Con mucha satisfacción y agrado presentamos el vol




Cita recomendada: Nuñez, P. (2017) Representaciones (fronterizas) de la mujer y del territorio patagónico. Revista TEFROS, Vol. 15, N° 2, julio-diciembre: 29-55.



Representaciones (fronterizas) de la mujer y del territorio patagónico


(Border) Representations of the woman and Patagonian territory


Paula Gabriela Núñez

Instituto de Investigación en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

Universidad Nacional de Río Negro, Argentina


Fecha de presentación: 15 de septiembre de 2017

Fecha de aceptación: 05 de diciembre de 2017


RESUMEN

En el escrito problematizamos las metáforas femeninas asociadas al espacio que se configuraron en el proceso de significación de la Patagonia como frontera y desierto, durante la apropiación militar de la Patagonia de 1879 autodenominada “Campaña del Desierto”. Buscamos mostrar qué mecanismos literarios y retóricos operaron en la sedimentación de sentidos y cómo la noción de frontera se proyecta en la comprensión de las poblaciones aún después de considerarse el territorio argentinizado. Para ello focalizamos en la población asumida como sostén y base de la posibilidad del vivir, esto es, la de las mujeres. Analizaremos fuentes militares, literarias y científicas asociadas a la conquista de 1879, avanzando en la significación del territorio y la población. Así mostraremos cómo el particular anclaje de la tierra en la mujer-fortinera permite clarificar la pervivencia y contemporaneidad de la particular noción de frontera delineada en el proceso de conquista, y su impacto en ordenamientos y valorizaciones posteriores.


PALABRAS CLAVE: Frontera, gortinera, feminización de la Tierra, ruralidad.


ABSTRACT

In this manuscript we explore space-gender metaphors which were configured in the process of signification of Patagonia as border and desert during the 1879 military appropriation of Patagonia or "Desert Campaign." We seek to evidence what literary and rhetorical mechanisms operated in the sedimentation of territorial senses and how the notion of border is projected in the understanding of the populations, even after considering the place Argentine. For that purpose, we focus on the social sector that became the support and the basis of life possibility for the female population. We will analyze military, literary, and scientific sources associated with the 1879 military campaign, by studying the significance of the territory and the population. We will also show how the particular anchoring of the land in the fortress-women enables us to clarify the survival and the contemporaneity of the notion of border delineated in the process of conquest, and its impact on subsequent legislation and appraisals.


KEYWORDS: Border, fort woman, land feminization, rural space.



INTRODUCCIÓN

En las páginas que siguen revisaremos la idea de frontera, en la integración territorial patagónica a la Argentina, en clave de feminización de la tierra (Lee y Madden, 2008; Hunt y Rygiel, 2008; Lewis y Mills, 2003; Núñez, 2015, entre otros); es decir, a partir de problematizar las metáforas que se establecen en el reconocimiento del espacio, que sirven de fundamento para el desarrollo de determinadas políticas y son base de consolidación de apropiaciones asimétricas.

Metodológicamente, tomaremos fuentes provenientes de los informes de las campañas militares de fines del siglo XIX, de los escritos técnicos y científicos del mismo período y de fuentes literarias de romances y folclore posteriores. En todas las obras repararemos en las metáforas de género que vinculan la tierra con la mujer, discutiendo qué tipo de mujer es la que se toma como medida del territorio en el proceso de apropiación de la región patagónica y el modo en que esta adopción media en la racionalidad que se asume legítima para delinear el derecho a elegir en el manejo del espacio. Observaremos específicamente la forma en que dialogan las ideas de fortinera y frontera entendiendo a las mismas como ejes estructurantes de una vinculación territorial y poblacional asimétrica que dura hasta nuestros días.

Vale destacar que esta asociación de desigualdades, que liga territorios a mujeres, no se circunscribe a la Patagonia. El ordenamiento territorial latinoamericano fue cobrando forma junto a la regulación jerárquica de la población y ello implicó un lugar subordinado para la mujer, heredado del orden colonial.

En el caso argentino, el carácter racista de dicho ordenamiento ha sido largamente reconocido (Quijada, 2000; Adamovsky, 2015), basado, entre otros elementos, en revisar cómo las movilizaciones por las independencias se ocuparon por sostener los derechos de las oligarquías americanas y la liberación del comercio, sin avanzar en mayores reivindicaciones. Porque aun cuando los discursos independentistas apelaron a demandas igualitarias para convocar a la causa revolucionaria a los sectores históricamente excluidos, existieron importantes trabas en la revisión y desarme de las desigualdades construidas en las centurias previas, ya resaltadas hace décadas (Lynch, 1983; Halperin Donghi, 1992). Núñez (2009) revisa en fuentes de las primeras décadas del siglo XIX el lugar de subordinación de las mujeres. Así muestra cómo la demarcación que se clarifica en el período independentista, con un claro rechazo a los españoles peninsulares, consolida los sectores subalternos en un sitio de dependencia.

El lugar doméstico de las mujeres es particularmente claro en este contexto, que en el caso indagado por la autora alude a una mujer ubicada en un escenario urbano, vinculado al modelo de progreso y civilización tomado como ideal en la conformación de los Estados modernos latinoamericanos. Los feminismos negros revisaron los procesos independentistas destacando la fuerza de ocultamiento de la situación de esclavitud de las mujeres y evidenciando cómo en esos años se debilitó la demanda feminista por esta causa (Barriteau, 2011; Bidaseca, 2012).

Estos antecedentes se toman para observar el orden social que se establece en Patagonia. El mismo adopta acuerdos de clase establecidos a escala nacional que se replican a nivel local, pero también interpretaciones sobre el paisaje como referencia última de un orden natural que entonces introduce elementos originales en la adopción del ordenamiento impuesto. Cabe destacar que esto debilita el reconocimiento poblacional en general, en tanto la materialidad que se adopta como referencia es un paisaje que se presume vacío.

El modo de considerar el territorio no es menor a la hora de considerar la valoración de la población. Ya Quijada reconoce la apelación a la tierra que se habita como sustento de las identidades nacionales en el proceso independentista. La historiadora observa que el territorio, es decir su interpretación, va a ser el argumento de unión de lo nacional mucho más que la diversidad de situaciones que se encontraban en el espacio que se buscaba ordenar como argentino.

