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Resistencia y rebelión en San Jerónimo del Sauce (1836-1838): Una aproximación a la sociedad abipona de la época, de Aldo Gastón Green,

Revista TEFROS, Vol. 19, N° 1, artículos originales, enero-junio 2021: 88-111. En línea: enero de 2021. ISSN 1669-726X

 

 

Cita recomendada:

Green, A., Resistencia y rebelión en San Jerónimo del Sauce (1836-1838): Una aproximación a la sociedad abipona de la época,  Revista TEFROS, Vol. 19, N° 1, artículos originales, enero-junio 2021: 88-111.

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Resistencia y rebelión en San Jerónimo del Sauce (1836-1838): Una aproximación a la sociedad abipona de la época

 

Resistance and revolt in San Jerónimo del Sauce between 1836 and 1838. A closer look at the Abipón communities of the time

 

Resistência e rebelião de San Jerónimo del Sauce (1836-1838): Uma aproximação à sociedade abipona da época

 

                                                                                                  Aldo Gastón Green

                                                                        Facultad de Humanidades y Ciencias,

                                                                      Universidad Nacional del Litoral, Argentina

 

Fecha de presentación: 22 de abril de 2020

Fecha de aceptación: 19 de diciembre de 2020

 

RESUMEN

     En 1836 un grupo de indígenas abipones abandonó la reducción de San Jerónimo del Sauce, ubicada 40 km al oeste de la capital provincial santafesina, en la que hasta entonces se habían mantenido en paz. Poco después se sumaron a estos primeros alzados otros que habían sido encarcelados y que huyeron cuando estaban a punto de ser fusilados. En este trabajo se procura analizar estos sucesos, cuyo abordaje resulta relevante para el estudio del entramado de relaciones entabladas entre los indígenas y la sociedad criolla en el norte provincial durante la primera mitad del siglo XIX. Se presta especial atención a la dinámica propia de la sociedad abipona, a sus orientaciones culturales y a las relaciones interétnicas establecidas en el frente chaqueño, porque se consideran claves para la comprensión de las características y resultados del conflicto.

Palabras clave: sociedad indígena; relaciones interétnicas; resistencia.

 

ABSTRACT

     By 1836, a group of Abipón natives left San Jerónimo del Sauce reduction. This Jesuit mission was settled about 25 miles in the west of Santa Fe, Capital of Santa Fe Province, where they had lived in peace until then. Later on, others followed. These rebels had been incarcerated, and they barely escaped a shooting squad. The approach to this work is relevant in that it aims at studying these events and the social structure of the relationships established between the natives and the Criollos in the northern region of Santa Fe province, during the first half of the 19th Century. Particularly, it focuses on the dynamics of the Abipón community, on their cultural practices, and on the interethnic bonds forged along the Chaco frontline, since they are deemed essential for understanding the characteristics and the outcome of the conflict.

Keywords: indigenous society; interethnic relations; resistance.

 

RESUMO

     Em 1836, um grupo de indígenas abipones abandonou a redução de San Jerónimo del Sauce, aldeamento distante 40 km ao oeste da capital da província de Santa Fe, onde eles habitavam em paz. Pouco tempo depois, a esses primeiros fugidos juntaram outros que tinham conseguido escapar da cadeia pouco antes de serem fuzilados. O intuito deste trabalho é analisar esses acontecimentos, cuja abordagem é significativa para o estudo da teia de relações estabelecidas entre os indígenas e a sociedade criolla do norte da província, durante a primeira metade do século XIX. Merecem especial atenção a dinâmica própria da sociedade abipona, suas marcas culturais, e as conflituosas relações interétnicas na zona do Chaco, dado que são consideradas chaves para a compreensão das características e das consequências do conflito.

Palavras-chave: sociedade indígena; relações interétnicas; resistência.

