicalancas y los colomochcas, fue de subordinación ante los tolteca-chichimecas, y pese a que obtuvieron su reconocimiento como grupo étnico distinto y la restitución de algunos de sus territorios, su lugar desde la época colonial hasta los años 80 del siglo XX fue marginal, en contraste con la importancia de San Pedro, parcialidad que históricamente ha monopolizado el apelativo de Cholula, también nombrada Cholula de Rivadavia a principios del siglo XX. Al respecto, refieren las personas mayores de San Andrés que los verdaderos “cholultecas” son ellos, en contraposición con los habitantes de San Pedro, a los que consideran usurpadores y los denominan como los “choloque”, que quiere decir, “los que se largaron y luego regresaron” (Olivera, 1969, p. 248).

Al respecto, la tradición oral de San Andrés relata que, en tiempos de sus antepasados, antes de la cristiandad, la pirámide-cerrito-santuario, estaba en San Andrés y que sus abuelos hicieron el cerrito, “el templo de los antiguos”; ahí vivían todos los pueblos unidos, pero un día unos, los “choloque”, decidieron irse al norte a buscar otro lugar donde habitar, junto con otros grupos llamados “ohuala” (que venían de Oaxaca), término que significa, “los que llegaron”. Pero en ningún lugar los quisieron y por eso los hijos de los choloques regresaron, pero no hubo lugar al sur del cerrito-pirámide y se fueron al norte y ahí fundaron Tollan Cholollan. Se dice que los choloques cuando regresaron eran muchos y poderosos, por lo tanto, quisieron dominar a los verdaderos cholultecas, les arrebataron terrenos, la pirámide y hasta se adjudicaron el nombre de “cholultecas”. Por ello, cuando llegaron los españoles creyeron que donde se encontraban los choloques era la verdadera Cholula y construyeron la ciudad colonial de ese lado (Olivera, 1969). Algunos de estos testimonios tienen similitud con lo que documenta la historia; tal es el caso de salida de los toltecas de Cholula rumbo al norte de Mesoamérica, en busca de mercenarios que los ayudasen a dominar a los antiguos pobladores de la región, los olmeca-xicalancas.

La preponderancia de San Pedro motivó conflictos con San Andrés, la cual ha argumentado sus derechos históricos y territoriales sobre el cerrito-santuario. Tales disputas conllevaron a un arreglo político y limítrofe entre ambas Cholulas; actualmente cada una, posee una mitad del cerrito-pirámide y ambas cuentan con su respectivo acceso. Sin embargo, el dominio religioso y económico del santuario lo tienen los diez barrios de San Pedro Cholula y su parroquia.

El santuario de la Virgen de los Remedios ancla no sólo la identidad cultural de los sanandreseños sino también histórica, puesto que lo consideran centro de origen de sus antepasados, mismo que según ellos les fue arrebatado por los de San Pedro. Algunos otros ancianos de San Andrés, por ejemplo, cuentan que “…nosotros llegamos primero a estas tierras, qué los de San Pedro, pero estos cuando llegaron los españoles, los engañaron para que fundaran y construyeran la ciudad de aquel lado”; con estos discursos expresan sus derechos históricos, pero también su posesión sobre el santuario-pirámide, ya que, como se mencionó, se relata que fueron sus “abuelos quienes construyeron la pirámide”.

Por su parte, los de San Pedro argumentan que el santuario les pertenece y que la virgen es su madre y protectora, porque “ella llegó a San Pedro”; por eso se dice que “la entrada del templo de la Virgen de los Remedios, mira de frente a San Pedro y el santuario le da la espalda a San Andrés”.

Las prácticas culturales de los habitantes de San Pedro han implicado a lo largo del tiempo una fuerte apropiación del mencionado santuario; ello, por ejemplo, se observa en el hecho de que su santo patrón no cuente con una fiesta religiosa que los congregue y cohesione, como sí sucede en San Andrés. La fiesta que congrega a los sanpedreños no es la dedicada a San Pedro Apóstol, su santo patrono, si no la celebración dedicada a la Virgen de los Remedios, que es de carácter regional y que atrae a gran cantidad de poblaciones campesinas-indígenas de todo el valle, incluido San Andrés. Esta festividad es considerada por los de San Pedro como su conmemoración patronal, debido a que ellos son los directamente implicados en su organización y la administración de los recursos económicos que genera. Sin embargo, el mantenimiento de la parte sur del cerrito-pirámide-santuario está a cargo de San Andrés; así también en la organización de la fiesta dedicada a los Remedios participa el pueblo de San Bernardino Tlaxcalancigo, perteneciente a este municipio.