Ahora bien, el plantear el territorio no es menor, ya que la modernidad se reconocía circunscripta a un escenario urbano, ajeno a la mayor parte del espacio poblado. Sarmiento, en su Facundo (1874 [1845]) ubica en el desierto de la barbarie a ese amplio espacio por fuera de lo urbano, entendiendo a este desierto como una maldición que debe desmantelarse. Vallejo y Miranda (2004) señalan que el pensamiento político del período tuvo un carácter lamarkiano, pues los pensadores y políticos del siglo XIX redujeron las características de la población, y su posibilidad de desarrollo, a consideraciones sobre los ambientes que habitaban. La citada idea sarmientina del desierto construyendo barbarie sería un claro ejemplo en este sentido. La población de esos lugares se presenta como traba a la posibilidad misma de progreso, en un argumento circular, donde los habitantes resultan bárbaros por su ambiente, y por este carácter de la población, el ambiente no puede ser aprovechado en su potencial, justificándose así un dominio externo.

En este complejo proceso, el presente artículo busca interpelar la significación de las fronteras como fronteras del desierto y de la civilización (Navarro Floria, 2012), en clave de feminización de la tierra. Así se tomarán las caracterizaciones relativas a las mujeres que habitan los límites para observar cómo éstas se proyectan hacia el territorio, que entonces se reconoce femenino.

La idea de asociar la tierra a mujer no es nueva, es más, ni siquiera se agota en ordenamientos modernos. El punto que buscamos resaltar es que la particular comprensión de las mujeres que avanzan en el territorio, esas que se encuentran en la frontera, deviene en referencia de la tierra que se conquista y se organiza. Los caracteres que se les reconocen se re-proyectan hacia el territorio, y la apropiación del territorio se puede vincular a la apropiación de esos cuerpos. No es cualquier mujer, y no es cualquier territorio. Las fortineras, enclavadas en las áreas delimitadas como fronteras, se presentan como constructoras de la posibilidad misma del sobrevivir.

Para ello tomaremos fuentes científicas, literatura y folclore y memorias relacionadas con la conquista militar de 1879, autodenominada Campaña del Desierto, avanzando en la resignificación de fortinera en el tiempo como base de la ruralización y territorialización que se configuran como resultado de la argentinización, en diálogo permanente con el avance del control y conocimiento de la región. De aquí observaremos la pervivencia de esta noción de frontera en la región, a partir de la permanencia de las consideraciones sobre la población que surgieron a fines del siglo XIX, pero que están aún presentes en la poesía y política de, al menos, las provincias de Río Negro y Neuquén.


LAS MUJERES DE LA CONQUISTA Y LA APROPIACIÓN TÉCNICA DEL TERRITORIO

Uno de los sectores más vulnerable reconocidos en la construcción de las fronteras fue el de las mujeres. Las fortineras han sido presentadas por una extensa literatura que, como indica Dillon (2005) busca ubicar en la poética y el teatro lo omitido por la historia. Ockier (2008) recorre las fuentes de mediados del siglo XIX, que ubican como responsables de los vicios de los soldados a las mujeres que acompañaron los ejércitos de las distintas parcialidades en la primera mitad del siglo XIX. La autora llama la atención por un giro en este relato, cuando el heroísmo de la gesta de la conquista se traslada hacia esas mujeres, como reflejos del esfuerzo que implicaba el avance militar y de la política de argentinidad que se reivindicaba.

Raone (1969a, b, c), en un extenso recorrido por las fuentes militares producidas en la campaña de 1879, va a reparar especialmente en la figura femenina. El autor busca “(…) recordar los valores inmanentes de la nacionalidad reflejados en la debida rememoración de aquellos hechos que coadyuvaron a cimentarla (…)” (1969a, p. 9). La gesta necesita de una referencia a lo femenino, en tanto el autor busca caracterizar el peligro de la frontera y la fragilidad del fortín que operaba como marca. Allí, más que en ningún otro lugar, para el autor


Se sufría por la Patria. ¿Qué era esto de Patria? Un ideal, una fe. Por ella se peleaba con la bravura que se pelea por el amor. La Patria y la mujer son hembras. Y el gaucho que hace de milico en el fortín es varón (p. 48).


La Patria, en su necesidad de protección, es particularmente mujer en las áreas de frontera, y ello se refleja en el romántico relato de la gesta de Campaña del Desierto. Algo de eso femenino a conquistar se instala en la idea de esfuerzo viril del conquistador.

Ahora bien, la mujer que vive en esa frontera frágil no es exactamente un ser débil o necesitada de cuidado. Raone rescata múltiples fuentes que van a destacar esfuerzo, capacidad, astucia y heroísmo de las milicas, sin quienes resulta imposible pensar la posibilidad misma de la apropiación territorial. El autor remite a fuentes militares del siglo XIX, previas a la Campaña, que indican como elemento central para fortalecer las líneas de frontera que los reclutas debían ser casados, y debían contar con un terreno aledaño al fuerte, además de fondos para establecer la vivienda (p.e. Raone, 1969a, p. 94). Las avanzadas que se edifican a partir de 1870 dificultan la posibilidad de estas instalaciones, y las mujeres que acompañan el ejército en movimiento adoptan caracteres cambiantes, a veces reconocidas como parte de la tropa, alejadas explícitamente de la idea de sexo débil, y reconocidas por “…saber tener en todas las circunstancias la fortaleza de carácter y el ánimo mismísimo del milico” (Raone, 1969a, p. 95). La fortinera puede ser prostituta (Ockier, op cit.) o esforzada heroína, pero claramente no es frágil burguesa.

En este punto se despega de la Patria-mujer, porque esa sí es débil, como la construcción de los fortines lo recuerda. Precaria en las fronteras marcadas por una arquitectura transitoria, de materiales degradables, sobre terrenos en disputa. Las fortineras ponían su esfuerzo, asimilado al masculino, por esa otra mujer frágil, que en su debilidad les impedía hasta el derecho del descanso.

En este punto, ese carácter femenino desdoblado, entre la fortinera esforzada y la Patria en riesgo, se conecta a la reflexión de Amorós (2008), quien sostiene que la política de galantería, que torna el discurso de fragilidad en obligaciones masculinas de atención, fue una suerte de discriminación positiva que las mujeres del siglo XIX pudieron establecer. Esa galantería, que remite a elementos de amor romántico destinado, en este caso, a la Patria, no se toma como parte de la relación que se establece con las fortineras, mucho más asimilables a la noción femenina construida desde las prácticas de esclavitud, donde las mujeres también debían ser fuertes y poner su esfuerzo, tiempo y cuerpo al servicio de la delicadeza del ama blanca (Jabardo, 2012) que, en América Latina, cobra un sesgo particular a partir de reconocer las pervivencias del colonialismo latifundista en las prácticas racistas del modelo patriarcal imperante (Barriteau, op cit.).

Esta mujer, sin derecho a su cuerpo y a su tiempo, es especialmente cosificada. De hecho, en las fuentes de la campaña de 1879 es claro que es tomada como parte de los bienes en disputa. Ella y los niños se mencionan robados por una y otra de las parcialidades, junto a bienes y animales. Así se las incluye en listados mezclados que consolidan la imagen de las mismas como botín (Raone, 1969b). Su cuerpo, hipersexualizado en múltiples niveles, pierde agencia en una modalidad que recuerda a las denuncias que cruzan el sexismo con el racismo (Bidaseca, op cit.), en un vínculo que liga lo local a procesos continentales.