 

INTRODUCCIÓN

     Tras los acuerdos establecidos entre grupos de indígenas abipones y el gobernador de Santa Fe, Estanislao López, en 1824, los primeros se asentaron pacíficamente en la nueva reducción de San Jerónimo del Sauce, ubicada 40 km al oeste de la capital provincial. El abandono de la misma en 1836 por un grupo de abipones, a los que posteriormente se sumaron otros que habían sido encarcelados y huyeron cuando estaban a punto de ser fusilados, puso en vilo a las fuerzas militares provinciales, presentando -según el gobernador delegado Cullen- una amenaza para la frontera y para todo el sistema de reducciones del norte. Estos sucesos, cuyo abordaje resulta relevante para el análisis del entramado de relaciones entabladas entre los indígenas y la sociedad criolla en el norte santafesino durante la primera mitad del siglo XIX, sólo han sido objeto de algunos párrafos en la historiografía provincial (Cervera, 1982; Lassaga, 1988; Aleman, 1994) y en estudios generales referidos a esas relaciones en el actual territorio argentino (Círculo Militar, 1974; Martínez Sarasola, 2005). Referencias a estos incidentes pueden encontrarse además en los apuntes de Urbano de Iriondo (1968), cronista que incurre en algunas inexactitudes.

     Aquí procuraremos analizar este conflicto prestando especial atención a la dinámica propia de la sociedad abipona y a sus orientaciones culturales; lo que, sumado a las relaciones interétnicas establecidas en el frente chaqueño, consideramos clave para la comprensión de sus características y resultados. Nos basaremos para ello en la amplia documentación existente en el Archivo General de la Provincia de Santa Fe (AGPSF) que refiere a la sublevación del Sauce, como: las comunicaciones entre los gobernadores de Santa Fe y Corrientes, entre el gobernador delegado Cullen y Estanislao López, los partes militares, y otros documentos de Archivo de Gobierno y Contaduría.

     Intentaremos, en primer lugar, realizar una aproximación a los rasgos propios de la organización sociopolítica de los abipones en épocas anteriores a su asentamiento en el Sauce, aspecto que para el siglo XVIII ha sido ampliamente estudiado por Lucaioli (2005, 2011). En segundo lugar, consideraremos las circunstancias que los llevaron a su reducción en ese punto, para luego analizar la forma en que se fue desarrollando el conflicto de 1836-1838.

 

UNA SECULAR RESISTENCIA AL DOMINIO HISPANO-CRIOLLO.

     La interrogación por la etnogénesis de los abipones y la exploración de sus posibles vínculos con el proyecto colonial, como han sido planteados para otros casos y otros espacios (Boccara, 1999, 2002), o con procesos precolombinos, excede a este trabajo. Solo constataremos que en los siglos XVIII y XIX, los abipones se autorreconocían como tales (Dobrizhoffer, 1967; Green, 2018). Su nombre aparece consignado por primera vez en un documento vinculado a la población de Concepción del Bermejo (Maeder, 1985), fundada a fines del siglo XVI en el corazón del territorio chaqueño, donde se los ve resistiendo a los intentos de sujeción por parte de los españoles. Tras la obtención del caballo, lo utilizaron a inicios del siglo XVII para hostigar, coaligados con otros indígenas, a dicha ciudad, provocando su despoblamiento. Su uso aumentó su eficacia militar y permitió su despliegue en un extenso radio (Kersten, 1968; Radin, 1948; Socolow, 1987). Durante los dos siglos siguientes, no solo lograron conservar su independencia, sino que lanzaron contra los hispano-criollos frecuentes ataques que, a comienzos del siglo XVIII, incluso pusieron en jaque al amplio arco fronterizo formado por las ciudades de Santiago del Estero, Córdoba, Santa Fe, Corrientes y Asunción (Dobrizhoffer, op cit.). Sin desconocer las discusiones en torno al significado de la práctica guerrera para los abipones del siglo XVIII, abordadas por Lucaioli (2011), ni pretender ahondar en esta compleja cuestión, señalaremos aquí que luchar contra los españoles y otros pueblos indígenas era, en alguna medida durante dicho siglo, un mandato cultural. En su mito de origen decían que al ser creados, los españoles habían recibido vestidos y riquezas, en tanto que para ellos solo había quedado reservado el valor (Furlong Cardiff, 1938). De esta manera fue procesada la presencia del poderoso enemigo presentando como aparente su superioridad en bienes y tecnología al confrontarla con la valentía abipona; legitimando al mismo tiempo y de manera implícita, la violencia como vía para procurarse los nuevos bienes. La existencia de un mito de la creación similar entre los kadiuéu o mbayas, pertenecientes a la misma familia lingüística que los abipones (Green, 2005 a), en el que no se menciona a los españoles sino a otros grupos indígenas vecinos a quienes los mbayas, por ser los más valientes de la tierra, tenían derecho a atacar (Ribeiro, 1950), sugiere que estos pudieron ser incorporados tras su aparición en el Chaco en una cosmovisión previamente orientada a la guerra. Por otro lado, tal vez pudiera hallarse alguna analogía entre la relación descripta para abipones y mataras a inicios del siglo XVII y la que, entre los mbayas y sus vecinos chanés advertía ya Schmidel a comienzos del siglo XVI, traduciéndola a partir de sus categorías europeas de señores y vasallos (ibid.).