Seguramente, el desplazamiento del santo patrono (San Pedro Apóstol) a la Virgen de los Remedios se debe a que, en los inicios de época colonial, el santo fundador de la ciudad de Cholula fue San Gabriel, y cuando se dio la separación de San Andrés como pueblo y parroquia aparte, las autoridades religiosas decidieron nombrar a San Pedro como nuevo santo patrono de la ciudad de Cholula. Este desplazamiento seguramente influyó en la identificación de los indígenas con la deidad femenina, ubicada en lo alto de la pirámide, entidad más relacionada con su cosmovisión, su territorio y su historia.

Por ello, el santuario en la percepción de los habitantes de San Pedro es de su pertenencia y es un referente fundamental de su identidad. Sin embargo, para los sanandreseños no es así; por el contrario, estos tienen la firme convicción de que tienen derechos históricos sobre él y, por lo tanto, sobre su administración y la celebración de su fiesta. Parte de esta disputa se observa en la organización de los festejos dedicados a la Virgen de los Remedios en el mes de septiembre, cuando a raíz de la exclusión de San Andrés ha tratado de participar, organizando una feria comercial en las inmediaciones de la parte del santuario que les pertenece. Esta situación ha ocasionado conflictos y altercados discursivos entre las dos sociedades, mismos que, entre sus muchos canales de expresión, se transmiten por radio, televisión e internet (principalmente facebook).

La feria-fiesta en honor a Los Remedios, se efectúa en los espacios de San Pedro y a esta acuden gran cantidad de personas de muchas regiones del altiplano central mexicano. En estos días se observa una masiva participación y ambiente festivo; sin embargo, en el lado de San Andrés hay poca afluencia, la mayoría de carácter local. Dicha situación ha provocado el enojo de unos y el regocijo de los otros. Es común escuchar expresiones y conversaciones que manifiestan frases como: “…ya viste de aquel lado, todo está solo, y es que no entienden que esta fiesta es de Cholula [San Pedro]. ¡Los de San Andrés tienen su fiesta y es en noviembre!”, “¡Eso les pasa por querernos quitar nuestra fiesta y santuario¡”. Las verbalizaciones de ambos grupos muestran identidades en conflicto, es decir, “…conflictos sociales entre colectivos que no implican una disputa sobre la identidad, si no que más bien la suponen, en el sentido de que el conflicto es un reconocimiento por parte de cada colectivo de su propia identidad y de la identidad del otro…” (Pérez Agote, 1986, p. 81).

A lo largo de la historia, cada una de estas dos sociedades han interactuado y mantenido luchas simbólicas por su mutuo reconocimiento. Pero, generalmente, ha sido San Pedro quien desde su hegemonía política, económica y religiosa a nivel local ha detentado una posición dominante, que ha posibilitado imponer una definición positiva de su propia identidad, en comparación a San Andrés, a los cuales califican de ser sólo una parte, un barrio de San Pedro y de ser “pobres e ignorantes”. Estas posiciones despectivas se expresan en la vida cotidiana, tanto en las calles como en las casas y también como mencionamos, en los medios electrónicos de comunicación como la internet o el facebook, en donde se suelen escuchar o leer las descalificadoras mutuas, tanto de las autoridades políticas, mayordomos e intelectuales, como del resto de las personas.

Es frecuente que en San Pedro manifiesten en forma despectiva que “¡San Andrés es un barrio de Cholula, no una ciudad aparte!” y que son “¡los colomochcas!”; en cambio, los sanandreseños expresan que son ellos los que poseen tradiciones culturales más antiguas, bonitas y legítimas que los otros. La percepción negativa de la identidad de los sanandreseños por parte de San Pedro ha provocado la existencia de identidades en constante conflicto, por el reconocimiento positivo de unos y otros, pero también por ganar posiciones no sólo simbólicas sino instrumentales, que se anclan fundamentalmente en un geosímbolo emblemático para ambas, como lo es el santuario de la Virgen de los Remedios.