Las fuentes de la conquista reconocen la sexualidad forzada a la que es sometida la cautiva, en la condenada falta de moralidad que se atribuye a la población originaria. A diferencia de ello, en una retórica que apela al decoro, lo femenino en los fortines se dirige al reconocimiento de las actividades de cuidado y otorga la figura de esposa a la compañera del soldado, presentada como “Solícita mujer que a cualquier hora fue bálsamo que consoló al herido” (Raone, 1969c, p. 314). Las memorias y recopilaciones del Teniente Coronel de la Expedición, Eduardo Ramayon (1914) repiten la mirada heroica y abnegada sobre estas mujeres, destacando que el rol que detentaban les permitió, durante el proceso de conquista, solicitar raciones del ejército. El autor destaca que las mismas eran mínimas, y muchas mujeres obtenían otros ingresos dando servicios a la tropa en general, como lavado de ropa. Pero lo que advierte el militar es que este reconocimiento ínfimo fue, además, efímero. “Una vez que todo fue paz y fraternidad, porque habían terminado las guerras, la situación de las pocas sobrevivientes quedó completamente definida de las listas en que figuraban y su no admisión en los cuarteles.” (p. 22)

El lugar logrado por las mujeres durante la Campaña de 1879 se pierde como lugar en el proceso de desarrollo sobre el que se avanza reconocida la pacificación. El escenario de guerra dio lugar a un escenario rural donde la labor femenina resultaba aún más difusa que en los fortines. Podemos pensar que en esa frontera a conquistar hay un reconocimiento parcial que naturaliza la abnegación, y el mismo reconocimiento se replica en el considerar como natural la existencia de grupos sociales que gratuita y graciosamente destinan su esfuerzo para el empoderamiento de otros. Ahora bien, esa desigualdad que se apoyó en una estructuración socioeconómica, se instaló como sentido y base de la apropiación territorial.

Pero esa apropiación se apuntaló en otros elementos, emitidos desde diferentes usinas de producción de sentidos y de poder. Vale mencionar que lo deseable, en esa tierra, fue delineado desde antes de la conquista. La Patagonia, sin conocerse, fue descripta como tierra de agricultura, y el orden rural que se configura tras la Campaña es heredero de esos supuestos previos. En el primer texto que reconoce las tierras del sur como argentinas, el de Napp de 1876, se explicita el desconocimiento absoluto de la región. Sin embargo, se plantea el territorio al servicio de la agricultura y la ganadería, marcando que no hay posibilidad de pensar algo diferente. En la exploración que Francisco Moreno realiza entre 1876 y 1877, publicado en Viaje a la Patagonia Austral, se inscriben permanentes referencias a un futuro de producción agrícola en el análisis que focaliza elementos como calidad de suelo, clima o acceso al agua. La falta de capacidad de los hombres nativos, se contrasta en la mirada de Moreno, con el esfuerzo que detalla respecto de las labores mujeres, responsables de todos los arreglos domésticos y, al igual que las mujeres civilizadas, con quienes las compara. No hay posibilidad de desarrollo con esta población, a decir de Moreno, por la falta de actitud productiva de los varones, aun cuando menciona al pasar la capacidad productiva de las hilanderas y tejedoras (p. 35). Lo femenino es permanentemente subalterno y, aunque desde Moreno, cruza civilizaciones, no es base de cambio posible, aunque sea esfuerzo y producción.

La idea de imposibilidad de diálogo con ese otro diferente se fue recrudeciendo en los años de preparación de la Campaña militar. Se avanzó hacia una concepción de enemistad absoluta que sesgó el escrito científico que resulta del relevamiento de los académicos que acompañaron el ejército de Julio Roca. Vale mencionar que 1879 no sólo es el año en que se realiza la conquista que se considera definitiva, sino que también es la primera instancia en que se toman colecciones sistemáticas de plantas, animales y minerales para organizar el conocimiento del territorio1. Una comisión científica, formada por académicos reunidos en la Universidad de Córdoba, acompañó a las tropas recogiendo, identificando y categorizando todo tipo de elementos. La misma estuvo conformada por el botánico Pablo Günther Lorentz, el ayudante de botánica Gustavo Niederlein, Adolfo Döering, zoólogo y geólogo y el preparador de zoología Federico Schulz, todos nacidos en Alemania y emigrados a Argentina por invitación de Hermann Burmeister. Como resultado se publicaron tres tomos publicados entre 1881 y 1884. Estos estaban divididos temáticamente en Zoología, Botánica y Geología. Un cuarto tomo, que no se publicó por falta de fondos hasta 1916, recopiló el Diario de los miembros de la Comisión Científica. Son obras que resaltan una y otra vez el rol de gestor del desarrollo de los científicos.

En la introducción al texto de 1881, redactada por el Ingeniero Alfred Ebelot, contratado por Alsina para la construcción de la zanja, devenido posteriormente en periodista, se plantea la continuidad entre ciencia conquista, entendiendo que la guerra sólo es posible en tanto se la entienda sometida “…al método severo de la ciencia esperimental.” (p. VIII). La tríada modernidad-ciencia-capital explorada, entre muchos otros, por Quijano (2014), se explicita en la introducción de Ebelot


Se trataba de conquistar una área de 15,000 leguas cuadradas (…) Se trataba de conquistarlas en el sentido mas lato de la espresion. No era cuestión de recorrerlas y de dominar con gran aparato, pero transitoriamente (…) Era necesario conquistar real y eficazmente esas 15,000 leguas, limpiarlas de indios de un modo tan absoluto, tan incuestionable, que la mas asustadiza de las asustadizas cosas del mundo, el capital destinado á vivificar las empresas de ganadería y agricultura, tuviera él mismo que tributar homenaje á la evidencia, que no esperimentase recelo en lanzarse sobre las huellas del ejército espedicionario y sellar la toma de posesión por el hombre civilizado de tan dilatadas comarcas. (p. XI)


Ebelot, en esta obra, explica que “… hay una necesaria correlación entre la geología de una comarca y las facilidades que ofrece para el desarrollo de una floreciente civilización” (p. XV). Señala que las características de aridez, cuyo estudio permitieron la guerra científica de Roca, no van a ser límite al desarrollo de la agricultura pues “…los medios de que dispone el hombre civilizado para fertilizar sus dominios no tienen comparación con los que están al alcance de una tribu nómade” (p. XVIII), sin mayor mención a la dinámica familiar que sostiene esa producción, que el propio autor reconoce en otras obras (Ebelot, 2001 [1890]). Ciencia, conquista y desarrollo son claramente labores masculinas, lo femenino quedaba naturalizado en ese cúmulo de condiciones de posibilidad donde se inscribía la propia geografía. La agencia, sea por el peligro, sea por la acción, es masculina; lo humano se reduce al hacer del varón.


