El estado de miseria en que se hallaba entonces la oficialidad del Fuerte Paz…”.

Narrativas discordantes en torno a las condiciones de vida en el Fuerte General Paz (Frontera Oeste de Buenos Aires, 1869-1877), de Juan Leoni, Diana Tamburini, Teresa Acedo y Graciela Scarafia,

 Revista TEFROS, Vol. 20, N° 1, artículos originales, enero-junio 2022:9-42.  En línea: enero de 2022. ISSN 1669-726X

 

 

Cita recomendada:

Leoni, J., Tamburini, D., Acedo, T. y G. Scarafia. C., “El estado de miseria en que se hallaba entonces la oficialidad del Fuerte Paz…”. Narrativas discordantes en torno a las condiciones de vida en el Fuerte General Paz (Frontera Oeste de Buenos Aires, 1869-1877), Revista TEFROS, Vol. 20, N° 1, artículos originales, enero-junio 2022: 9-42.

____________________________________________________

 

“El estado de miseria en que se hallaba entonces la oficialidad del Fuerte Paz…”. Narrativas discordantes en torno a las condiciones de vida en el Fuerte General Paz (Frontera Oeste de Buenos Aires, 1869-1877)

 

“The state of poverty of the officers at Fort Paz…”. Discordant narratives about life conditions at Fort General Paz (Buenos Aires Western Frontier, 1869-1877)

 

O estado de miséria em que se encontravam então os oficiais do Forte Paz...”. Narrativas discordantes sobre condições de vida no Forte General Paz (Fronteira Oeste de Buenos Aires, 1869-1877)

 

Juan B. Leoni

                                                                                                                                                                              Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, Argentina – Departamento de Arqueología

                                                                                                                                                                                y Centro de Estudios de Arqueología y Antropología del Conflicto, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario, Argentina

 

Diana S. Tamburini

                                                                                                                                                                           Centro de Estudios de Arqueología y Antropología del Conflicto, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario, Argentina

 

Teresa R. Acedo

                                                                                                                                                                       Centro de Estudios de Arqueología y Antropología del Conflicto, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario, Argentina

 

Graciela Scarafia

                                                                                                                                                                             Centro de Estudios de Arqueología y Antropología del Conflicto, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario, Argentina

 

Fecha de presentación: 5 de julio de 2021

Fecha de aceptación: 9 de diciembre de 2021

 

RESUMEN

     En este trabajo abordamos las discordancias que surgen al comparar la literatura testimonial con otras fuentes de información, como registros oficiales y material arqueológico, en una parte temporal y espacialmente acotada del proceso de conformación del espacio fronterizo pampeano. Nos concentramos en el Fuerte General Paz, comandancia de la Frontera Oeste de Buenos Aires entre 1869 y 1876. Este fuerte fue escenario de varios relatos popularizados por el famoso escritor Eduardo Gutiérrez, que sirvió allí como oficial en 1875 y 1876. En particular, se pone en cuestión la extendida idea de carestía expresada en dichos escritos, que se ve desafiada por la variedad de materiales arqueológicos que indicaría que los integrantes de la guarnición habrían tenido acceso a una amplia gama de bienes y productos de consumo, en buena medida importados. La puesta en tensión de estas fuentes permite problematizar estereotipos e ideas ampliamente reproducidas en ámbitos populares e incluso académicos, así como aproximar a una caracterización más completa de lo que fuera la vida en un emplazamiento fronterizo de la segunda mitad del siglo XIX.

Palabras clave: Fuerte General Paz; Eduardo Gutiérrez; abastecimiento; literatura testimonial; registro arqueológico.

 

ABSTRACT

     In this paper we discuss the discordance arising when testimonial literature is compared to other information sources, such as contemporary government reports and the archaeological record, in a temporally and spatially discrete part of the process of construction of the Pampaean frontier space. We focus on Fort General Paz, headquarters of Buenos Aires Western Frontier between 1869 and 1876. This fort was the setting of many popular tales written by renowned author Eduardo Gutiérrez, who served there as a junior officer in 1875 and 1876. We particularly question the extended idea of poverty and scarcity, expressed in those tales, and which is challenged by the variety of archaeological materials found in our investigations. These materials indicate that the garrison had access to a wide range of goods, many of them of foreign origin. Thus, the tensions between different information sources allow us to question widely reproduced stereotypes, as well as to contribute to a more complete characterization of life in a frontier facility of the second half of the XIXth century.

Keywords: Fort General Paz; Eduardo Gutiérrez; supply; testimonial literature; archaeological record.

  

RESUMO   

     Neste artigo, abordamos as discordâncias que surgem ao colocar em tensão a literatura testemunhal com outras fontes de informação, como os registros oficiais da época e o material arqueológico, em um recorte temporal e espacialmente restrito do processo de conformação do espaço fronteiriço pampeano. Colocamos o foco no Forte General Paz, centro de comando da Fronteira Oeste de Buenos Aires entre 1869 e 1876. Esta instalação militar foi o cenário de vários relatos popularizados pelo famoso escritor sobre costumes Eduardo Gutiérrez, que cumpriu funções nesse lugar como oficial em 1875 e 1876. Em particular, é questionada a ideia estendida de penúria e carestia expressa nessas obras, que se vê desafiada pela variedade de materiais achados arqueologicamente, que indicariam que os integrantes da guarnição poderiam ter tido acesso a um amplo leque de bens e produtos de consumo, em boa medida importados. A tensão em que são colocadas estas fontes permite problematizar os estereótipos e ideias amplamente reproduzidas em âmbitos populares e, inclusive, em âmbitos acadêmicos, bem como aproximar uma caracterização mais completa sobre como teria sido a vida em um local fronteiriço da segunda metade do século XIX.

Palavras-chave: Forte General Paz; Eduardo Gutiérrez; abastecimento; literatura testemunhal; registro arqueológico.

 

INTRODUCCIÓN

     La imagen de la frontera sur que ha surgido de la literatura testimonial y costumbrista es, en gran medida, la de una vida de penuria permanente en la que el riesgo y las condiciones de existencia ya de por sí rigurosas se veían agravadas por la escasez de provisiones, armamento, dinero, etc., resultante de un abastecimiento defectuoso o cuando menos discontinuo. Esta visión, que se presenta como un estado más o menos permanente y extendido de la vida de frontera, ha sido replicada también en distintos abordajes historiográficos tradicionales, especialmente aquellos vinculados con la historia militar, que han empleado a este género literario como una fuente de información poco sometida a la crítica y no siempre correctamente contextualizada. Sin embargo, estudios históricos y arqueológicos recientes han comenzado a demostrar que tanto la frontera como la campaña en general, especialmente en la Provincia de Buenos Aires, tenían acceso a una amplia gama de productos y bienes de consumo, poniendo en cuestión la imagen de carestía generalizada que surge del género literario costumbrista, de la historiografía militar tradicional, y de visiones populares y folklóricas sobre la frontera. En este trabajo abordamos las discordancias que se evidencian al comparar la literatura testimonial con otras fuentes de información, como los registros oficiales de la época y el material arqueológico, en una parte acotada temporal y espacialmente del amplio proceso de conformación y expansión del espacio fronterizo. Nos enfocamos en el Fuerte General Paz (FGP), ubicado en el actual Partido de Carlos Casares, que fuera comandancia de la Frontera Oeste de Buenos Aires entre 1869 y 1876. Esta instalación militar tiene la particularidad de ser el escenario de varios relatos popularizados por el famoso escritor Eduardo Gutiérrez, quien sirvió allí como oficial en 1875 y 1876.

     En su libro Croquis y siluetas militares. Escenas contemporáneas de nuestros campamentos (2001 [1886]), Gutiérrez presenta anécdotas referidas a variados personajes que estuvieron en el FGP. Las coloridas caracterizaciones de Gutiérrez no solo enfatizan los aspectos heroicos, típicos de este tipo de narrativa literaria, sino también los acontecimientos cotidianos en los que la vida en la frontera aparece siempre marcada por las carencias, las penurias y el sacrificio. Sin embargo, las investigaciones arqueológicas desarrolladas a lo largo de varios años en el FGP han permitido recuperar un amplio y variado corpus material, que incluye tanto artefactos de índole específicamente militar como productos de distinto tipo, función y procedencia. El panorama que surge de los materiales arqueológicos no se condice con el espartano cuadro presentado por Gutiérrez, pero se aleja también de los registros y los informes oficiales. Estos últimos dan cuenta del abastecimiento gubernamental a la Frontera Oeste en términos escuetos, aunque mostrando un flujo aparentemente continuo de armamento y bienes de distinto tipo. Si bien se evita cualquier referencia a situaciones de carencia como las que describió Gutiérrez, se alejan también de la amplia variedad material representada en el registro arqueológico. La puesta en tensión de estos tres tipos de fuentes permite problematizar los estereotipos y las ideas ampliamente reproducidas en ámbitos populares y académicos, así como aproximar a una caracterización más completa y realista de lo que fuera la vida en los emplazamientos fronterizos del siglo XIX.

 

EL FUERTE GENERAL PAZ: ANTECEDENTES HISTÓRICOS

     El FGP se sitúa a unos 24 km al sureste de la actual ciudad de Carlos Casares, cabecera del partido homónimo en la Provincia de Buenos Aires. Su construcción fue parte del avance de la línea de frontera de 1869, durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento. El fuerte funcionó como comandancia de la sección denominada Frontera Oeste (o Centro) de Buenos Aires, de unos 190-200 km de extensión y compuesta por entre 12 y 14 fortines espaciados a una distancia regular. El FGP se ubicaba aproximadamente en el centro de esta línea, unos 10 km a retaguardia. Los trabajos de construcción se iniciaron en septiembre de 1869 bajo las órdenes del coronel Antonio López Osornio, quien fue reemplazado al poco tiempo por el coronel Juan C. Boer (o Boerr), y se completaron hacia fines de ese año (Memorias de Guerra y Marina [MGM], 1870, pp. 176-179). La guarnición de la Frontera Oeste consistió normalmente en un regimiento de caballería y un batallón de infantería de línea, junto con piquetes de artillería que servían las piezas existentes en el fuerte y en los fortines. Eran complementados por milicianos de la Guardia Nacional e “indios amigos” de las tribus de los caciques Coliqueo, Manuel Grande y Tripailaf, asentadas en la jurisdicción de la Frontera Oeste. El grueso de esta guarnición se alojaba en el FGP, mientras que pequeños destacamentos ocupaban los fortines que componían la línea. Esta fuerza combatió en numerosas ocasiones con los grupos indígenas pampeanos (e.g. batalla de San Carlos, 8 de marzo de 1872; aniquilamiento de la partida del teniente coronel Estanislao Heredia, 27 de junio de 1872), y fue también movilizada para participar en la represión de la revolución mitrista de 1874. En 1876, durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, se ordenó un nuevo avance de la línea de frontera; el FGP pasó a servir por un breve lapso y con una guarnición disminuida como comandancia de la Segunda Línea o Línea Interior, antes de ser abandonado (MGM, 1870-1877; Sigwald Carioli, 1981; Thill y Puigdomenech, 2003).