     Quienes participaban en la guerra eran, a mediados del siglo XVIII, los oelakiraik guerreros (Dobrizhoffer, op cit.) pero solo los que se destacaban en la misma podían llegar a formar parte de los höcheris, categoría de guerreros que gozaban de celebridad y de prestigio no hereditario, o ser elegidos como nelareyrat caciques (ibid.). Aunque social y culturalmente importante, la condición de guerrero no era el requisito exclusivo para acceder al liderazgo. Debían sumarse otras cualidades como la generosidad y elocuencia (Lucaioli, 2005, 2011) y para la misma época se señala la existencia de cacicas mujeres (Furlong Cardiff, op cit.; Lucaioli, 2005).

     Cada cacique o cabecilla desplegaba su ascendiente sobre un grupo local o banda compuesto por varios núcleos familiares-domésticos generalmente emparentados entre sí, que residían juntos. Con un número variable de integrantes, que parece no haber superado el de 20 guerreros1, estas bandas solían a su vez aliarse formando unidades más amplias bajo la influencia del cabecilla de alguna de ellas que se tornaba en cacique principal o general, y a las que nos referiremos con el término tribu. Los líderes abipones actuaban como representantes y portavoces de sus grupos ante los extraños –encabezándolos fundamentalmente en la guerra– y como influyentes al interior de los mismos, pero carecían del poder de mando (Dobrizhoffer, op cit.; Lucaioli, 2005), lo que se corresponde con las características señaladas para las sociedades igualitarias (Service, 1984) o indivisas (Clastres, 1996).

     Las luchas intraétnicas, de las que los escritos jesuitas del siglo XVIII ofrecen innumerables ejemplos, muestran la posibilidad del enfrentamiento entre bandas previamente aliadas. Por otro lado, aunque los integrantes de estas eran, en alguna medida, parientes entre sí, estos vínculos atravesaban los límites de los grupos locales y hay indicios de que ofrecían opciones al momento de definir las lealtades individuales. Dobrizhoffer registra el caso de Kepakainkin que vivía en el campamento de Oaherkaikian, con cuya hermana era casado. La banda de este respondía, a su vez, a la influencia de Debayakainkin, enemigo de Ychoalay con quien vivían los hermanos de Kepakainkin. Cuando este se enteró que Ychoalay atacaría a Oaherkaikian abandonó amigablemente el campamento con su esposa y se instaló junto al primero, ayudándolo incluso en su ataque. La condena general que pesaba sobre Kepakainkin a partir de este incidente, por haber dejado su banda de residencia a favor de la banda en que se encontraban sus hermanos, podría sugerir la violación de una regla, pero no hay investigaciones sobre este aspecto (Dobritzhoffer, op cit.).

     Si la guerra fue, según aludimos, la modalidad dominante del contacto entre los abipones y la sociedad hispano criolla durante el siglo XVIII, también se dieron vínculos pacíficos y de intercambio (Lucaioli, 2005, 2011). Desde mediados del mismo, por otro lado, la mayor parte de ellos se asentó en reducciones. El establecimiento en estas formó parte de una estrategia que les facilitó el acceso a ciertos bienes occidentales, les proporcionó resguardo frente a las expediciones militares de los españoles en Chaco y les permitió contar con el apoyo de estos en las luchas interétnicas e intraétnicas, conservando al mismo tiempo su autonomía.

     En las reducciones llegaron a convivir grupos numerosos de abipones, y algunos individuos prestigiosos intentaron consolidar sus posiciones dotándolas de una autoridad real (Paz, 2005 a, 2005 b); centralización y fortalecimiento del liderazgo que Lucaioli, con quien coincidimos, no ve como un fenómeno general (Lucaioli, 2011). La segmentación y los liderazgos laxos continuaron siendo la pauta dominante.