Es evidente que en una gran parte de las llanuras recien abiertas al trabajo humano, la naturaleza no lo ha hecho todo, y que el arte y la ciencia deben intervenir en su cultivo, como han tenido parte en su conquista.

Pero se debe considerar, por una parte, que los esfuerzos que habría que hacer para transformar estos campos en valiosos elementos de riqueza y de progreso, no están fuera de proporción con las aspiraciones de una raza joven y emprendedora; por otra parte, que la superioridad intelectual, la actividad y la ilustración, que ensanchan los horizontes del porvenir y hacen brotar nuevas fuentes de producción para la humanidad, son los mejores títulos para el dominio de las tierras nuevas. Precisamente al amparo de estos principios, se han quitado éstas á la raza estéril que las ocupaba. (Ebelot, 1881, p. XX)


La raza alude a lo masculino adulto, porque indias y niños eran llevados a los fortines o repartidos en distintos puntos de civilización. Estas parcialidades subalternas no detentan el carácter estéril que entonces remite a los varones de sus comunidades. La ciencia también es actividad de varones (Bordo, 1986), de modo que arte y cultivo, las actividades que quedan en la cita atadas a esta generalización, reciben la implícita apropiación masculina que atraviesa el texto. La frontera, como área de lo posible pero no hecho, queda en esa ambigua figura que reconocemos de lo femenino. En el límite de aquello que marca un deber-hacer, pero que en su existencia demuestra la incapacidad presente del lograrlo. La existencia de la línea de fortines no era muestra del avance del país, era marca de los límites de la política de avance. En tanto existiera como tal, la línea de fortines revelaba una debilidad y no una capacidad. Ya Döering (1881), iniciando su tratado de Zoología, señala, por ejemplo,


Las comarcas limítrofes de las provincias de Buenos Aires, Córdoba, San Luis, etc. gemían, desde há siglos, bajo la presión de las invasiones de esos hijos del desierto y cada iniciativa civilizadora, cada paso progresivo hacia el límite de estas regiones, era inscrito en la historia con la sangre de innumerables víctimas, sacrificadas á la inclemencia del salvage. (p. 4)


Döering inicia cada apartado con un listado de nombres científicos de los animales reconocidos en cada área por relevamientos previos, y desarrolla el comportamiento de las especies y lo susceptible de observar por un viajero. En esta caracterización no retoma la asociación entre gesta científica y gesta del desarrollo, aunque sí incorpora elementos de racismo, al tomar por ejemplo como natural y benéfica la caza deportiva y tildar de destructora a la cacería de pueblos nativos. Su relato se inscribe en la tradición romántica que atraviesa la academia germana, cargando de agencia al propio entorno e incluso suponiendo intencionalidad interna en la fauna que se describe. Lorentz (1881), en una línea análoga, con el foco puesto en la botánica, en su texto refiere a las dificultades de las tomas de datos, reiterando la articulación de la tríada modernidad-ciencia-capital denunciada desde la perspectiva decolonial.


A pesar de los inconvenientes arriba mencionados, que impidieron completar nuestras colecciones y observaciones, nuestros resultados han sido, inesperadamente ricos y tanto más sorprendentes, cuanto que, por las descripciones de viajeros anteriores, estas regiones tenían la fama de ser desiertos.

Pero estos exploradores no habían tenido ocasión de penetrar en el interior de esas regiones. Los indios salvajes eran sus dueños, y habrían hecho pagar con la vida al explorador que se hubiese atrevido á llegar hasta sus tolderías.

No existía entonces un General ROCA, para abrir estas vastas regiones tanto á la civilización y á la industria, como también á la ciencia. Así los viajeros científicos se limitaron en sus investigaciones á las costas del mar, que en verdad parecen tener una vegetación mas raquítica que el interior (…) Nosotros, en una marcha rápida invernal de menos de 3 meses, pudimos recojer mas de 300 especies; y la experiencia ha demostrado que estos desiertos, tan mal afamados, son regiones fertilísimas. (p. 175)


Los autores conocen trabajos como los de Francisco Moreno, elaborados por hombres de ciencia que sí habían penetrado “al interior de esas regiones”. El propio Döering refiere a las obras de Moreno que anteceden su propia reflexión (op cit., p.3). Moreno, a su vez, remite a experiencias de otros viajeros que previamente desarrollaron iniciativas similares, pero todo esto se omite en la posibilidad de conocimiento que se plantea como introducción de estos informes técnicos, que además se pretenden objetivos.


Finalizada nuestra obra, séanos permitido depositarla sobre el altar de la ciencia, como una humilde corona de siempre-vivas, que sirva de conmemorativo del transcendental acontecimiento con que ella se liga. Será un eslabón más de la cadena que vincula á los pueblos verdaderamente cultos, frente á ese altar sagrado de la verdad, á donde no llega el espíritu airado de las pasiones políticas y sobre el cual se desvanecen fatalmente todas las nubes que pueden empañar el brillante astro que guia á la humanidad á la realización de sus más grandes y nobles aspiraciones. (Döering, op cit., p.6)


Llama la atención que las descripciones de Lorentz sobre las plantas puntualicen en usos como hacer harina, utilizar las cenizas para hacer jabón, etc. Los relatos científicos presumen el desarrollo y se detienen en una descripción taxonómica de las especies. La conclusión de la fertilidad del espacio se da en la introducción de la presentación y no como resultado deductivo de las especies que se describen.

Las personas deseadas como pobladores no se incorporan al relato científico. Se presuponen con un carácter capitalista que las aleja de las poblaciones reconocidas en los fortines y mucho más de las poblaciones nativas. Las actitudes de servicio y solidaridad se desdibujan en un territorio que, en definitiva, se abre para un mercado comercial que se plantea como marca del progreso.


POÉTICA DEL ESPACIO, POLÍTICA DEL TERRITORIO

Hace varios años que la geografía ha reconocido que la territorialización es resultado del dominio y de la apropiación (Romero Toledo, Romero Aravena y Toledo Olivares, 2009). Desde aquí lo local no es lo idílico o lo más auténtico. No hay nada fijo y completo, sino que los sentidos se construyen en dinámicas de poder, y lo que sea que contenga a esa dinámica, un territorio, un paisaje, una construcción, va a tener las marcas de los dinamismos y de las disputas. En los textos científicos podemos reconocer que en el ejercicio de inscripción de la naturaleza hay indicios para ver cómo se configuran los órdenes y las jerarquías. La frontera se establece en los límites de la naturaleza inmanejable, la mano del científico, que además es varón, delinea el control que, entonces, permite la ilusión de progreso de una tierra que, paradójicamente, queda ubicada en el sitio de frontera, en el sentido de ser límite de la civilización urbana que se tomó como modelo de lo nacional.