     Las estructuras que componían este enclave fronterizo se extendían sobre unas 60 hectáreas (ver Fig. 1). Según informes de la época, la ciudadela del fuerte consistía en un cuadro de unos 200 m de lado, con muros de tierra y un foso perimetral. Contenía edificios de ladrillos y de adobe (comandancia, hospital, polvorín, etc.), así como ranchos y carpas para la tropa y sus familias. Un reducto de tierra en forma de estrella de seis puntas, con varias piezas de artillería y un mangrullo de vigilancia, se ubicaba en el centro. Corrales para el ganado y las caballadas, sembradíos de maíz y alfalfa, viviendas civiles y establecimientos comerciales se situaban en los alrededores de la ciudadela (MGM, 1870-1876).

 

Figura 1: Plano del Fuerte General Paz elaborado por Federico Melchert (MGM 1873. Anexo) sobrepuesto sobre imagen satelital actual.

 

INVESTIGACIONES ARQUEOLÓGICAS EN EL FUERTE GENERAL PAZ

     Las investigaciones en el FGP comenzaron en 2005 y se continuaron de manera intermitente los años siguientes. Las actividades desarrolladas incluyeron el relevamiento planialtimétrico del lugar, una prospección geofísica limitada, un programa de recolección superficial sistemática extensa, excavaciones exploratorias y en área, intervenciones de rescate de materiales expuestos por procesos naturales (e.g. acción de mamíferos cavadores) y/o antrópicos (e.g. laboreo agrícola), así como el análisis y restauración en el laboratorio de los materiales recuperados (Leoni, Tamburini, Acedo y Scarafia, 2007, 2018, entre otros). Como resultado, se determinó la ubicación precisa del fuerte y de algunos de sus componentes principales, y se recuperó un conjunto artefactual que incluye artefactos de carácter militar  (e.g. proyectiles, partes de armas de fuego y blancas, elementos de uniforme) y una gran variedad de materiales (de vidrio, loza, gres, metal, óseo) correspondientes a artefactos relacionados con la alimentación, la indumentaria, el trabajo y el ocio (Leoni, 2009; Leoni y Acedo, 2019; Leoni et al., 2007, 2018; Merlo y Tamburini, 2018, Tamburini, Acedo, Scarafia y Leoni, 2020). Este conjunto ha sido engrosado por materiales recogidos a lo largo de los años por habitantes de la zona que han sido donados al Museo Histórico Municipal de Carlos Casares, donde están accesibles para su análisis. Estos materiales, como se verá, tensionan y contradicen tanto la narrativa testimonial como los registros oficiales de abastecimiento, evidenciando que los contratos de provisión eran cuando menos flexibles y que la guarnición de la Frontera Oeste accedió a una amplia gama de productos, tanto nacionales como importados, que complementaron a las austeras raciones y suministros gubernamentales.

 

LITERATURA TESTIMONIAL Y FRONTERA: EL CASO DE EDUARDO GUTIÉRREZ

     Existe un amplio corpus literario formado por crónicas, relatos y memorias escritos por oficiales militares que sirvieron en la frontera en distintos momentos de sus carreras (e.g. Barros, 1975 [1872]; Daza, 1978 [1908]; Fotheringham, 1970 [1909]; Olascoaga, 1940; Pechmann, 1980 [1938]; Prado, 1979 [1907], 2005 [1935]; Racedo, 1965 [1879]). Basados en las experiencias de los autores, aunque por lo general escritos muchos años después de haberlas vivido, los textos se centran sobre todo en las penurias y peligros de la frontera, destacando el carácter heroico de la gesta y su rol para la construcción de la Argentina moderna, muchas veces criticando su olvido por las autoridades políticas y la sociedad argentina en años posteriores. Como sostiene María R. Lojo (2005, p. 23), “desligados ya del ‘informe’ oficial, ficcionalizaron sus experiencias en relatos donde los paisanos gauchos (humildes soldados rasos), y también a veces los indios, lejos de ser mirados con la distancia del desprecio, son objeto de admiración simpática”, aunque manteniendo el protagonismo de un sujeto heroico masculino, blanco y militar.

     Se reconoce por lo general la importancia de estas expresiones literarias testimoniales como una valiosa fuente de información acerca de la vida militar en la frontera, aunque como sostiene Ernesto Olmedo (2009) -que denomina a este género literario “historiografía militar testimonial”-, estas obras están completa e incluso intencionadamente sesgadas por las impresiones personales de sus autores. Si bien en algún caso se ensayan interpretaciones históricas y sociológicas de la situación en la frontera, la intención primaria es casi siempre relatar vivencias personales, muchas veces a la manera de un anecdotario, más que construir conocimiento riguroso sobre el momento histórico vivido (Olmedo, 2009). Esta literatura de frontera presenta como rasgo definitorio el hecho de haber estado in situ, que otorga verosimilitud y credibilidad a lo expresado. No obstante, la inevitable carga subjetiva hace que muchos de estos relatos oscilen entre lo documental y lo ficcional, no siempre con límites muy claros (Acosta, 2016). Así, como resalta Olmedo (2010, p. 64), estas expresiones “(n)o son sistemáticas, y muchas veces, debido a la inexistencia de prácticas de investigación o de método, son extremadamente vagas, imprecisas y, por cierto, a veces falaces”. Estas características de la literatura testimonial de frontera encuentran plena expresión en la obra de Eduardo Gutiérrez, protagonista y testigo de la vida en el FGP al haber servido allí como joven oficial del Regimiento 2 de Caballería de Línea.

     La historia de vida de Eduardo Gutiérrez (1851-1889) es bien conocida. Pertenecía a una familia distinguida de Buenos Aires, con hermanos mayores famosos como Ricardo (médico) y José María (poeta y crítico literario). Si bien trabajó desde adolescente en el diario La Nación Argentina, abrazaría en su juventud la carrera de las armas y el servicio en la frontera (Yunque, 1956). Según su foja de servicios (Ministerio de Guerra, Legajo Personal 5894), fue dado de alta como alférez el 4 de agosto de 1874 en el Regimiento 2 de Caballería de Línea, que era comandado por el renombrado coronel Hilario Lagos (hijo), en el Fuerte General Lavalle (actual Partido de General Pinto), comandancia de la Frontera Norte de Buenos Aires. Entre octubre y diciembre de 1874, en coincidencia con la revolución mitrista, el regimiento aparece bajo la denominación de “campamento en marcha”, como resultado de su movilización para reprimir el alzamiento (Saldías, 1912, p. 68). Es recién en enero de 1875 que se indica su presencia en el FGP, donde ascendió a teniente primero el 9 de enero y permaneció hasta marzo de 1876. En abril de ese año fue licenciado y proseguiría su carrera militar en Buenos Aires, ascendiendo a ayudante mayor (31 de mayo de 1877) y luego capitán (26 de febrero de 1887), aunque este último grado ya como parte del Estado Mayor de Reserva. Es decir, su permanencia efectiva en la frontera fue relativamente breve, de “(u)n año, once meses y veinte y nueve días en campaña”, según su foja de servicios (Ministerio de Guerra, Legajo Personal 5894, p. 19).

     Ya en Buenos Aires, Gutiérrez se dedicaría al periodismo y la literatura. Escribió, mayormente en formato de folletín, historias que versaban sobre temas gauchescos y personajes de la campaña, aunque también incursionaría en la historia argentina reciente. Sus primeros folletines se publicaron hacia fines de la década de 1870 en los diarios El Pueblo Argentino y La Patria Argentina, y en los pocos años que transcurrieron hasta su prematura muerte, de una enfermedad pulmonar supuestamente contraída en la frontera, publicó un gran número de obras y novelas (en buena medida folletines reunidos en forma de libros) (Yunque, op. cit.). En su prolífica producción destaca sin dudas Juan Moreira, pero incluye también obras como Cipriano Cielo, Los Hermanos Barrientos, El Tigre del Quequén, Hormiga Negra, Santos Vega, Juan sin Patria, Un capitán de ladrones, El Matrero, La Muerte de Buenos Aires, Juan Cuello, Pastor Luna, El Chacho, Juan Manuel de Rosas, La Mazorca, Las montoneras de San Luis, entre muchas otras. En ellas abordó aspectos de la vida rural, por lo general teniendo como objeto a personajes de sectores subalternos. Es por ello que Álvaro Yunque (op. cit., pp. 23-24), en su conocido estudio preliminar a Croquis… se refirió a él como “…aquel cajetilla porteño, defensor de gauchos, exaltador de ladrones, relator del pasado aventurero, y a quien leían, no sólo las gentes del suburbio –como se ha dicho-, sino todas las clases sociales”.

 

El Fuerte General Paz en la obra de Eduardo Gutiérrez

     Croquis y siluetas militares. Escenas contemporáneas de nuestros campamentos fue publicado originalmente en 1886; es decir, transcurridos diez años del servicio de Gutiérrez en la frontera[1]. El libro incluye relatos sobre personajes militares de la época y su participación en las guerras civiles, la guerra contra el Paraguay y contra los grupos indígenas, y contiene vivencias personales y anécdotas de la frontera. De los 42 “croquis y siluetas” (capítulos) que componen la obra, ocho mencionan al FGP y a miembros de su guarnición (Las tortas fritas, El Sargento, Un regimiento espartano, El coronel Lagos, El tuerto Sarmiento, El comandante Heredia, Un baile monstruo y Un carnaval en la pampa), aunque en por lo menos otros cuatro hay referencias a personajes que estuvieron en algún momento vinculados con el fuerte (Los enemigos amigos, Amor de leona, Mañanita y Un banquete en las caronas). Finalmente, dos capítulos (El soldado de línea, La vida de frontera) abordan la temática de la vida militar y en especial en la frontera de una manera más general, destacando la abnegación, el sacrificio, las penurias y las injusticias del ámbito castrense de la época. Estos relatos incluyen no sólo a oficiales superiores, como su admirado Lagos, sino también a oficiales de menor rango, suboficiales y soldados, civiles, mujeres, “indios amigos” y hasta “Sargento”, el perro de la guarnición. Así, Gutiérrez construye una visión más humana del fuerte y sus ocupantes, aunque su relato no escapa a los clichés típicos de este género, expresados, como sostiene David Viñas (2003, p. 82) “…en su laxa simpatía paternalista por el gaucho posterior a las montoneras incrustado en los fortines del Desierto y en su permanente y exacerbado desprecio (temor) por el indio”.