 

DE SAN JERÓNIMO DEL REY A SAN JERÓNIMO DEL SAUCE

     Aun con el número de sus habitantes disminuido, sea por el retorno de bandas a los montes, o por los estragos de las luchas inter e intraétnicas, las reducciones abiponas continuaron pobladas hasta la segunda década del siglo XIX, período durante el cual algunos grupos se involucraron en las luchas civiles de la sociedad criolla. Los de San Jerónimo del Rey (actual localidad de Reconquista) se sumaron a la hueste de Artigas, pasando muchas familias a Entre Ríos y la Banda Oriental. Los que quedaron en la misión sufrieron, en marzo de 1818, un ataque de los tobas del que escaparon con vida sólo unos pocos (Cuadernos documentales, 1956). Tras el retorno al Chaco del grueso de la tribu, sin embargo, lograron recuperarse y el 24 de febrero de 1822 reaparecieron lanzando, sobre la provincia de Corrientes, un ataque en el que tomaron parte cerca de 300 lanceros encabezados por Benavides, Agustín Crespo, Patricio Ríos y Naré (Círculo Militar, op cit.). La presencia de este último, cacique de los abipones garceros, en la coalición indica que no solo estaban representados los del Rey, en tanto que el elevado número de indios de pelea señala, según lo dicho sobre la conformación y tamaño de las bandas, que debieron participar varias de estas con sus cabecillas particulares, siendo los nombrados solo los caciques principales. Los acontecimientos posteriores, precisamente, permiten observar los movimientos y reagrupamientos de las mismas, la política que seguían frente a los gobiernos provinciales y los efectos que tuvo la cambiante relación de fuerzas dentro del Chaco sobre ésta.

     En 1822, los abipones firmaron con Corrientes un tratado en pie de igualdad, en el que se puso de manifiesto el poder de negociación que aun conservaban. La paz duró poco y el 9 de octubre de 1824 debió concertarse un nuevo pacto en el Paso del Rubio. Tras haber atacado con éxito las costas correntinas ese mismo año, los abipones se dispusieron, sin embargo, a negociar por separado con esa provincia y la de Santa Fe para formar reducción y obtener, de ambos gobiernos, las ventajas que esto significaba. La política indígena no respondía simplemente a la presión ejercida por la sociedad criolla y, en esta ocasión, se mostraron más dispuestos a aceptar condiciones y un acuerdo desigual, lo que se debió sin duda a que en el Chaco estaban siendo “…acosados de los montaraces qe. no les dan sol, ni sombra” (AGPSF. A de G, T 3 ½, f. 47). La alianza de los indígenas del Rey con los garceros se había disuelto y el apremio por lograr el convenio a causa de la presión que sobre ellos estaban ejerciendo los montaraces, sumado a la política del gobernador correntino, hicieron fracasar sus planes iniciales, contribuyendo al distanciamiento de las distintas bandas entre sí. En efecto, el gobernador de Corrientes comprometió a los caciques firmantes del pacto del Rubio (José Ignacio Benavides, Francisco Cira, y Lorenzo Benavides) a perseguir a Patricio Ríos que no se había avenido al tratado y que según el plan original había propuesto la paz a la provincia de Santa Fe, solicitando se le entregaran caballos para destruir a los montaraces. En varias notas enviadas a su par de Santa Fe, el gobernador Blanco intriga retrasando la entrega de los mismos a pesar de los deseos del propio Estanislao López, que también tenía intereses ocultos. El propio gobernador correntino celebra en una nota que López practique

 

…el sistema de fomentar la guerra recíproca entre ellos, que es el medio eficaz de contenerlos y de libertar á las Provincias de las invasiones que tanto las perjudican” y le dice apoyar “…las dóbles miras con que V. S. me instruye del fin y objeto que justamente le inspiró el proyecto de auxiliar a Patricio… (AGPSF. A de G, T 3 ½, f.49)

 