Un fragmento de un cuento de Elías Chucair (2008) permite mostrar cómo el folclore resulta uno de los espacios privilegiados para pensar la complejidad de una frontera permanente, en el sentido de reconocer un territorio aún alejado del progreso y la civilización. En la misma línea de lo mencionado por Dillon, lo negado parece volver en el arte antes que en la historia. Vale el siguiente fragmento:


Todos los años pasa algo que nos perjudica… cuando no es un invierno muy bravo, es una primavera de sequías… llega un momento en que uno no sabe pa’ qué lao agarrar… les garanto que esto acobarda al mas pintao… si hasta parece que el tiempo se juntara con el gobierno pa’ ponerse de punta contra los que tenemos poco y terminar con los pobres…! (Chucair, op cit., p. 78)


En el folklore queda la denuncia que no se resuelve porque se naturaliza la situación de vulnerabilidad, que termina siendo argumento de paternalismo, oculta el carácter político de la construcción desigual y permite su deslizamiento a variables ambientales.

Volviendo al tema que nos ocupa, la fortinera ha tenido un reconocimiento en la poética regional que nos lleva a preguntarnos por el modo en que la apropiación popular del folclore y de la poesía incide en los procesos de territorialización, y si los apelativos a las mujeres alimentan o limitan la subalternización permanente del reconocimiento continuo de un territorio como frontera.

Bachelard (2000) hace ya muchos años invita a pensar en la poética del espacio recordándonos un aspecto importante de la visualización: la imagen es actualidad. El sentido de la imagen se actualiza, así que antes que el pasado, lo que logramos en la visualización de un proceso es la resignificación de los sentidos sobre ese pasado. Inscribimos el surgir de la imagen en una trayectoria de experiencias desde las cuales vamos induciendo sentidos, nuestros marcos y marcas propias y vinculares se transmiten hacia nuestra interpretación, que además cambia permanentemente.

Es interesante el modo en que algo que el propio autor plantea casi en el lugar de la banalidad, deviene en fuerza constitutiva. En la imagen poética que se propone para dar cuenta de espacios, Bachelard reconoce situaciones, experiencias o emociones que se presentan como un acontecimiento psíquico de menos responsabilidad, contraponiendo implícitamente otros modos discursivos que en sí pretenden impacto. Sin embargo, a pesar de no pretenderlo, la poética llega a una profundidad e incidencia mucho más relevante que los discursos que se adjudican carga de verdad. Cuando Dillon (op cit.) indica que las fortineras vuelven en los romances, ello no es menor. La pregunta que nos acerca a Bachelard es qué se actualiza en esa imagen del pasado.

Desde un pensamiento que busca ordenamientos en categorías fijas, la poética es un escape. Así nos indica que el atomismo del lenguaje conceptual reclama razones de fijación, fuerzas de centralización. Pero el verso tiene siempre un movimiento, la imagen se vierte en la línea del verso, arrastra la imaginación como si ésta creara una fibra nerviosa, es la contracara del discurso científico.

De alguna forma el verso es inaprensible a la lógica objetivista y por eso comunica tanto y constituye tanto. En su reflexión sobre la casa plantea que el espacio es imaginación antes que acción. Creamos el espacio a partir de una imaginación previa e inscribimos los recuerdos de los mismos en sitios sólo accesibles a través de la poesía. Las fortineras están en ese lugar inaprensible, resignificadas desde una comunicación emotiva que las actualiza en un presente aún marcado por la fragilidad territorial implícita en la existencia misma de estas mujeres fuertes.

Esa fuerza remite a otro elemento en Bachelard, quien va a decir que la casa natal es más que un cuerpo de vivienda: es un cuerpo de sueño. Cada uno de sus reductos fue un albergue de ensueños. Y el albergue ha particularizado con frecuencia la ensoñación. Hemos adquirido en él hábitos peculiares de ensueño. La casa, el cuarto, el granero donde estuvimos solos, proporcionan los marcos de un ensueño interminable, de un ensueño que sólo la poesía, por medio de una obra, podría terminar de realizar. El francés habla de la localización de los recuerdos. Porque entiende que los recuerdos se instalan y cristalizan en función a una locación que los alberga. La memoria, en su perspectiva, pierde de vista al tiempo cronológico y es la poética del espacio la que en definitiva marca los sentidos de los recuerdos y contiene los marcos desde los cuales significamos lo que experimentamos.

La tragedia es la caracterización cotidiana en el espacio de la estepa patagónica. Clima y política se juntan y los dos castigan a los pobladores. Esa tragedia, presentada por Chucair nos remite a los anclajes populares de la asimilación de frontera a lo cotidiano. Se vive en un territorio que aún es límite a la posibilidad misma del hacer. En los relatos que revisamos, la idea que Bachelard remite a la casa de la infancia, se traslada a las mujeres. Es el cuerpo de la mujer el que otorga la calidez del ensueño, es bálsamo en un escenario de violencia. El cuerpo de la mujer deviene en hogar en esa frontera de paredes débiles.

Esa imagen, en el presente, acarrea las dificultades materializadas en la arquitectura del peligro, reconocibles en la construcción misma del fortín. En la estepa, conquistada desde esos fortines, no hay lugar para el cambio frente a un destino tan marcado por la precariedad, excepto sufrir o irse, que también es sufrir. Y aquí el espacio toma un carácter paradojal, pues cuando en investigaciones se confronta a los pobladores que sostienen actualmente el discurso de la tragedia acerca de por qué se quedan, los ojos cambian y las referencias a la tranquilidad, el clima familiar, los afectos aparecen en una explicación que se sumerge en una poética con reminiscencias a la casa familiar rescatada por Bachelard (Conti y Núñez, 2016). Bálsamo es tierra y afecto, la tierra deviene en fortinera, en su capacidad de contener aún en la tragedia.

Ahora bien, el carácter paradojal entre construcción hegemónica del espacio y afectos se explicita en cuanto se refiere a los lazos afectivos con familias instaladas en las áreas más alejadas, allá, en el campo, como marcando el inicio de lo rural por fuera de sus propias casas. Así se mezcla la ensoñación de la idea del hogar con la jerarquía estructural del territorio que choca con cualquier análisis anclado en lo productivo. Lo rural aparece como una marca que da cuenta de un sentido de pertenencia y de problema. La frontera con el campo, con el carácter peyorativo heredado de su construcción, se traslada sucesivamente como una cicatriz vergonzante, que en Patagonia refiere a lo ubicado fuera del orden urbano, que entonces se busca localizar en otro lugar.