     Los relatos de Gutiérrez en Croquis… presentan múltiples aristas destacables, aunque a los fines de este trabajo nos concentramos en algunos de los temas principales que atraviesan la obra. En primer, lugar un homenaje explícito a quien fuera su jefe de regimiento (y también de la Frontera Oeste entre 1874 y 1876), el coronel Hilario Lagos (hijo). En un capítulo que lleva su nombre por título, Gutiérrez destaca sus dotes militares, tanto su valentía que le granjeó el respeto de los indios[2], como su magnanimidad y respeto en el trato con sus subalternos[3] (Gutiérrez, op. cit., pp. 71-77), cualidades que vuelven a ser resaltadas en diversos capítulos en los que Lagos aparece mencionado. Resulta interesante un capítulo titulado El tuerto Sarmiento, que se centra en el asistente personal de Lagos que llevaba ese sobrenombre, pero que enfatiza explícitamente la pobreza y carencia de recursos que sufría la guarnición del FGP, en irónico contraste con la supuesta riqueza de su jefe:

 

El estado de miseria en que se hallaba entonces la oficialidad del Fuerte Paz era solo comparable con la miseria de Gragera, el hombre de los perros.

El dueño de un paquete de cigarrillos era mirado como un Anchorena, aunque hay en Buenos Aires fortunas que bien valen más que la del Anchorena más rico.

El coronel Lagos era un potentado, un Creso, cuya insolente fortuna nos deslumbraba como una lámpara eléctrica.

Figúrense ustedes que el coronel Lagos tenía el cinismo de ser único propietario de dos maletas que podrían contener un par de libras de yerba y otras tantas de azúcar, y media docena de cajas de sardinas que habían hecho toda la campaña, sin ver llegar el solemne momento de ser abiertas.

Aquello era inaguantable, pues mientras los oficiales andaban mirando un mate en cada planta de pasto, Lagos sonreía con todo el aplomo y la insolencia que le daba la seguridad de poseer dos libras de yerba y azúcar. (Gutiérrez, op. cit., pp. 178-179)

 

     Esta pobreza y precariedad vuelve a presentarse en otros capítulos, como Un regimiento espartano (Gutiérrez, op. cit., pp. 27-32), donde se describe la partida de la tropa para sofocar el levantamiento mitrista, quedando el fuerte a cargo de la legendaria “Mamá Carmen” (o sargento Carmen Ledesma), mujer afrodescendiente madre de varios soldados e integrante de la guarnición, junto con otras mujeres y soldados enfermos: “Allí quedaba armamento en desuso, polvorín bien provisto y casuchas como la del coronel Lagos que guardaba cuanto tenía éste, y que no había querido llevar nada para quedar en iguales condiciones a sus oficiales” (ibid., p. 28). También señala cómo los pulperos abandonaban también el fuerte, ante el miedo de ser saqueados por indios, ya fuese hostiles o amigos: “Los vivanderos encajonaban apresuradamente sus limetas y galletas revenidas, para apretarse el gorro sobre tablas, porque podían entrar los indios que son, por lo general, malos marchantes” (Gutiérrez, op. cit., p. 28). Esta referencia a las “limetas”, o botellas de ginebra de sección cuadrada, remite a su vez al tópico del alto consumo de alcohol en las guarniciones militares fronterizas. De hecho, uno de los relatos, titulado El negro Santos (ibid., pp. 243-249), aunque no se ambienta en el FGP, tiene como protagonista a un soldado valiente y honorable pero completamente perdido por la ginebra: “El negro Santos no conocía su edad, y la medía por los frascos de ginebra que había consumido” (ibid., p. 244). La presencia de las mujeres, por lo general esposas o concubinas de la tropa es también constante en los relatos de Gutiérrez. En efecto, el autor describe su activa participación en la vida en el fuerte, tanto en actividades domésticas como recreativas (acompañando a sus parejas en la boda del cacique Tripailaf o participando de los juegos de agua con motivo de la celebración del carnaval), así como ocasionalmente, como se señaló más arriba, ostentando rango militar y asumiendo la defensa del fuerte[4].  

     Finalmente, en los capítulos titulados El soldado de línea y La vida de frontera, Gutiérrez expresa críticamente las penurias que experimentaba el soldado argentino de la época, como el retraso en el pago (y los descuentos que efectuaba el ejército), el endeudamiento con los pulperos (con complicidad de oficiales superiores)[5] y la mala calidad de la comida y de los “vicios” (tabaco, azúcar) provistos por el gobierno. Gutiérrez generaliza estas penurias mucho más allá del FGP: “La alimentación es poca y mala, la leña escasa, el proveedor especula con los estómagos de la tropa y el sueldo no lo recibe el soldado sino el pulpero que le fía con vale del oficial y a veinte veces el precio de cada cosa” (ibid., p. 262). Estas penurias se agravan aún más en el servicio en los fortines de la línea, “…donde hay momentos en que la vida se hace positivamente inaguantable” (ibid., p. 262). Todo esto hacía más loable y virtuoso el sacrificio de quienes servían en la frontera, ya fuesen los jóvenes de familias distinguidas que como él elegían la carrera de las armas por vocación de servicio, o los gauchos obligados a incorporarse al ejército por faltas, reales o inventadas, de distinto tipo. Aun así, Gutiérrez destacó el valor de estas heterogéneas fuerzas militares, resaltando a oficiales como Lagos que lograban generar el respeto de sus subalternos y forjar la cohesión de sus unidades con un sólido lazo basado en el espíritu de cuerpo: “Su familia, su orgullo, su porvenir y vergüenza misma están en el número de su quepis, llegando hasta esta sublimidad que oímos a un soldado del 2 de caballería en un momento de inmensa desventura: -¡Una gran perra! ¡Si yo no fuera del 2 de caballería, me desertaba!” (ibid., p. 260).

     Como varios autores han señalado, Croquis… constituye tanto un homenaje a quienes fueron sus camaradas de armas, como un alegato crítico contra la miserabilidad de la vida en la frontera y las injusticias que llevaba implícitas (Acosta, op. cit.; Yuln, 2010; Yunque, op. cit.). Se ha afirmado también que los relatos de Gutiérrez están legitimados por la “saturación de lo testimonial” (Rivera, 1967, p. 236); es decir, la autoridad que otorga el haber estado en el lugar y haber sido tanto testigo como partícipe, el “oír y ver” que Yunque (op. cit.) destaca como fuentes privilegiadas de la obra de Gutiérrez. Sin embargo, Croquis… no escapa a los cuestionamientos en torno a la veracidad y autenticidad que se ha hecho a otras obras del autor (Juan Moreira como ejemplo más cabal; Chumbita, 1996). En palabras de Yunque (op. cit., pp. 20-21), Gutiérrez “…escribió mucho, también mucho oyó y vió mucho. Tal su materia prima. Después entrará a adornar lo visto y oído su fantasía noveladora y novelera.”

 

ABASTECIMIENTO Y CONSUMO EN EL FUERTE GENERAL PAZ: REGISTRO ESCRITO VS. REGISTRO ARQUEOLÓGICO

 

Uniformes

     Los uniformes usados por el ejército en el período del FGP mostraban una clara influencia francesa, aunque existía una gran variabilidad en los atuendos. Con el fin de estandarizar la apariencia y composición del vestuario militar se promulgó en 1871 un Reglamento de Uniformes (con una modificación al año siguiente) inspirado en el francés de 1854. Estipulaba un uniforme de parada y uno de diario, con versiones de verano e invierno, a renovarse anualmente (Luqui-Lagleyze, 1995). Tanto los uniformes como el calzado militar se importaban, principalmente de Francia y Gran Bretaña, o se producían localmente, aunque se reconocía ampliamente la mejor calidad de los primeros. Sin embargo, su mayor costo dificultaba su adquisición, por lo que se compraban telas importadas con las que luego se manufacturaban localmente los uniformes (MGM, 1870).

     Se reconoce que las tropas de frontera mostraban una gran flexibilidad en su apariencia, resultado tanto del desgaste de los uniformes provistos por el ejército como de la ausencia de un suministro adecuado, lo que las habría obligado a recurrir con frecuencia a prendas de uso civil. Los relatos testimoniales suelen enfatizar la carencia de uniformes apropiados como una de las grandes penurias del servicio en la frontera y Gutiérrez (op. cit., p. 259) no es la excepción: “El gobierno ha llegado hasta cambiar para ellos las estaciones del año, mandándoles ropa de brin en el mes de julio y ponchos de bayeta en enero”. Los registros oficiales, por su parte, indican un suministro constante de uniformes de verano e invierno a las unidades que servían en la Frontera Oeste (Leoni, op. cit.; MGM, 1870-1876). Sin embargo, un envío del 10 de octubre de 1872 podría dar cierto sustento a la afirmación de Gutiérrez. En efecto, la lista de remisiones de la Comisaría General de Guerra indica para esa fecha, cuando deberían enviarse uniformes de verano, el envío de “240 vestuarios de invierno” para el Batallón 7° de Infantería de Línea (MGM, 1873, p. 319), aunque no puede descartarse que se trate de un error en la confección de la lista más que de algo que efectivamente ocurrió.

     El correlato arqueológico más común de los uniformes militares lo constituyen los botones metálicos, tanto de dos piezas como de una sola pieza, que poseen el escudo nacional en el anverso (algunos con la filactera “República Argentina” encima del escudo) y con marcas de fabricantes en el reverso. Estas últimas incluyen firmas inglesas y francesas, tales como SW Silver & Co/London/Clothiers, SW Silver & Co London, Smith & Wright Birmingham, Superieur France. Corresponden tanto a chaquetas y/o dolmanes de caballería (los más grandes), como a mangas de chaquetas o quepís (los más pequeños). Resulta interesante señalar que estos botones no se ajustan, ni en los motivos que presentan ni en el tamaño, al reglamento de uniformes vigente en el período considerado (Leoni, op. cit.).

     Las hebillas de cinturón también están bien representadas y tampoco se ajustan a las disposiciones reglamentarias. Las hay de distintos tamaños, formas y material, destacando las que poseen inscripciones y/o motivos iconográficos. Estas últimas incluyen hebillas de placa rectangulares con el escudo nacional y filactera con “República Argentina” o “Confederación Argentina”, así como hebillas de encastre con el número 7 (por el Batallón 7° de Infantería de Línea) o un motivo de sol sobre montañas en la pieza central y la inscripción “República Argentina” en la pieza marco externa. Estas hebillas parecen haber sido importadas, aunque no hay constancia de quiénes las fabricaron. Su similitud con ejemplares empleados por otros ejércitos, tanto americanos como europeos, hace pensar en lugares de manufactura como Francia, Bélgica e Inglaterra (Leoni y Acedo, op. cit.).