En los primeros días de enero de 1825, los caballos aún no habían sido entregados y los acontecimientos se precipitaron. Desde Goya, Lorenzo Benavides difundió entre los adherentes de Ríos la noticia de que los correntinos habían matado a sus dos emisarios, lo que enardeció los ánimos y el deseo de venganza. Quizá buscando ganar tiempo para no malograr la negociación, éste logró convencer a sus compañeros de marchar primero contra los montaraces, desviando su enojo en esa dirección. El resultado, comunica el nuevo gobernador correntino al de Santa Fe, fue que pereció con la mayoría de los suyos en un combate el 6 de enero de 1825 en “…circunstancias en qe. era considerado falto de todos los menesteres pa. abrir la Campaña” (AGPSF. A de G, T 3 ½, f. 344). Patricio Ríos no solo no logró detener a los guerreros que lo seguían, sino que además hubo de ponerse al frente en una empresa prácticamente suicida. El cacique podía persuadir a los suyos desplegando todo su prestigio y elocuencia, pero no darles órdenes; su posición, por otro lado, no se adquiría de una vez y para siempre, sino que estaba constantemente a prueba. Aunque los documentos, producidos por la sociedad occidental, refieran siempre a los caciques, eran las bandas -y no éstos– las que definían la política abipona en última instancia. De haberse mostrado autoritario o cobarde, Patricio podría haber quedado solo.

     El duro golpe recibido acrecentó la necesidad de los grupos que adherían a aquel, de lograr un acuerdo con Santa Fe y ese mismo año se asentaron en el Sauce. No sabemos cómo se escogió el lugar para su emplazamiento; lo cierto es que la zona era recorrida por los abipones desde el siglo anterior y es posible que en ese momento les resultara lo suficientemente alejada y protegida de los montaraces, aunque en un mediano plazo terminará revelándose, para algunos, como peligrosamente cercana a los criollos.

 

EL RETORNO A LOS PARAJES DEL REY

     Instaladas en el Sauce, las bandas abiponas se mantuvieron cohesionadas de manera más o menos laxa en torno al liderazgo general del cacique principal Agustín Crespo y si bien comenzaron a actuar como auxiliares de las fuerzas provinciales en las campañas militares que estas efectuaban en contra de otros grupos del Chaco, no recibían órdenes de los oficiales criollos ni del gobierno (Green, 2005 b).

     El establecimiento de la reducción formó parte de una estrategia, nada novedosa, que permitió a los abipones sauceros gozar de los beneficios de una alianza con los santafesinos en momentos en que su posición en el Chaco se hallaba sumamente debilitada, conservando al mismo tiempo su autonomía, al punto de continuar realizando pequeños ataques sobre otras fronteras. No todas las bandas se adaptaron de la misma manera a esta nueva relación con la sociedad criolla, ni obtuvieron las mismas ventajas; hecho que pudo haber influido en las diferentes respuestas implementadas ante la nueva situación. El cacique Agustín Crespo y sus parientes, especialmente, gozaban de diversos privilegios y beneficios. Así, vemos que en febrero de 1833 “tubo parte Frutos qe los Montaraces se llevaban los caballos de los Abipones Corregidor Agustin, Polinario benegari y Jose Crespo” y el oficial criollo acompañó a Agustín a recuperarlos (AGPSF. A. de G. T 4 1833, F. 623). Sin embargo, para otros abipones, el nuevo contexto se fue revelando desfavorable para la voluntad colectiva de conservarse independientes.

     En primer lugar, el establecimiento en una zona tan cercana a la capital de la provincia en la que el control del Estado, aunque débil, fue creciendo progresivamente –en 1830, Santa Fe y Córdoba acordaron para la creación de nuevos fortines en la misma (Aleman, op cit.) -dio lugar a un contacto permanente con soldados –en el mismo punto de la reducción había ya una compañía de dragones con su comandante Domingo Pajón– y con otros representantes de la sociedad criolla que podían ejercer cierta vigilancia. En abril de 1829, el cura del pueblo denunciaba la llegada al mismo de dos sauceros

 

…con una hacienda cabalgar de mas de 100 cabezas y muchas prendas, de lo qe. infiero qe. estos han salido a robar; y espero providª. del comandte. pª. ver lo qe. se hade hacer con esto. (AGPSF. A de G, T4 ½, f.649)

 

     En estos casos, era poco lo que el gobierno podía hacer directamente, pero el contar con la cooperación de otros abipones aumentaba las posibilidades de capturar o reprimir a los que participaban en ataques a la frontera. Desde el inicio de la reducción, éste llevó a cabo una política tendiente a cooptar especialmente a los influyentes mediante regalos, el otorgamiento de grados militares y gratificaciones monetarias como premio a ciertas conductas. En 1832, el comandante Domingo Pajón avisa al gobierno que 5 abipones habían realizado robos en la provincia de Córdoba, que los oficiales (caciques) Gerónimo Sanabria e Ipólito Jaime conducían presos a dos y que él no había podido atraparlos “y a hora por sus mismos Oficiales han sido descubiertos, gratifíquelos con algo pues ellos siempre van tras la gratificación” (AGPSF T 3, 1832, f. 485). 