De todo esto podemos pensar que la poética del espacio construye ontología de un modo tal que se va a traducir en la valoración diferenciada de la población, por caminos muy diferentes a los de la ciencia o la política, pero con puntos de llegada no tan distantes. La poesía va a explicitar las paradojas del paso de la valoración de la tierra a la valoración de la población. Uno de los poetas más reconocidos del norte de la Patagonia, Marcelo Berbel, prestó particular atención a las desigualdades históricas y les puso letra a lo largo de toda su extensa obra marcando formas de pensar y recordar territorios e historia, tal como se observa en los siguientes ejemplos, redactados en las últimas décadas del siglo XX:


Alambrados

Que esta tierra era de Dios,

mi padre me dijo un día,

que era de Dios y era mía,

y no tenía patrón.

Dijo no ver la razón,

de tener miedo que alambran,

ya que la tierra es tan grande,

criolla herencia del paisano.

Hoy de prepo echaron mano,

hasta donde duerme mi padre.

Tierra donde largos años,

veneraron mis abuelos,

por estas leguas del suelo,

donde hoy yo parezco extraño.

Las leyes gauchas de antaño,

cayeron al papelaje,

le han puesto precio al pastaje,

y cercaron las aguadas.

Quise ser algo y soy nada,

ya no es mío ni el paisaje.

Amutuy

Ahí están recordando

la conquista de ayer

con mi propia bandera

me robaron la fé

los del Remintóng antes

y sus leyes después.

Pisotearon mis credos

y mi forma de ser

impusieron cultura

y este idioma también

lo que no me impusieron

fue el color de la piel.

Amutuy, Soledad,

que mi hermano me

arrincona, sin piedad

vámonos que el alambre

y el fiscal pueden más

Amutuy, sin mendigar.



Las tensiones que perviven y el pasado se anclan en un espacio compartido que denuncia la herencia de la conquista y remite, indirectamente, al imaginario de una frontera permanente en tanto los problemas del pasado resultan actuales. Se naturalizó el esquema de latifundios y la denuncia quedó enclavada en la música más que en las prácticas. La mediación estatal, revisada desde esta clave musical, explicita la jerarquía valorativa impuesta por el Estado como base de las tensiones del presente.

Como contracara, la poesía institucional va a buscar ignorar estos elementos. Esto resulta particularmente evidente en la organización provincial de los territorios, acontecida en la segunda mitad del siglo XX. Así, en el himno de la Provincia de Río Negro, escrito por Raúl Entraigas, aprobado mediante la ley provincial Nº 1037, sancionada en 1975, la letra que se cantaba hasta hace unos años repite una idea contraria al reclamo de la citada poesía de Berbel:


En el cielo de Argentina

una estrella más brilló

¡Río Negro a las provincias

su pujanza incorporó!

Ha dejado atrás el tiempo,

ahora marcha rumbo al sol,

sobre el alma del tehuelche,

puso el sello el español

Por eso vamos alegres cantando

A la conquista de un gran porvenir

Todos unidos cual nobles hermanos

En arduas bregas, vivir y morir…

El valle, el río, el golfo, los Andes:

Arado y pluma, bien juntos los dos

Han de alcanzarnos el triunfo radiante

bajo el auspicio benigno de Dios2.


El sello opera como el ocultamiento de personas, valores y prácticas, que por otra parte ni siquiera repara en el enorme poblamiento mapuche, reiterando en el silencio la negación a la población establecida en el espacio. Pero el análisis no se agota en esta comparación, sino que permite introducir la disputa por el sentido privado del paisaje, donde esta tragedia no empaña el sentido de vivir el espacio, que remite al ensueño reconocido por Bachelard. El propio Berbel, cuando le canta a su provincia como unidad administrativa, oculta las tensiones que denuncia en las canciones antes citadas y otorga al paisaje la reminiscencia del hogar ancestral. Neuquén Trabun Mapu, escrita en la década del ’70, que será tomado como el himno provincial por Ley N° 1932, el 13 de noviembre de 1991, celebra:


Creció en el compromiso de una raza vigente

con el cielo en los lagos todo el viento en la voz.

Con una fe de siempre nutriendo primaveras

y un paisaje de tiempo que lo llenó de amor.

Se bautizó en la gloria del agua cantarina

venida de la nieve divino manantial

y en la Pehuenia madre nació su flor extraña

que al soñar lejanías echó la vida a andar.

Neuquén es compromiso

que lo diga la Patria

porque humilde y mestizo

sigue siendo raíz.

Del árbol la esperanza

maná cordillerano

que madura el nguilleu

el fruto más feliz.

Y su tahiel mapuche hoy es canto al país.

Neuquén, país, país.

En un porqué su idea

entró a mirar distancias

y descubrió otra aurora de pie sobre el Lanín

y vio por vez primera la piel de hombres distintos

y sin perder su estirpe fundió una nueva piel

un presagio de machis le corre por la sangre

multiplicando panes igual que Ngechen

su vocación de pueblo palpita en los torrentes

y estalla en soles lejos con otro amanecer.


Lo mapuche, lo originario es, en esta poesía, constitutivo del Estado. Es la fuerza y hasta la ilusión de equidad. La Iglesia se unifica a las creencias locales en la conjunción de mitos, donde la deidad mapuche, Ngechen, realiza el milagro cristiano de la multiplicación de los panes. Así la expoliación y el genocidio se pierden en la referencia. Ambas poéticas conviven y es de destacar que se escriben en forma casi contemporánea.

Si volvemos a Bachelard tenemos algunos elementos que nos permiten pensar en estas convivencias, cuando él reflexiona entre la casa y el universo indicando que a veces, la casa del porvenir es más sólida, más clara, más vasta que todas las casas del pasado. Frente a la casa natal trabaja la imagen de la casa soñada. Podemos pensar que es la misma operación poética que hace Marcelo Berbel, el poeta consciente de las denuncias, pero a quien la calidez de la vivienda lo remite al espacio construido en el orden estatal de su provincia. Es posiblemente un desafío y una duplicidad que todos compartimos de alguna forma, y que desde la perspectiva que proponemos nos lleva a dialogar con el orden social que se naturaliza en ese territorio-mujer consolidado como frontera.