     El calzado militar está representado principalmente por fragmentos de cuero (algunos con ojales metálicos) de botas y/o zapatos. Adicionalmente, se han hallado protectores de taco en forma de herradura, que se empleaban en las botas de caballería. No existen menciones a este tipo de accesorio ni en los registros oficiales ni en los relatos testimoniales, siendo los ejemplares arqueológicos la única evidencia de su uso por las tropas argentinas del momento.

     En suma, pueden identificarse varias discordancias en torno a los uniformes militares entre los relatos testimoniales (que destacan la carencia o lo inapropiado del vestuario empleado), los informes oficiales del gobierno (que enfatizan un abastecimiento adecuado), las reglamentaciones sobre uniformes vigentes (que no se ven reflejadas en el material arqueológico) y el registro arqueológico (que muestra una variabilidad de elementos que no están mencionados en ningún documento escrito de la época), demostrando que la estandarización del equipamiento militar que había comenzado a buscarse en esos años estaba muy lejos de concretarse.

 

Comida y “vicios de entretenimiento”

     La dieta militar consistía esencialmente en carne. En efecto, los contratos de provisión para la Frontera Oeste en el período considerado estipulaban una ración diaria de 3 libras de carne, suplementada por arroz (3 onzas) y galletas (8 onzas), así como 1,5 libras de sal cada 50 raciones; adicionalmente se entregaba una onza de café y una onza de azúcar (dos onzas a partir de 1873) como raciones extraordinarias. Existía también una ración mensual que incluía los así llamados “vicios”, consistente en 1 libra de tabaco negro en rama, 5 pliegos de papel de hilo por cada libra de tabaco, 14 onzas de jabón y 3 libras de yerba paranaguá. Finalmente, había una ración diaria para familias de la tropa, que consistía en 2 libras de carne fresca, 1 onza de grasa de vaca, 3 onzas de galleta y ½ onza de sal (MGM, 1872, Anexo E)[6]. La documentación oficial registra algunos intentos por enriquecer o variar la dieta diaria; así, por ejemplo, el comandante de la Frontera Oeste en 1871, Juan C. Boer, informaba en un reporte a sus superiores que: “A la tropa se dá rancho como está ordenado, y este se confecciona con verdura, en la que se cosecha de la huerta que existe en este fuerte” (MGM, 1871, p. 196).

     Los informes oficiales de la época, por su parte, se esforzaban en resaltar el buen funcionamiento del sistema de racionamiento. Así, Martín de Gainza, ministro de Guerra y Marina durante la presidencia de Sarmiento, defendía las bondades del sistema adoptado durante su administración, enfatizando la calidad de los víveres, la puntualidad de su entrega y la eficiencia de la contabilidad:

 

Nuestras tropas en las Fronteras, eran alimentadas hasta el año 68, de una manera muy semejante al actual racionamiento de las tribus amigas.

En los presupuestos, como en los contratos de racionamiento, solo figuraba una línea. El número de reses necesario para alimentar tantos mil soldados, á razón de tantos soldados por res.

Luchando con las costumbres establecidas, y con los temores del mayor gasto, dificultades consideradas insalvables para la conducción de víveres secos, etc., etc., á las Fronteras, se estableció, desde el primer año de la actual Administración, el racionamiento uniforme de Guarnicion y Campaña, y hoy los soldados todos del Ejército se alimentan con víveres de primera calidad, y entregados con toda puntualidad donde se encuentran. (MGM, 1874, p. LXV)[7]

 

Por el contrario, la literatura testimonial suele abundar en la falta de abastecimiento y en los retrasos de los proveedores, o bien en la mala calidad de la comida suministrada, lo que en muchos casos obligaba a la tropa a procurarse comida mediante la caza de animales salvajes. Gutiérrez no constituye una excepción:

 

La galleta del proveedor es como hecha con harina de piedra, la leña no enciende, el tabaco es lengua de vaca mal secada al sol y el azúcar es tierra greda.

Pero, ¿qué le importa? Ya se ha acostumbrado a aquella alimentación imposible y sólo teme una cosa: que llegue a faltarle.

El día que bolea un avestruz o agarra una mulita, arroja con desprecio la ración del proveedor.

Pero cuando no tiene más, se le ve cocinar alegremente su pedazo de carne lívida y azulada, y comerlo con un placer increíble –cualquiera que lo viera en ese acto, creería que saborea un manjar. (Gutiérrez, op. cit., p. 259)

 

     El registro arqueológico, no obstante, muestra diferencias tanto con los registros oficiales como con las conocidas afirmaciones de los relatos testimoniales. En efecto, los conjuntos de restos faunísticos hallados tanto en el FGP como en fortines que componían la Frontera Oeste muestran una significativa proporción de restos de ovejas (Hernández, Tamburini y Leoni, 2018; Merlo y Tamburini, 2018). Considerando que las ovejas no aparecen mencionadas nunca en los contratos de abastecimiento ni por lo general tampoco en las memorias de testigos y protagonistas, esto indicaría que el abastecimiento era cuando menos flexible y adaptable a circunstancias de disponibilidad, precio, etc. Es de presumir que al estipular “3 libras de carne”, los contratistas pudiesen emplear la carne de oveja para sustituir a la vacuna en caso de necesidad. Por otra parte, esto es consistente con el auge productivo ovino de la segunda mitad del siglo XIX y su creciente consumo en la campaña bonaerense (Brittez, 2000; Wibaux, 2004). En cuanto a los restos de animales salvajes, constituyen una mínima proporción de los conjuntos arqueofaunísticos estudiados (Hernández et al., op. cit.; Merlo y Tamburini, op. cit.), indicando que la incorporación de recursos salvajes a la alimentación parece haber sido limitada en la Frontera Oeste en este período, en clara contradicción con afirmaciones como la citada, muy difundidas en el imaginario social de la vida de frontera.

     Finalmente, el consumo de tabaco, que se entregaba como parte de la ración mensual, estaría evidenciado en el FGP por el hallazgo de fragmentos de pipas de caolín (ver Fig. 2.2). En efecto, se hallaron fragmentos de su caña o fuste, de las marcas escocesas Glasgow y William White. Vale señalar, sin embargo, que según los relatos testimoniales el consumo de tabaco se hacía mayormente en la forma de cigarros o también mascado, raramente mencionándose el uso de pipas o más específicamente de las frágiles pipas de caolín importadas[8].

 

Bebidas alcohólicas y no alcohólicas

     Las bebidas alcohólicas y no alcohólicas están representadas en el FGP por una gran cantidad de fragmentos de envases de vidrio y gres cerámico. Por lejos, las botellas más representadas son las de vidrio oscuro de sección cuadrada que contenían ginebra, las “limetas” de los relatos testimoniales (ver Fig. 2.1). Se han identificado en el fuerte las marcas holandesas Van Hoytema & Co de Culemborg y The Olive Tree (o El Olivo) de Schiedam. Otras bebidas alcohólicas como el vino y la cerveza se hallan presentes también. El primero está representado por una gran cantidad de bases circulares y picos de vidrio oscuro, verde claro u oliva y traslúcidos correspondientes a botellas de vino, incluyendo algunos de mayor calidad. En efecto, la presencia de bases de botella de tipo kick-up (o push-up), que servían por su morfología como decantadores, evidenciarían el consumo de vinos como el denominado Portobello, así como también bebidas como coñac (se identificó la marca Vieux Cognac) y champagne. Este tipo de botellas no es tan abundante como las de vidrio oscuro y sección cuadrada, reflejando tal vez una menor disponibilidad o bien un consumo que, por costo o gusto, estaba más restringido, tal vez a la oficialidad del fuerte. La cerveza, por su parte, está representada por fragmentos de envases de gres cerámico de color marrón/terracota, crema y bicolores. Se han identificado, por sus sellos, las marcas de cerveza Price/ 21/ Bristol inglesa y Bieckert nacional.

 

Figura 2: Materiales varios hallados en el Fuerte General Paz: 1) “limeta” de ginebra; 2) fragmentos de fuste de pipa de caolín; 3) poción amarga Keisserliche Privilegirt Altonatiche W Kronessents; 4) tapón Air & Calder Bottle/Castleford & London; 5) muñeca de porcelana; 6) Agua de Florida; 7) Huile Hygiénique / Entrepot General A ParisRue de Rivoli Paris.

 

     Otras bebidas representadas en el conjunto vítreo del fuerte, aunque en mucha menor proporción, incluyen la Hesperidina y la zarzaparrilla. La primera era una bebida de alto contenido alcohólico creada y fabricada en nuestro país por Melville S. Bagley a partir de 1864. Se promocionó originalmente como amargo o tónico de función medicinal pero luego pasó a ser consumida como aperitivo (Niebla, 2019). La zarzaparrilla, por su parte, de la marca Genuine Sarsaparilla Bristol’s New York, fue también concebida originalmente como tónico medicinal, aunque sin contenido alcohólico, pero luego popularizada como refresco.

     El alcohol no estaba incluido en los abastecimientos que el gobierno entregaba regularmente a las guarniciones de frontera, aunque sí, en la forma de ginebra y vino (“de Burdeos”, “francés” o “catalán”), en los envíos de raciones trimestrales a los grupos de “indios amigos” asentados en jurisdicción de la Frontera Oeste (tribus de Coliqueo y Raninqueo) (MGM, 1869, 1870, 1873, 1874). El hallazgo de restos de contenedores de bebidas espirituosas es, sin embargo, muy común en fuertes y fortines (e.g. Bagaloni y Pedrotta, 2018; Gómez Romero, 1999; Landa, Spota, Martínez y Montanari, 2008; Langiano, 2014; Pineau y Landa, 2009; Tapia y Pineau, 2004), indicando que su consumo estaba muy extendido en las guarniciones fronterizas, a pesar de estar prohibido en servicio y de existir castigos a quienes lo vendían a las tropas.