     A fines de 1836, un grupo abipón abandonó el Sauce para retornar a los montes cercanos a la vieja reducción del Rey. Aunque se desconocen los motivos que tuvieron, Aleman escribe que “…algo muy serio debió haber ocurrido para que llegaran a ese extremo…” (Aleman, op cit., p. 251). Sin duda había abipones incómodos con la cercanía del blanco, con la incipiente injerencia del Estado provincial que buscaba cercenar su autonomía y con el conformismo de Agustín y sus allegados. Pero el abandono de la reducción estaba dentro de las posibilidades desde la creación de la misma y cualquier suceso, serio o no, pudo ser el detonante. Si la resistencia se define por la capacidad para organizar la defensa y preservación de la autonomía política en el tiempo, diferenciándose por lo tanto de la rebelión, que se produce en una sociedad ya sometida (Lorandi, 1988), consideramos que el abandono del Sauce por un contingente de abipones fue una nueva instancia de resistencia, ya que constituían una población que hasta entonces había rechazado con éxito todo intento, violento o pacífico, de parte del blanco por coartar su independencia. Al mismo tiempo, se trató de la última acción de resistencia emprendida colectivamente, y su fracaso impulsará un proceso de sometimiento irreversible (Green, 2018).

     Las bandas que intentaron continuar con su estilo de vida en los parajes del Rey lograron repeler o eludir a las primeras fuerzas militares que fueron enviadas tras ellos en los últimos meses de 1836. El 26 de octubre se comunicó un combate que Pajón tuvo con los indígenas y la imposibilidad de escarmentar a los “sublevados abipones”. En carta del 19 de noviembre el gobernador de Corrientes felicitó a López por el triunfo de Pajón y le aseguró que pronto caerían los abipones sublevados (AGPSF. A. de G. T 6, 1836. Legajo 19). Iriondo relata en sus apuntes que a mediados de diciembre de ese año fueron apresados y alojados en la Aduana unos 72 abipones (Iriondo, 1968); pero no se trataba de los antes “sublevados”, como él creía, sino de una parte de los que habían quedado en el Sauce. El gobierno había descubierto un complot, cuyos detalles se terminaron de conocer en los primeros días de enero de 1837, cuando fue capturado el indio Dionisio Antonio que había partido de la población tiempo antes para buscar el apoyo de los primeros evadidos. El 11 de enero, Pajón comunica al gobierno que “…después de mucho trabajo…” había conseguido que este confesara el plan, consistente en sorprender al piquete de Coronda acantonado en el Sauce, matar al teniente Frutos, al cacique Agustín y su familia, a los vecinos (criollos) y marcharse al Chaco con todas las haciendas que pudiesen (AGPSF. A de G, T 7, f. 382). Aunque se interrogó a otros sauceros que confirmaron el plan, posiblemente bajo tortura, como sugiere la expresión usada por Pajón, al menos uno confesó la intención de evadirse y negó el resto.

 

EL MOTÍN DE LA BOCA DEL COLASTINÉ

     Aunque las confesiones que revelaron los detalles del plan fueron comunicadas el 11 de enero, ya desde antes el gobierno había dispuesto las medidas a adoptar, según se desprende de una carta enviada días después a Estanislao López por el gobernador delegado Cullen;

 

 …A este tiempo –le dice –ya habia recibido su carta desde Coronda fha. 9 en qe. me prevenia la execución y el modo de hacerla, entonces instruí de ella á Pajón, y de lo que tenia Ud. acordado sobre el particular… (AGPSF. A de G, T 7, f. 382)

 

Desconociendo sin duda esta carta, Lassaga dice que los abipones fueron condenados a muerte sin más detalles (Lassaga, op cit.), en tanto Iriondo parece atribuir la decisión a Pajón (Iriondo, op cit.). A pesar de basarse en gran medida en este último, Aleman (op cit.) dice que la orden fue de Cullen, lo que también es inexacto según este documento, donde se ve que tanto la ejecución como el modo de llevarla a cabo fueron pergeñadas por el gobernador Estanislao López. Pajón debía, por su mejor conocimiento de los indígenas, confeccionar una lista con los nombres de los que podían quedar presos en la Aduana (los mocetones menos peligrosos), y otra con los nombres de los que debían morir. Luego, estos serían embarcados en dirección a las islas en el lanchón del Estado y una vez allí, fusilados, debiendo guardar los marineros y soldados que participaran en la operación absoluta reserva, “…limitandose á decir, si se ofrecia, que los indios habian ido a Buenos Aires”. Como los prisioneros no entraban todos en el lanchón del Estado “ni conbenia tampoco qe. todos fuesen a la vista” (AGPSF. A. de G. T 7, f. 383), se embarcó a 20 en este y a otros 43 en la bodega de la balandra del propio Cullen.