La fortinera está atrapada en la retórica de la abnegación, donde no sólo pierde su derecho a su tiempo y a su cuerpo, sino que pierde hasta su nombre. Es un lugar común de la literatura que las rescata mencionar que las mismas eran reconocidas por los sobrenombres que les daban los milicos, como evidencian muchas crónicas de época (Ockier, op cit.; Raone, 1969a; San Martín, 1899). Una de las fortineras más conocidas, la Pasto Verde, Carmen Funes, recupera su nombre a partir de instalar una posta, aunque permanece el apodo heredado de la campaña de 1879. Este ejercicio de silencio, que lleva al reclamo por el reconocimiento de las mismas en muchas fuentes (p.e. Pechman, 1918), se proyecta del cuerpo de las mujeres al cuerpo de la nación.

Las fronteras son esos territorios que hacen posible el imaginario de lo nacional en términos de la casa soñada de Bachelard, pero cuya particularidad no pertenece al orden establecido. Son la referencia de las marcas internas, la velada huella de una desigualdad que se plantea necesaria. La frontera es límite de un orden que se busca consolidar, un orden que además se presume desigual y donde las mujeres de los fortines aparecen como la síntesis más clara de las contradicciones del desarrollo que se busca. No sólo es necesario su esfuerzo, sino también el ocultamiento del mismo para poder hasta pensar científicamente el progreso y el espacio. La Pasto Verde retorna a la memoria popular en una bella zamba del propio Marcelo Berbel, escrita desde la retórica romántica de la abnegación, ya citada.



PENSANDO LA FRONTERA: ENTRE LA GEOGRAFÍA FEMINISTA Y LA GEOGRAFÍA DE PODER

En el presente escrito deslizamos la noción de frontera como territorio a frontera como población, partiendo del proceso de apropiación patagónica que se consolida a partir del avance militar de 1879, en la autodenominada Campaña del Desierto. La mirada romántica de las fuentes del siglo XIX que remiten a las fortineras que acompañaron el avance militar de 1789 es tensionada desde la documentación técnico-científica asociada al proceso de conquista. Observamos una visión mercantilista que omite el reconocimiento a una vasta parte de la población local, dejando en el sitio del folclore a las mujeres, en todo el proceso que las tuvo como sostenes de toda actividad desarrollada.

En este punto, el cruce entre el discurso científico y el folclórico resulta iluminador, porque ambos, desde vertientes casi antagónicas, naturalizan la abnegación y la invisibilización. El hacer es masculino, porque es en un orden capitalista latifundista. Lo demuestra la ciencia, lo canta la poesía. El lugar de lo femenino es un lugar empoderado en el sentido heroico de permitir vivir en un ámbito hostil. Pero es, al mismo tiempo, un lugar de debilidad simbólica, en tanto todo el esfuerzo se ubica como parte de las condiciones que hacen a la posibilidad de hacer, pero no al hacer en sí. No hay agencia en el discurso de la abnegación. Este punto se liga al proceso que Rotker (1999) reconoce en la figura de la cautiva. La autora se pregunta por el “enigma de la desaparición” (p. 53) de un sector que, como otros, reaparecen como sombras en los intersticios del macrorelato que los niega. Las cautivas se observan abandonadas por la cultura de la cual fueron arrancadas contra su voluntad, resultan “desaparecidas” a tal punto que ni siquiera se recuperan en la memoria. El borramiento de las cautivas es, para la autora, un ejemplo de la constitución de los mitos fundacionales de la nación que con la misma operación reniega de muchas otras parcialidades. Rotker apela a la idea de una nación que se presenta como étnicamente blanca, en línea con la reflexión de Adamovsky (op cit.). Sobre ello, a partir de las fuentes consultadas, agregamos que se supone también urbana, renegando no sólo de poblaciones o etnias, sino también de prácticas, donde la mera pertenencia geográfica resulta argumento de ocultamiento, no sólo por la política de reconocimiento, sino por la base misma de construcción del conocimiento natural del espacio3. El mito nacional, desde esta perspectiva, se apoya en un relato científico que se conforma en función de la lógica de poder que legitima.

Ebelot, en su introducción a los relevamientos científicos de los naturalistas que acompañaron la Campaña del Desierto, plantea una lógica de guerra sometida al método experimental. Podríamos dar vuelta esta frase y pensar la carga de Guerra de conquista en la base del método científico en sí; en el dominio como presupuesto de la posibilidad misma de la producción del conocimiento. Esta articulación, evidenciada desde los estudios feministas de la ciencia (Merchant, 1980; Fox Keller, 1991; Haraway, 2007), cobra un sentido específico en cuanto la conquista se interpela desde la apropiación de cuerpo y tiempo de las fortineras, base de la apropiación del espacio. La mirada sobre la mujer permite visualizar que la destrucción planteada sobre la población nativa no se traslada en forma directa a las políticas de apropiación territorial, pero sí una integración desigual que apela a metáforas de género para justificar la naturaleza de la jerarquía social. Las mujeres, que el discurso del poder toma como referencia, son las de ese folklore romántico, cuyas primeras letras se descubren en las fuentes de los propios varones de fortín, que mencionan como una anécdota que en este proceso las mujeres pierdan sus nombres, su pertenencia cultural, o sus vínculos familiares. La fortinera, sea blanca o india, es un ser maleable, modificable a las necesidades del fortín, casi como la madera con la que se levantaban los muros.

Esta idea de mujer fuerte, pero adaptable, con un destino sometido a las necesidades de otra mujer, en este caso la Patria, nos remite a la idea de esclavitud, explorada desde los feminismos negros. La activista afrobrasileña Suelí Carneiro señala que “…en América Latina la violación colonial perpetrada por los señores blancos a mujeres negras e indígenas y la mezcla resultante está en el origen de todas las construcciones sobre nuestra identidad nacional” (citado en Bidaseca, op cit., p. 48). En Argentina podemos pensar el avance de los fortines, y el lugar dado a la mujer, como una continuidad de esa misma lógica de violación, el sistema de dominio a establecerse. La violencia sexual se presenta como colonial y colonizadora. Bidaseca rescata la teoría del esperma en la formación nacional propuesta por Angela Gilliam según la cual

1. El papel de la mujer negra es rechazado en la formación de la cultura nacional;

2. La desigualdad entre hombre y mujer es erotizada;

3. La violencia sexual contra las mujeres negras ha sido convertida en un romance.

Podríamos tomar los tres elementos para pensar el rol de las fortineras en el establecimiento y significación del país. Son la base de la posibilidad de una cultura que no las reconoce. Fanon (2009), nuevamente pensando en las mujeres negras, marca el racismo detrás del sexismo que afecta a esta población. Podemos pensar en elementos similares respecto de las fortineras, muchas de ellas provenientes de las comunidades nativas destruidas, muchas que por ocupar ese lugar se diferenciaban de las matronas de los lugares civilizados. En el romance que se proyecta sobre ellas se desliza la carga de racismo que justifica su silencio. La complejidad del caso de las fortineras es que ese racismo no apela a una raza clara, porque no son sólo mapuche, no son sólo provincianas, no son sólo europeas, son de todo un poco, unidas, en los relatos, al amor al marido devenido en amor a la Patria. El feminismo negro, desde varios elementos, podría dialogar con un feminismo de fronteras, ligado a la proyección del carácter sexual de los cuerpos al territorio, sobre el cual lo único que se puede hacer es extraer información y dominarlo para su correcto desarrollo capitalista, sea por la agricultura, sea por la explotación de recursos, como se observa en el discurso técnico.