     La guarnición del FGP dispuso de un amplio acceso a este tipo de bebidas gracias a la existencia de varias pulperías en sus inmediaciones. En efecto, los documentos escritos mencionan a Blas Tobal como dueño de un “negocio mercantil” (despacho de bebidas y casa de negocios) establecido en el FGP a poco de su creación. Tobal sería multado con 1.000 pesos el 20 de abril de 1870 a instancias del entonces comandante de la Frontera Oeste, Juan C. Boer, “…por haber contrariado con reincidencia en las órdenes generales de esta División, vendiendo bebida á la tropa, y habiendo fugado de este Campamento sin dar cumplimientos á lo ordenado” (Archivo de Nueve de Julio, Comandancia de la Frontera Oeste. Correspondencia con la corporación municipal 1866-1872, p. 114). Luego se habría instalado a unos 800 m al oeste del fuerte (ver mensuras de las propiedades de Anselmo Trejo y Cándido López, 1879, en Thill y Puigdomenech, op. cit., p. 181) un gran almacén, propiedad de Francisco Izaquilla, que siguió en actividad aún después del abandono del FGP (Sigwald Carioli, op. cit., pp. 99-100). Gutiérrez, por su parte, no menciona a estos comerciantes, aunque indica la presencia de por lo menos tres pulperos, Sevilla, Bastos y Don Pedro, en el fuerte. En todo caso, la narrativa de Gutiérrez (op. cit., p. 29) incluye a los pulperos como actores importantes en la vida de la guarnición y al consumo de alcohol como de ocurrencia común en los ámbitos militares de frontera, algo que el registro arqueológico, tanto del FGP como de otros múltiples emplazamientos militares fronterizos, parece corroborar ampliamente.

     Para terminar, existe un factor que apenas se ha tenido en cuenta en las investigaciones arqueo-históricas y que podría contribuir a explicar, al menos en parte, la gran representación de bebidas alcohólicas en el registro arqueológico del FGP. Se trata del uso medicinal y terapéutico dado en la época a distintas bebidas alcohólicas. En efecto, las mismas se empleaban para la extracción de alcohol por destilación o bien como base de preparados empleados en el tratamiento de diversas enfermedades. Así, se denominaba “vinos medicinales” a todos aquellos vinos que servían como base para los preparados (a los que se agregaban elementos como miel, cebolla, resina de pino, higos, entre muchos otros) para tratar distintas afecciones, además de emplearse solo como narcótico sedante, diaforético y sudorífico (Chernoviz, 1902; López-Trabada Gómez y Arriazu, 2000). De la misma manera, a la cerveza se le atribuían características nutritivas y tónicas, excitadora de los órganos digestivos y la secreción urinaria, y se denominaba “cervezas medicinales” a aquellos medicamentos que resultaban de la acción disolvente de la cerveza sobre diversas substancias (Chernoviz, op. cit., p. 56). Por su parte, la ginebra se empleaba en el tratamiento del cólera y la fiebre amarilla, en tanto otras bebidas como las mencionadas Hesperidina y zarzaparrilla también tenían un uso medicinal. La primera como favorecedora de la circulación y la digestión, estimulante del sistema nervioso y para prevención de enfermedades (Niebla, op. cit.); la segunda para realizar el “vino de zarzaparrilla” y también promocionada como efectiva para purificar la sangre y tratar lesiones de la piel (Diario La Patria, 6 de mayo de 1868, p. 4). Por ello, por lo menos algunos de los fragmentos de botellas de bebidas alcohólicas hallados podrían responder no sólo a su uso como intoxicante recreativo por parte del personal de la guarnición, sino también a su empleo como agentes terapéuticos.

     En efecto, el FGP contó con un importante hospital y farmacia, atendidos por un médico y un boticario que residían en el fuerte y que figuran en las plantas de personal respectivas (MGM, 1870-1877)[9]. De hecho, Gutiérrez menciona tanto al hospital como al reconocido doctor Juan Mateo Franceschi, quien sirvió varios años en la Frontera Oeste y fue luego reemplazado por el doctor Luis Molzbergers. Estos profesionales dedicaron un gran esfuerzo a desarrollar el sistema de sanidad en la frontera, enfrentando no sólo heridas y lesiones traumáticas resultantes de acciones bélicas o accidentes, sino también epidemias de viruela negra (1870) y cólera (1874) (Sigwald Carioli, op. cit., p. 101). En diversos documentos generados por estos profesionales, tales como un pedido de elementos de farmacia efectuado por el doctor Franceschi en 1874 (Archivo de Nueve de Julio. Juzgado de Paz 1874-1876, libro 30, folio 253) o el informe elevado por el doctor Molzbergers en 1877 acerca de los medicamentos entrados y salidos de la botica del FGP (MGM, 1877, pp. 353-357), aparecen mencionados productos tales como “vino antiescorbútico”, “vino de zarzaparrilla” y “vino tinto”. Adicionalmente, el hallazgo de fragmentos de vidrio y loza correspondientes a diversos productos de uso medicinal y terapéutico (ver más abajo), apoya la suposición de que las prácticas relacionadas con la salud, tanto a nivel institucional como individual, pueden haber jugado un papel importante en la conformación de un registro arqueológico tan variado como el del FGP.

 

Salud e higiene personal

     Además de los vidrios correspondientes a diversas bebidas alcohólicas, se recuperaron también otros de colores variados (azul, verde claro, ámbar, etc.) procedentes de frascos y botellas pequeñas que contenían tanto productos medicinales como de perfumería y tocador. El hallazgo de estos materiales puede explicarse en parte por la mencionada presencia del hospital y botica, aunque es también probable que algunos correspondan a productos adquiridos de manera privada por miembros de la guarnición en los comercios radicados en inmediaciones del fuerte o en ciudades y pueblos cercanos a la Frontera Oeste (e.g. Nueve de Julio, Bragado), o bien traídos a la frontera como parte de su equipaje personal. Entre los distintos productos identificados se encuentran: 1) Eau de Cologne Farina, perfume de esencias cítricas creado por Juan María Farina empleado también como medicina, ya que se le atribuían propiedades curativas; 2) Agua de Florida, producto estadounidense de uso terapéutico y dentífrico, como queda evidenciado en publicidades en diarios de la época que la presentaban como “Deliciosa refrescante vigoradora” (Diario La Patria, 6 de mayo de 1868; Figura 2.6); 3) Huile Hygiénique / Entrepot General A ParisRue de Rivoli Paris, producto francés de uso cosmético y medicinal, indicado para dolencias venéreas (ver Fig. 2.7); 4) Le Eau Dentifrice de Botot, Entrepot a Paris, producto francés para la higiene dental; 5) Keisserliche Privilegirt Altonatiche W Kronessents, poción amarga curativa alemana (ver Fig. 2.3); 6) Se halló también un tapón de vidrio de color verde traslúcido con la inscripción Air & Calder Bottle/Castleford & London con sistema de ajuste en metal que permitía un cierre hermético y se usaba para conservar comidas, bebidas y medicamentos (ver Fig. 2.4); 7) pasta dental Oriental Tooth Paste, fabricada por J. y E. Atkinson, de Londres, identificada a partir de un fragmento de tapa de recipiente de cerámica (ver Tamburini et al., op. cit. para más detalles)[10].

     De más está señalar que ninguno de estos exóticos productos es mencionado en las memorias y relatos de oficiales militares, ni en los registros gubernamentales de productos enviados a la frontera. Su presencia evidenciaría la popularización, al menos entre algunos sectores que componían las guarniciones, de prácticas de higiene y consumo más propias de sectores urbanos que de las relacionadas tradicionalmente con el ámbito rural bonaerense (si bien una sorprendente variedad de productos de higiene personal ya se vendía en pulperías del ámbito rural bonaerense desde mediados del siglo XIX [Mayo et al., 2005]).

 

Vajillas y servicio de mesa

     Las investigaciones arqueológicas han dado como resultado el hallazgo de una cantidad significativa de restos de vajilla. En efecto, fragmentos de platos, fuentes, jarros y tazas de loza, así como restos de copas y vasos de vidrio, y cubiertos de metal, dan cuenta de una variedad de piezas de servicio de mesa que fueron empleados por los integrantes de la guarnición (ver Fig. 3). Esta no es una situación excepcional dado que materiales similares se han hallado en emplazamientos militares de frontera estudiados arqueológicamente (e.g. Bagaloni y Pedrotta, op. cit.; Gómez Romero, op. cit.; Langiano, op. cit.). Sin embargo, plantea una clara discordancia con el registro escrito, en particular con los informes oficiales de abastecimiento, que prácticamente no dan cuenta de este tipo de objetos. En efecto, los registros de la Comisaría General de Guerra entre 1869 y 1877 muestran la remisión a las fronteras (y a tropas involucradas en distintas campañas militares) de grandes cantidades de marmitas, fuentes, platos y tazas metálicos. Baste como ejemplo el envío al FGP el 16 de noviembre de 1872 de “150 platos de lata, 150 cucharas, etc” para el Regimiento 5° de Caballería de Línea (MGM, 1873, p. 319), o el envío del 6 de mayo de 1873 de “195 platos de lata y 195 cubiertos completos” para el Batallón 7° de Infantería de Línea (MGM, 1874, p. 672). Sólo en 1876 y 1877 las Memorias de Guerra y Marina incluyen menciones a vajilla de loza, tales como fuentes, platos llanos, platos para postre y café, tazas para caldo (e.g. MGM, 1876, pp. 254, 258, 260; MGM, 1877, pp. 897, 898, 904, 910, 911). Sin embargo, se consignan cantidades muy reducidas y no se especifica si fueron enviados a las fronteras o quedaron en dependencias del Ministerio de Guerra, el ejército o la armada. En consecuencia, la gran mayoría de las piezas de vajilla de mesa, ya sea de loza o de cristal, que forman parte del registro arqueológico deben haber sido de adquisición y uso privado, presumiblemente por parte de oficiales o población civil vinculada a la guarnición. Al igual que los productos de tocador e higiene personal, habrían sido adquiridas en comercios aledaños al fuerte y/o pueblos y ciudades cercanas (trabajos historiográficos dan cuenta de la disponibilidad de vajillas de loza en comercios situados en áreas de frontera [Mayo, 2000; Mayo et al., op. cit.; Wibaux, op. cit.]), o bien traídas al fuerte como parte del equipaje personal.

 

Figura 3: Piezas de servicio de mesa de loza y vidrio halladas en el Fuerte General Paz.