CONCLUSIÓN

Los procesos históricos de ambos grupos étnicos a lo largo del tiempo indican sus contantes interacciones y relaciones, mismas que dieron como resultado el conflicto por el territorio y por el reconocimiento de unos y otros, específicamente, por la valoración positiva de la identidad de los sanandreseños. La implementación de cierto tipo de segregación hacia estos últimos por parte de los sanpedreños dio lugar a la construcción de una frontera étnica, que no sólo fue de carácter simbólico, sino también instrumental, al conformarse San Andrés como pueblo aparte, con su territorio y límites físicos precisos. Sin embargo, esta separación física y simbólica reforzó la dualidad presente en la ciudad de Cholula desde tiempos milenarios, en donde la existencia de ambas sociedades se debe a su situación relacional y a su frontera como punto de encuentro, que crea a su vez al opuesto y la coexistencia de ambos. La división dual, sin duda, es resultado de las diferencias socioculturales, identitarias e ideológicas y hasta cierto punto, como menciona Guerrero (op cit.), de dominación.

Si bien en la época colonial las sociedades conquistadas y colonizadas pasaron a ser indios (categoría supraétnica que homogenizaba las diferencias culturales e identitarias y los remitió al estatus de colonizados), es importante tener presente que la sociedad colonial implementó políticas diferenciadas en el trato y concesiones que les dio a ciertos grupos de “indios”. Esto último conllevó a que las relaciones entre los sojuzgados fueran problemáticas, o simple y sencillamente, se acrecentaron conflictos preexistentes desde la época prehispánica. Procesos que a lo largo del tiempo han cobrado vigencia en contextos estructurales distintos, pero que sirven a los grupos como referentes identitarios y argumentos de reivindicación o de reclamos sobre sus territorios, recursos y lugares ancestrales.

Los repertorios culturales que tanto los habitantes de San Andrés como los de San Pedro han expresado como referentes de su identidad y como fuentes de reivindicación frente a la sociedad nacional son: a) la valoración de su propio sistema de parentesco, como fuente de principal de su pertenecía étnica, la cual se expresa en los apellidos de origen náhuatl y que hacen referencia a su linaje indígena; b) una memoria colectiva que remite a sus ancestros como los originarios pobladores del territorio y por tanto su derecho a ser y existir; c) un complejo religioso-ritual que reafirma su identidad étnica, que en el caso de San Andrés se expresa en el culto a su santo patrón y la Virgen de los Remedios, y en el caso de San Pedro, principalmente, es el circuito religioso en torno a las denominadas circulares ( el culto a tres imágenes: la Virgen de los Remedios, la Virgen de Guadalupe y San Pedro de Animas, mismas que cada año pasan a ser responsabilidad de cada uno de los diez barrios, formando así un sistema rotativo); y d) la reivindicación constante de sus territorio ancestrales. Todos estos componentes considerados como los básicos para la construcción de las identidades étnicas según Michael L. Hecht (1993, citado en Giménez, op cit.).


NOTAS

 Por ejemplo, el término popoloca, significa “tartamudo”, “poco inteligente” y “bárbaro” (Jäcklein, 1974).

2 Comunicación personal con el maestro Manuel Tlatoa Guízar.

3 Actualmente no hay consenso sobre el significado de vocablo Cholula. Este, según Vázquez (1998), “…procede de las voces Choloan que significa huir o “lugar de huida”. Peñafiel (1914, citado en Vázquez, op cit.) da las siguientes acepciones: Choloa, huir o corre, Chololiztli con huida o carrera, Cholollan, significalugar donde se corre”. Otra acepción de término puede ser Atl, que significa agua, y Cholollan, que significa brota: “Agua que brota”. Josefina Walles (1971, citada en Vázquez, op cit.) cuenta que cuando los toltecas llegaron al valle, uno de los hijos del rey Tula, Itzcóatl, buscó ansiosamente agua para beber y al encontrar un manantial exclamó: Atcholollan llamándole “lugar de huida donde cae el agua”.

4 Se trata de un grupo mixteco-popoloca que llegó a Cholula procedente del sur de Puebla y norte de Oaxaca, cuyo líder se llamaba Colomochcatl, de donde deviene su apelativo (Olivera, 1969). Es importante mencionar que los olmeca-xicalancas estaban emparentados étnicamente con estos grupos, ya que según Jiménez Moreno (1942), los xicalancas eran una colectividad triétnica constituida por elementos chocho-popolocas y mixtecos nahuatizados. Lo que seguramente sugiere que los olmecas-xicalancas que habitaban Cholula desde tiempos antiguos, recibieron a los colomochcas sin problema y como aliados.


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