La poesía sobre los espacios, observada por ejemplo en los himnos provinciales, y su cruce con las memorias en conflicto que rescata la misma poética, dan cuenta de lo cotidiano del carácter paradojal del espacio que habita. El revisar la significación territorial en esta clave habilita reflexionar en relación con el paso del cuerpo humano al cuerpo del país, lo cual permite reconocer un deslizamiento del paternalismo romántico al dominio extractivista, donde se introduce con más claridad el discurso científico.

Esto nos permite pensar en la riqueza de trasladarnos entre las metáforas de uno y otro orden.

Entre los elementos que Bidaseca rescata para pensar el feminismo negro, hay uno que toma del poeta negro Aimé Cesaire. El escritor de Martinica refiere a dos maneras de perderse “…por segregación siendo encuadrado en la particularidad, o por dilución en el universal” (op cit., p. 48). El romance particulariza a la fortinera, como el feminismo negro denuncia respecto de la esclava negra. Su universal también la silencia, porque el reconocimiento de su relevancia, por fuera del romance, implica una traslocación del orden económico que se busca establecer.

La fortinera, como la frontera, resulta necesaria pero invisible porque, en cuando se la visibiliza, se da cuenta de la debilidad de lo que se supone fuerte en el relato de poder, que en este caso es el relato romántico de la poesía que la rescata en el tiempo. Es en este punto donde la propuesta de geografía de poder, desarrollada por Raffestin (2014 [1980]), cobra sentido respecto del tema que nos ocupa, pues este autor indica que, antes que la revisión por las organizaciones estatales, las dinámicas de poder se reconocen en los múltiples niveles de las relaciones sociales. El territorio patagónico es reducido sistemáticamente a recurso. Pero como indica Raffestin, los recursos no preexisten en las sociedades, no son naturales, puesto que las propiedades que se piensan de ese espacio son inventadas por las sociedades y son variables en el tiempo, según los valores de uso y de cambio que cada sociedad les atribuye. El relato de Döering citado es un claro ejemplo de esta operación. Los mecanismos literarios y retóricos de construcción de sentidos aparecen en todas las fuentes. La ciencia, es la encargada de naturalizar el territorio como recurso; la poesía, por su parte, de naturalizar el esfuerzo diferenciado como romántico. La sedimentación de lo conformado desde ambas vertientes recorre caminos alternativos, que incluso se inscriben en la significación provincial posterior, tal como se observa en los himnos provinciales de Neuquén y Río Negro.

La retórica que impide que el cambio se instale en las fronteras es un aspecto revisado por Raffestin que va directamente al tema que nos ocupa, pues un sentido de estabilidad natural se establece en ese sitio que deviene en límite del cambio posible. Balibar (2005) define la frontera como una institución-límite, un espacio donde no debe cambiar nada para que el cambio sea posible. Ese carácter de no-cambio la inscribe como una particularidad, parte de esa naturaleza susceptible de ser reducida a órdenes taxonómicos. Las mujeres, en el romance abnegado, aparecen como mujeres-límite, en tanto el cambio no puede pasar por sus acciones. Son sostenedoras de un orden predeterminado, anclajes de lo fijo, parte de los recursos, que entonces las alejan de su rol como agentes del desarrollo. El romance, por ejemplo, recuerda que Carmen Funes, la Pasto Verde devenida en puestera, es quien descubre el petróleo en Plaza Huincul, por ser ella quien marca los lugares donde deben hacer las excavaciones, que venían fracasando desde hacía tiempo (Wullich, 2013). Desde apelaciones a menciones casuales, a referencias que marcan sistemáticos avisos de la paisana respecto a puntos donde brotaba petróleo, su acción es omitida en el registro oficial del desarrollo económico, que refiere, sí, a la actividad de los varones que preguntaron sobre este tema a la ex fortinera. Ella, como leyenda, es recordada, pero no como actriz central de la economía local y nacional.

Contra el desdibujamiento por la particularidad, podemos pensar que la situación de la fortinera, aún acotada al siglo XIX, no se trata de una particularidad coyuntural que se reduce a una descripción de época. Esa forma de ser/considerar la mujer habilitó una apropiación cuya lógica parece replicarse en otros escenarios de integración tardía. Hasta desde la ciencia las fronteras se constituyen en lo establecido como naturaleza, actualizando la mirada lamarkiana denunciada por Vallejo y Miranda (op cit.). El ambiente sigue siendo el responsable de la política, como se denuncia descarnadamente en la poesía de Chucair.

La relevancia del sentido de la tierra en Argentina y los disciplinamientos evolucionistas que ligan paisaje y población son aún aspectos abiertos en una Patagonia que, en el carácter de base de extracción hidrocarburífera, hidroeléctrica y minera, actualiza la ilusión de la frontera que aún necesita conquistarse, de la mano de personas que quedan relegadas a donar su tiempo, su esfuerzo para después devenir en invisibles. Sobre estos procesos, la reflexión sobre la frontera como aún feminizada puede permitir descubrir uno de los puentes más sólidos y más ocultos en el deslizamiento entre el uso de la tierra y el disciplinamiento de la población.


NOTAS

1 Los relevamientos previos de Francisco Moreno no se cuentan porque los científicos de la conquista critican los relevamientos botánicos y zoológicos realizados por Moreno en sus campañas patagónicas, indicando que no sirven como antecedentes por la falta de profesionalismo en la toma de colecciones.

2 La línea “Sobre el alma del Tehuelche puso el sello el español” fue quitada del Himno provincial en 2013.

3 La pregunta por los varones cautivos podría pensarse como un interrogante abierto. No hay literatura respecto de los mismos, pero son mencionados en libros de viajeros e incluso algunos aparecen con nombre y apellido como referentes del conocimiento del territorio, como en el detalle territorial presentado en el texto de Napp de 1876.


AGRADECIMIENTOS

Este artículo forma parte del proyecto PIP 0838 “Ciencia global aplicación local, biopolítica de la territorialización norpatagónica en el siglo XX” CONICET y DIULA N12/16 “Acceso restringido: Paisaje, poder y política en los Andes Norpatagónicos” ULagos. Agradezco la paciente lectura de José Mario Núñez, en el proceso de revisión de fuentes, y la mirada de Santiago Conti en el escrito en general.


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