 

     La loza ocupó un lugar significativo en la importación de productos extranjeros ya desde el siglo XVIII y su presencia en la campaña y frontera bonaerenses ha sido bien documentada (Brittez, op. cit.; Bagaloni y Pedrotta, op. cit.; Gómez Romero, op. cit.; Langiano, op. cit.; Mayo, op. cit.; Mayo et al., op. cit.). En el caso específico del FGP, a partir del análisis de fragmentos de platos de mesa y de té recuperados se logró reconocer una gran variedad de estilos decorativos y de factura (ver Fig. 3). Así, se determinó que se trataba de fragmentos de la loza conocida por su factura como whiteware, creamware, pearlware, salt-glazed, stoneware y granite. En relación a su decoración, se analizaron los motivos centrales, bordes o marcos, color, y técnicas de impresión, siendo este el método utilizado para ajustar su datación. Se determinaron fragmentos correspondientes a piezas sin pintura, con pintura bajo esmalte, whieldon, pintadas a mano, pintadas a mano polícromas, anilladas, anulares, sponged (decoración con esponjeado simple y con sellos color azul, verde, rojo), impresos por transferencia (transferware) con las técnicas flow blue y bat, granito con paneles y lisos. Con referencia al diseño de los bordes, están presentes: borde de pluma, borde caparazón de berberecho en relieve y pintado, festoneado, moldeado sobre relieve y pintado a mano bajo vidriado. En cuanto a la procedencia de estas lozas, se han identificado tres marcas de fabricantes: John Thomson & Sons y R. Cochran & Co, ambas de Glasgow, Escocia; y Hutschenreuther, de Hohenburg an der Eger, Alemania (Acedo, 2008).

     El servicio de mesa en base a vajillas de loza se complementaba con el uso de copas y vasos de vidrio. En efecto, se hallaron en el fuerte numerosos fragmentos de bases, fustes y paredes de copas, y bases y paredes de vasos de vidrio transparente y translúcido, tanto lisos como con decoración en forma de paneles facetados, paneles modelados con patrón margarita y estrellas, paneles moldeados en patrón de diamante y paneles verticales en forma de “V” y punteados intercalados[11]. Esta variedad apunta a que no sólo se buscaba un uso puramente funcional, sino también que el aspecto decorativo influía en la adquisición de estas piezas, tal vez reflejando el status o poder adquisitivo de sus dueños.

     La presencia de estos materiales en una instalación militar de frontera resulta indicativa de que las maneras de mesa formales, ya vigentes en contextos urbanos y crecientemente en la campaña bonaerense, reemplazaban (probablemente de forma más marcada entre la oficialidad) a las formas más tradicionales y comunitarias de cocinar, servir y comer que habían predominado en contextos rurales hasta la primera mitad del siglo XIX (Brittez, op. cit.; Mayo, op. cit.; Mayo et al., op. cit.).

 

Vestimenta y ocio

     Otros hallazgos dan cuenta de múltiples actividades no vinculadas de manera directa con el servicio militar, aunque contribuyen a reflejar la multiplicidad de actores y prácticas que tenían por escenario a un complejo enclave de frontera como el FGP.

     Una variedad de botones de distinto material (pasta de vidrio, cerámica -incluyendo uno decorado tipo calico[12]-, madera, hueso, metal) y tamaño representa una diversidad de prendas civiles (camisas, ropa interior, sacos y chaquetas, pantalones, etc.), empleadas tanto por los efectivos de la guarnición como por la población civil relacionada con ella.

     Otros hallazgos reflejan actividades recreativas y de ocio. En efecto, una ficha de dominó de madera, con remaches de bronce y pintada, evidencia que el repertorio de juegos excedía a los bien conocidos juegos de naipes con frecuencia mencionados en los relatos. Asimismo, se han hallado tinteros de gres o sus fragmentos. Si bien su uso primario se asociaría con tareas administrativas propias de la burocracia militar o de la actividad comercial civil, podrían vincularse también con la escritura por ocio y/o epistolar de parte de la oficialidad, como la que posiblemente desarrolló el propio Gutiérrez durante su estadía en el fuerte.

     Finalmente, el hallazgo de una canica de vidrio y de pequeñas figurinas de porcelana (producidas en países como Alemania, Polonia, Francia, Dinamarca y Suecia a mediados del siglo XIX) remite a la presencia de niños en estos emplazamientos militares (ver Fig. 2.5).

 

DISCUSIÓN

     Como se ha señalado en las páginas precedentes, discordancias evidentes en torno a la vida cotidiana y el abastecimiento de la Frontera Oeste pueden encontrarse al comparar distintas fuentes de información. En el registro escrito encontramos, por un lado, la visión que emana de los documentos oficiales, sustentada tanto en los contratos de provisión y racionamiento, como en los inventarios de bienes diversos, específicamente militares (armamento, uniformes, etc.) o de otros tipos (medicamentos, muebles, implementos agrícolas, etc.), enviados a la Frontera Oeste. Se intenta de manera implícita (aunque a veces también explícita como en las afirmaciones del Ministro de Guerra citadas) mostrar la buena gestión y el correcto funcionamiento del sistema, raramente exponiendo fallas o problemas. Por el otro lado, la literatura testimonial, encarnada en los escritos de Eduardo Gutiérrez, nos presenta el conocido cuadro de las penurias de la vida de frontera, la denuncia de las falencias del sistema de abastecimiento gubernamental y de las injusticias de la vida militar, aunque relatado de una forma humana y personalizada, mediante la inclusión tanto de oficiales renombrados como de soldados y civiles cuasi-anónimos como personajes de sus historias.

     Diversos estudios han llamado la atención sobre el manifiesto político crítico que puede leerse en la obra de Gutiérrez. En efecto, se ha señalado que tanto su disconformidad con la candidatura de Avellaneda (aunque sirvió en las fuerzas leales al gobierno frente a la revolución mitrista que cuestionó dicha candidatura) como su postura porteñista anti-federalización de la ciudad de Buenos Aires en 1880, encontrarían expresión directa en su obra (Chumbita, op. cit.; López Mato, 2020; Rivera, op. cit.; Yunque, op. cit.). Se ha llegado a caracterizar a Gutiérrez como un descontento permanente, un “(o)positor al gobierno de turno”, como señala Melina Yuln (op. cit., p. 113); o incluso como “…un rebelde que protestó en sus trabajos periodísticos contra la defraudación de los ideales de la organización nacional” (Chumbita, op. cit.). En esta línea, algunos autores entienden que Croquis… es no solo una denuncia de las miserias de la vida de frontera, sino también un ataque indirecto a Roca y su política de profesionalización y modernización del ejército “…que apartó a la institución de la entrañable camaradería de la vida militar de antaño, añorada con nostalgia en estos ʻrelatos de milicosʼ, pese a los sinsabores de sus avatares” (Rivera, op. cit., p. 234).

     Otro aspecto de la obra literaria de Gutiérrez que suele generar polémica reside en su veracidad o autenticidad. Como ya se mencionó, se ha cuestionado el rigor histórico de lo afirmado por Gutiérrez de varios de sus personajes, como Juan Moreira, dando origen a intensos debates literario-historiográficos (Chumbita, op. cit.). Se sabe también que personajes como Hormiga Negra o el Tigre del Quequén protestaron por algunas de las características que Gutiérrez les atribuía o hechos que les adjudicaba (Caras y Caretas, 1912; Yunque, op. cit., p. 33)[13]. En cuanto a sus escritos sobre la frontera, es su presencia en el lugar de los hechos y su conocimiento directo de los personajes tratados (“la saturación de lo testimonial” de Rivera [op. cit.], el “oir y ver” de Yunque [op. cit.]), en lo que se apoya para legitimar la autenticidad de sus historias. El adorno, exageración o completa fabulación se agregan sobre ese sustrato, confundiéndose con los hechos y personajes reales, pero manteniendo una plausibilidad que los hace creíbles para los lectores.

     En suma, la intencionalidad de la crítica política y la ficción novelesca agregada a lo vivido pueden teñir la obra de Gutiérrez y, para el caso que aquí interesa, su visión de la frontera, quizás justificando la exageración de los aspectos negativos y más específicamente las penurias y carencias experimentadas por quienes allí sirvieron. Y es aquí donde la contradicción con el registro arqueológico se hace más notable, por cuanto el cuadro que surge de este último difícilmente concuerda con dichas afirmaciones. El abanico de bienes identificados, que no aparecen en los documentos oficiales o en la literatura testimonial, podría llevar a construir una interpretación significativamente distinta de la vida en el FGP de aquella surgida de la literatura testimonial y la historiografía militar tradicional.

     No es este el lugar para abordar las diferencias entre el registro arqueológico y el escrito, ni mucho menos las disputas teóricas y metodológicas surgidas en el seno de la arqueología histórica en relación a ellas. Baste con señalar que el registro arqueológico, por su propia naturaleza, es menos propenso a la manipulación intencional por parte de los actores que lo producen y que, al componerse principalmente de elementos que fueron desechados o bien perdidos accidentalmente o en el curso del desarrollo de distintas actividades, puede reflejar de manera más directa prácticas y acciones cotidianas que raramente encuentran lugar en los relatos testimoniales y memorias individuales o en los informes oficiales de distinto tipo. Sin embargo, el registro arqueológico no es tampoco un reflejo directo de la vida del pasado ya que diversos procesos pre- y postdepositacionales, de carácter tanto natural como antrópico, introducen sesgos en su estructura y composición. Esto es particularmente relevante en el caso del FGP, donde el laboreo agrícola continuo, grandes inundaciones, la intensa acción de animales cavadores y, más recientemente, la acción de expoliadores del patrimonio, impactan en el registro arqueológico a través del retiro y rotura de objetos, y la perturbación de contextos arqueológicos y depósitos estratigráficos (ver Leoni et al., 2018).

     Como se vio, el registro arqueológico del FGP incluye una gama de bienes de distinto tipo que, en conjunto, se aparta de las difundidas visiones de las guarniciones de fronteras remotas y aisladas, carentes incluso de los elementos más básicos. Los hallazgos arqueológicos, por el contrario, indican que los contratos de abastecimiento, así como algunas de las reglamentaciones impulsadas por el gobierno, eran por lo menos flexibles, y que las tropas y habitantes civiles de la Frontera Oeste tenían acceso a una amplia variedad de productos y bienes de consumo, tanto de fabricación nacional como importados, que complementaban a los suministros y raciones provistas por el estado. Tres factores pueden haber influido decisivamente en el caso del FGP para generar un registro material tan rico y variado: 1) las pulperías y comercios asentados en las cercanías del fuerte, donde, presumiblemente, muchos de los productos hallados podían adquirirse (bebidas alcohólicas y no alcohólicas, vajillas de loza y metal; productos de tocador e higiene personal; ropa; entre otros [Mayo et al., op. cit.; Wibaux, op. cit.]); 2) la presencia del hospital y farmacia, responsables de una variedad de envases de productos medicinales; 3) los equipajes privados de los oficiales, que tal vez incluyesen productos de tocador y medicinales de uso personal, así como vajillas y otros enseres, acordes con costumbres urbanas y que reflejaban su origen de clase y status.

     Hay que señalar que esta situación identificada en el FGP es compatible con estudios historiográficos y arqueológicos recientes acerca de la vida en la campaña y frontera bonaerenses durante el siglo XIX (e.g. Brittez, op. cit.; Mayo et. al., op. cit.; Wibaux, op. cit.). En efecto, estos trabajos dan cuenta de un dinámico proceso de modernización, transformación y creciente refinamiento del ámbito rural durante dicha centuria, y especialmente a partir de mediados de la misma, que implicó importantes cambios en la dieta, la forma de cocinar y servir la comida, la vestimenta, las prácticas de higiene personal, la cultura material empleada tanto en actividades cotidianas como para la expresión de diferencias de clase y status, entre otros aspectos, conformando en conjunto una estructura de consumo “…mucho más rica y compleja de lo que se suponía: no sólo en contraste con las lecturas de la literatura costumbrista y los relatos de cronistas, sino también de parte de la historiografía contemporánea” (Mayo et al., op. cit., p. 261). La creciente disponibilidad de productos importados se destaca en este proceso, señalando una incorporación clara de estos ámbitos rurales y fronterizos en los circuitos comerciales del mundo contemporáneo. En otras palabras, incluso los márgenes de un estado-nación incipiente como era la República Argentina en la década de 1870 estaban ya firmemente integrados en la economía del sistema mundo. Adicionalmente, la cultura material desplegada en ámbitos rurales y de frontera contribuyó a crear nuevos sujetos, acordes a la modernidad capitalista que se imponía crecientemente reemplazando a las formas de vida rurales más tradicionales (Brittez, op. cit.; Leone, Potter y Shackel, 1987). Misma cultura material que, a la vez, permitía a estos sujetos construir y proyectar intencionadamente sus identidades de clase y status, selectivamente diferenciándose de y/o asemejándose a grupos de pertenencia determinados. La investigación arqueológica tiende a revelar que esta situación general tuvo también su replicación en el ámbito militar fronterizo, siendo guarniciones importantes como el FGP escenarios donde estos procesos generales también hallaron su expresión. Entonces, la diversidad de materiales arqueológicos hallados podría estar reflejando una compleja dinámica social, describiendo un cuadro que pone a prueba la promocionada (y romántica) idea de la hermandad en la penuria, compartida por todos los residentes de las guarniciones fronterizas, de los relatos testimoniales. Lejos de ello, esta diversidad material podría reflejar distinciones de jerarquía y status bien consolidadas, expresadas materialmente en un consumo que marcaba las diferencias de clase entre los diversos ocupantes de esta guarnición, algo que la narrativa testimonial de Gutiérrez habría soslayado, intencionadamente o no.

    

CONSIDERACIONES FINALES

     El estudio de las características de la organización y funcionamiento de una instalación militar de frontera como el FGP enfrenta el desafío que plantea la variedad de fuentes de información disponibles y, especialmente, las discordancias que surgen al contraponerlas. Como se vio, la visión testimonial no puede tomarse como evidencia histórica irrefutable, aunque aporta humanidad y un atractivo literario indiscutible a cualquier caracterización de la vida en una guarnición fronteriza como el FGP. Los reportes oficiales, por su parte, proporcionan información importante acerca del racionamiento con una pretensión de objetividad que trasmite la idea de un sistema en buen funcionamiento, escondiendo potenciales falencias en el abastecimiento de las guarniciones fronterizas. Cabe resaltar que la historiografía del FGP ha estado tradicionalmente basada en este tipo de fuentes (e.g. Lobodón Garra, 1969; Sigal, 2019; Sigwald Carioli, op. cit.) y por ello no escapa a las limitaciones que estos registros escritos pueden plantear. La investigación arqueológica, por su parte, introduce tensión en estas narrativas surgidas de las fuentes escritas, presentando una situación más compleja e incluso potencialmente desacreditando algunas visiones idealizadas que emanan del relato testimonial sobre todo. El cuadro que produce la arqueología pone en cuestión la idea de penurias y carencias constantes, al presentar una plétora de productos de todo tipo a los que la guarnición habría tenido acceso. Más aún, los materiales arqueológicos indicarían, por su variedad de costo y calidad, que posiblemente existían diferencias en el acceso a y consumo de estos productos, reflejando tal vez diferencias de clase y status bien marcadas en el seno de la guarnición y cuestionando la hermandad en la pobreza descrita por Gutiérrez. En todo caso, esto demuestra que resulta indispensable un abordaje que combine fuentes de distinto tipo que se vinculen y cuestionen entre sí para producir una narrativa más compleja y matizada, sacando partido, de esta manera, de la capacidad única que posee la arqueología histórica de acceder simultáneamente a múltiples tipos de evidencia acerca de los mismos procesos y/o eventos del pasado (Deagan, 1982).

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Acedo, T. (2008). Informe de lozas del Fuerte General Paz. Informe inédito, Carlos Casares.

Acosta, M. (2016). La frontera sur a dos voces: Eduardo Gutiérrez y Teófilo Gomila. QueHaceres, 3, 46-57.

Archivo de Nueve de Julio. Comandancia de la Frontera Oeste. Correspondencia con la corporación municipal 1866-1872. Nueve de Julio, Buenos Aires.

Archivo de Nueve de Julio. Juzgado de Paz 1874-1876. Nueve de Julio, Buenos Aires.

Bagaloni, V. y Pedrotta, V. (2018). Frontiers and Fortlets in the Pampa Region, Argentina. Historical Archaeology, 52(2), 348-371.

Barros, A. (1975) [1872]. Fronteras y territorios federales de las pampas del sur. Buenos Aires: Solar Hachette.

Brittez, F. (2000). La comida y las cosas: una visión arqueológica de la campaña bonaerense de la segunda mitad del siglo XIX. En Mayo, C. (Ed.), Vivir en la frontera. La casa, la dieta, la pulpería, la escuela (1770-1870) (pp. 169-199). Buenos Aires: Biblos.

Caras y Caretas. (1912). N°725. Buenos Aires.

Chernoviz, P. L. (1902). Guía Médica. Cuarta Edición. París: Librería de A. Roger y F. Chernoviz.

Chumbita, H. (1996). Nueva visión de Juan Moreira. Todo es Historia, 346. Recuperado de: http://hugochumbita.com.ar/index.php/2-uncategorised/52-nueva-vision-de-juan-moreira   

Daza, J. (1978) [1908]. Episodios militares. Buenos Aires: Eudeba.

Deagan, K. (1982). Avenues of Inquiry in Historical Archaeology. Advances in Archaeological Method and Theory, 5, 151-177.

Diario La Patria (1868). Año I, n°3, 6 de mayo de 1868. Buenos Aires.

Fotheringham, I. (1970) [1909]. La vida de un soldado o reminiscencias de las fronteras. Buenos Aires: Círculo Militar.

García, R. (1881). El Arte de Fumar. Tabacología Universal. París: Libreria Española de Garnier Hermanos.

Gómez Romero, F. (1999). Sobre lo arado: el pasado. Arqueología Histórica en los alrededores del Fortín Miñana (1860-1869). Azul: Biblos.

Gutiérrez, E. (2001) [1886]. Croquis y siluetas militares. Escenas contemporáneas de nuestros campamentos. Buenos Aires: Emecé.

Hernández, A., Tamburini, D. y Leoni, J. B. (2018). Estudio zooarqueológico en un emplazamiento militar de la Frontera Oeste: el Fortín Algarrobos (Partido de Carlos Casares, Buenos Aires). Revista de Arqueología Histórica Argentina y Latinoamericana, 12, 616-643.

Landa, C., Spota, J. C., Martínez, A. y Montanari, E. (2008). Vices Are Not What They Used To Be: The Archaeological Importance of the Term “Vices” in Argentinean Historical Military Documents of the Second Half of the Nineteenth Century. International Journal of Historical Archaeology, 12, 263–273.

Langiano, M. C. (2014). Documentos y registro arqueológico en sociedades de frontera. La Pampa bonaerense entre 1850 y 1890. Tesis Doctoral, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Olavarría.

Leone, M. P., Potter, P. B. y Shackel, P. A. (1987). Toward a Critical Archaeology. Current Anthropology, 28(2), 283-302.

Leoni, J. B. (2009). Armar y vestir al ejército de la Nación: los artefactos militares del Fuerte General Paz (Carlos Casares, Buenos Aires) en el marco de la construcción del estado nacional y la guerra de frontera. Intersecciones en Antropología, 10, 167-182.

Leoni, J. B. y Acedo, T. (2019). Hebillas militares del Fuerte General Paz (Carlos Casares, Buenos Aires): un abordaje histórico y arqueológico de su variedad formal e iconográfica. Revista de Antropología del Museo de Entre Ríos, 5(2), 40-54.

Leoni, J. B., Tamburini, D., Acedo, T. y Scarafía, G. (2007). De balas perdidas y vidrios rotos: distribución espacial de artefactos superficiales en el Fuerte General Paz (1869-1876). Revista de Arqueología Histórica Argentina y Latinoamericana, 1, 29-64.

Leoni, J. B., Tamburini, D., Acedo, T. y Scarafia, G. (2018). Revisitando el Fuerte General Paz (1869-1876): el valor del registro arqueológico superficial para la interpretación de su organización espacial. Revista de Arqueología Histórica Argentina y Latinoamericana, 12(2), 33-65.

Lobodón Garra. (1969). A sangre y lanza. O el último combate del capitanejo Nehuén. Tragedia e infortunio de la epopeya del desierto. Buenos Aires: Anaconda.

Lojo, M. R. (2005). Estudio preliminar. En Prado, M. Conquista de La Pampa. Cuadros de la guerra de frontera (pp. 9-40). Buenos Aires: Taurus.

López Mato, O. (2020). Eduardo Gutiérrez. Historia Hoy. Recuperado de:

https://www.historiahoy.com.ar/eduardo-gutierrez-n1090

López-Trabada Gómez, J. R. y Arriazu, P. (2000). El alcohol como agente terapéutico a través de la historia. Congreso Virtual de Psiquiatría 1 de Febrero al 15 de Marzo de 2000. Recuperado de:

http://www.psiquiatria.com/congreso/mesas/mesa34/conferencias/34_ci_j.htm
Luqui-Lagleyze, J. (1995). Del morrión al casco de acero. Los cuerpos militares en la historia argentina. Organización y Uniformes 1550-1950. Buenos Aires: Instituto Nacional Sanmartiniano, Comisión Argentina de Historia Militar y Fundación Mater-Dei.

Mayo, C. (2000). Conclusiones. Vivir en la frontera. En Mayo, C. (Ed.), Vivir en la frontera. La casa, la dieta, la pulpería, la escuela (1770-1870) (pp. 161-168). Buenos Aires: Biblos.

Mayo, C., Fernández, A., Cabrejas, L., Duart, D., Bustamante, J., Carrera, J., Virgili, D. y Wibaux, M. (2005). El ejercicio del comercio minorista rural: Cambios y continuidades en las prácticas mercantiles. Buenos Aires, 1760 – 1870. Anuario IEHS, 20, 239-262.

Memorias de Guerra y Marina. (1870-1877). Buenos Aires: Ministerio de Guerra y Marina.

Merlo, J. y Tamburini, D. (2018). Análisis preliminares del registro arqueofaunístico en el Fuerte General Paz (Partido de Carlos Casares, Provincia de Buenos Aires). Revista de Arqueología Histórica Argentina y Latinoamericana, 12, 733-759.

Ministerio de Guerra, Legajo Personal 5894, Eduardo Gutiérrez. Buenos Aires.

Niebla, K. (2019). Un ritual en peligro. Tras las huellas de la Hesperidina, una bebida porteña de 150 años que aún es codiciada. Diario Clarín, 22 de marzo de 2019. Recuperado de: https://www.clarin.com/ciudades/huellas-hesperidina-bebida-portena-150-anos-despues-vuelve-tomarse-bares_0_h2r_ST2I2.html

Olascoaga, M. (1940). La conquista del desierto. Estudio topográfico de La Pampa y Río Negro. Buenos Aires: Comisión Nacional Monumento al Teniente General Roca.

Olmedo, E. (2009). Militares e frontera. Fuertes, ejércitos y milicias en la frontera sur de Córdoba. 1852-1869. Río Cuarto: Universidad Nacional de Río Cuarto.

Olmedo, E. (2010). La historiografía militar de frontera. Sociedades de Paisajes Áridos y Semi-Áridos (UNRC), II(II), 61-74.

Pechmann, G. (1980) [1938]. El campamento 1878: Algunos cuentos históricos de fronteras y campañas. Buenos Aires: Eudeba.

Pineau, V. y Landa, C. (2009). Confieso que he bebido… Comparación de dos Fortines de La Frontera Sur en relación con la provisión y el consumo de bebidas alcohólicas (1860-1885). Arqueología Suramericana, 5, 138-152.

Prado, M. (1979) [1907]. La guerra al malón. Buenos Aires: Eudeba.

Prado, M. (2005) [1935]. Conquista de la Pampa. Cuadros de la guerra de frontera. Buenos Aires: Taurus.

Racedo, E. (1965) [1879]. Memoria militar y descriptiva de la 3 división Expedicionaria. Buenos Aires: Plus Ultra.

Rivera, J. (1967). EI folletín: Eduardo Gutiérrez. En Historia de la literatura argentina. Cáp. 32. (pp. 217-240). Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.

Saldías, A. (1912), Los números de línea del Ejército Argentino (Resumen histórico), Tomo Segundo. Buenos Aires: Talleres Gráficos-Arsenal Principal de Guerra.

Sigal Fogliani, R. (2019). El Fuerte Paz en la Campa al Desierto. Buenos Aires: Argentinidad.

Sigwald Carioli, S. (1981). Fuerte General Paz. Comandancia de la Frontera Oeste. Carlos Casares: Centro Cultural José Ingenieros.

Tamburini, D., Acedo, T., Scarafia, G. y Leoni, J. B. (2020). Uma aproximação ao conjunto vítreo de recipientes de medicina e de toucador do forte General Paz, distrito de Carlos Casares, província de Buenos Aires, Argentina”. Fazendo Antropologia no Alto Solimões. Contextos amazônicos e Pesquisas interdisciplinares, 29, 29-56.

Tapia, A. y Pineau, V. (2004). Materiales vítreos y patrones de descarte diferencial. Comparación entre una ocupación aborigen y otra militar de fines del siglo XIX. En Martínez, G., Gutiérrez, M., Curtoni, R., Berón, M. y Madrid, P. (Eds.), Aproximaciones contemporáneas a la arqueología pampeana. Perspectivas teóricas, metodológicas, analíticas y casos de estudio (pp. 387-402). Olavarría: Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires.

Thill, J. P. y Puigdomenech, J. A. (2003). Guardias, fuertes y fortines de la Frontera Sur. Historia, antecedentes y ubicación catastral. Tomos I y II. Buenos Aires: Edivern.

Viñas, D. (2003). Indios, ejército y frontera. Buenos Aires: Santiago Arcos.

Yuln, M. (2010). Eduardo Gutiérrez y la frontera: un recorrido por los fortines y los toldos.

Sociedade e cultura, 13(1), 111-116.

Yunque, A. (1956). Estudio preliminar. En Gutiérrez, E., Croquis y siluetas militares. Escenas contemporáneas de nuestros campamentos (pp. 7-40). Buenos Aires: Hachette.

Wibaux, M. (2004). Del mostrador a la mesa rural: Los hábitos alimenticios cotidianos en la campaña bonaerense (1760-1870). Tesina de Licenciatura, Departamento de Historia, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata.

 

NOTAS



[1] Sin embargo, se supone que comenzó a escribirse a principios de la década de 1880, “…a partir del episodio Las Tortas Fritas, en el cual se menciona que ya “han pasado siete años” de aquellos tiempos de ʻservicio de fronterasʼ…” (Acosta, 2016, Nota 7).

[2] “La guarnición del Fuerte General Paz fue la más respetada por los indios, que desde entonces no quisieron tratar sino con este jefe” (Gutiérrez, 2001, p. 76).

[3] “Como jefe, en el servicio y fuera de él, ha sido siempre el mejor amigo de sus subalternos, quienes jamás encontraron cerrada su puerta para pedir una justa reparación. Magnánimo y bueno, fue siempre enemigo de los castigos brutales aplicados a la tropa, que tuvo siempre en él un protector y padre” (Gutiérrez, op. cit., p. 72).

[4]  Por ejemplo, menciona a “…la mujer del sargento Romero y la mujer del trompa Martinone, conocida como Martineta” (Gutiérrez, op. cit., p. 31) y a “Mama Carmen”, “la negra Juana”, “la trenzadora” y “la Siete Ojos” (ibid., p. 271).

[5] Sin embargo, en al menos una ocasión, la comandancia de la Frontera Oeste parece haber intentado castigar este tipo de abusos. Así, en carta al Juez de Paz de Nueve de Julio del 27 de mayo de 1872, se informaba que se había multado a dos vivanderos, Bernardo Crucelli y Pedro Leirtigo, por vender mercaderías a precio mayor al estipulado o por no dar “el peso a medida completa” (Archivo de Nueve de Julio. Comandancia de la Frontera Oeste. Correspondencia con la corporación municipal 1866-1872, p. 247).

[6] Estos contratos duraban un año y se pagaban multas si no se cumplían, equivalentes al 10% del valor del artículo no entregado. Asimismo, si los artículos no eran de la calidad estipulada, el jefe de frontera estaba facultado para comprar a particulares, haciéndose cargo el proveedor de cualquier diferencia de precio (MGM, 1872, Anexo E. Memoria de la Comisaría de Guerra). Esto ocurrió en mayo de 1873 cuando, ante el incumplimiento del contrato de provisión, el comandante del FGP compró reses a los vecinos de la zona mediante órdenes de pago a costa del proveedor oficial; este último rehusó reconocer dichos pagos, obligando a los vecinos a iniciar acciones legales (Sigwald Carioli, 1981, p. 94).

[7] Sin embargo, un año antes el propio Gainza reconocía dificultades en la implementación de este sistema, aunque argumentaba se habían superado: “Arreglado y en ejecucion hoy, un sistema sencillo y uniforme, la distribucion de viveres y raciones de entretenimiento se hace simultáneamente en toda la República, y la contabilidad es tan perfecta que al hacer la confrontacion de las revistas de Comisario y relaciones de consumo, se nota sin dificultad el exeso ó falta de diez raciones en treinta mil” (MGM, 1873, p. XXXVI-XXXVII).

[8] El tabaco era consumido de forma recreativa, pero como muchos otros productos, podía acarrear también un uso medicinal, para combatir la fatiga, el dolor de cabeza, el reuma, las lombrices, dolor de muelas, como purgante, mejorar la vista, contra el asma, entre otros propósitos (Chernoviz, 1902; García, 1881).

[9] Según el coronel Boer, el hospital y la botica o farmacia se localizaban en un edificio de ladrillos de adobe y piso de material (se refiere posiblemente a ladrillos cocidos), de 20 m de largo por 6 de ancho, con dos puertas, una ventana de vidriera y dos de ventilación, y con una chimenea en cada mojinete (MGM, 1870, p. 179).

[10] También se hallaron numerosos fragmentos de loza blanca que presumimos podrían corresponder a partes del cuerpo y tapa de potes medicinales y de polvo dental, así como fragmentos de un mortero de uso medicinal.

[11] Técnicamente, se trata de elementos fabricados en vidrio de plomo y vidrio decolorado, mediante soplado y prensado en molde, de circulación común en el período 1830-1860.

[12] Se caracterizaban por estar impresos con motivos iguales a la tela de la prenda y datan de 1850 en adelante.

[13] En este sentido, Guillermo Hoyo, alias Hormiga Negra, expresó: “Pero, amigo, ya sabemos lo que son novelas… y lo que son cuentos. Ustedes los hombres de pluma, lo meten no más, inventando cosas que interesen, y que resulten lindas. Y el gaucho se presta pa todo. Después que ha servido de juguete á la polesía lo toman los literatos para contar d'el á la gente lo que se les ocurre” (Caras y Caretas, 1912, n°.725).

Enlaces refback

  • No hay ningún enlace refback.


Copyright (c) 2022

 -----------------------------------------------------------------------------------------

La Revista TEFROS es una publicación del Taller de Etnohistoria de la Frontera Sur, © 2004 TEFROS.  ISSN 1669-726X / CDI 30-70855355-3 / Registro de la Propiedad Intelectual Nº 617309

Dirección postal: Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Río Cuarto. Enlace ruta 36 km 601  - 5800 – Río Cuarto, Argentina.

Correo electrónicortefros@gmail.com

Página web http://www2.hum.unrc.edu.ar/ojs/index.php/tefros/index

        

 

La Revista TEFROS sostiene su compromiso con las políticas de Acceso Abierto a la información científica, al considerar que tanto las publicaciones científicas como las investigaciones financiadas con fondos públicos deben circular en Internet en forma libre, gratuita y sin restricciones.

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-Compartir Igual 4.0 Internacionalhttps://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/

 

Indizaciones y Directorios