     Los condenados –considerados muy peligrosos –fueron atados con “guascas” remojadas y acollarados con cadenas y grillos, disponiendo el gobierno que si no alcanzaban las prisiones se quitasen las que faltaren a los presos comunes. Asegurados de esta manera, partieron el día 12, custodiados por Pajón y 12 soldados armados, además de los marineros, llegando hasta la boca del Colastiné, en la desembocadura de ese río en el Paraná.

     Según la citada carta de Cullen a López; cuando algunos indios habían sido fusilados, uno de ellos quitó el sable al soldado Romero y mató al sargento Luna dando inicio al motín, mientras otros rompieron la puerta de la escotilla y, atacando a la tripulación, mataron a Pajón –que se había arrojado al agua –golpeándolo con un botador cuando llegaba a la orilla (Lassaga, op cit.). Luego del escape, el gobierno puso tanto empeño en defender la costa como en perseguir a los fugados que se refugiaron en las islas. Aunque estos estaban encadenados y desarmados, existía la posibilidad de que atacaran la misma, debido a la necesidad que tenían de caballos, imprescindibles, no solo para evadirse y encontrar a sus compañeros, sino también para sostenerse en el Chaco. En efecto, la noche del 16 salieron a la costa custodiada y arrearon 30 caballos y unas 900 yeguas (que usaron para confundir el rastro) de la estancia de Pujato, ante la mirada atónita de los vecinos.

     Cullen, quien comunica lo sucedido a López en una carta del 19 de enero, la cual parece haberle costado empezar a escribir, le manifiesta: “Mi apreciable amigo me es mortificante que al dirigir á ud. la primera comunicación después de hallarse fuera de la Provincia, sea precisamente sobre un suceso desagradable” (AGPSF, A. de G. T 7, f. 382). Cullen era consciente de que “…sería lo mas vergonzoso que se fuesen unos hombres encadenados, burlando tantas medidas tomadas y en medio de tanta gente como los buscaba…”, y se apura a deslindar responsabilidades, “…de todo lo que queda dicho deducirá qe. se ha hecho, al menos por mi parte quanto se ha podido; contra los elementos y contra la ineptitud no hay poder…” (AGPSF, A. de G. T 7, f. 387).

 

LUCHA ENTRE ABIPONES, BANDAS Y LAZOS DE PARENTESCO

     El gobernador delegado alude de aquella manera a los oficiales al frente de las tropas, que enviadas inmediatamente tras los fugados del barco no entablaron combate con ellos. No ocurrió lo mismo, sin embargo, con los abipones que permanecieron aliados del gobierno y el día 16 de enero, el cacique Agustín y 7 compañeros alcanzaron y atacaron a un grupo de 23, matando a 6 y obligando a huir al resto. Al gobierno no se le escapó la significación que podía tener este apoyo, y lo promocionó entre los demás indios reducidos, comunicándoles “que Dios ha querido castigar á los Abipones malos por los mismos á quienes ellos querian degollar tan sin razon” (AGPSF, A. de G. T 7, f. 388). Tampoco fue inadvertido el hecho de que, con otro resultado, el encuentro hubiera sido una catástrofe. El 17 de febrero, Cullen escribe a López que la valentía de Agustín y sus compañeros “…pudo haber costado muy cara, por que si Agustin y sus indios hubieran sido muertos pr. Los sublevados, como debia suceder, calcule ud. qual hubiera sido el resultado…”, al tiempo que critica a Frutos, oficial a cargo de la tropa criolla acantonada en el Sauce, por no mandar soldados a acompañarlos, y dejarlos salir “en el montado” (AGPSF, A. de G. T 7, f. 424), al no suministrarles caballos de reserva. La acción, que Cullen considera implícitamente muy riesgosa al punto que lo que “debia suceder” era que Agustín y los suyos murieran, cobra sentido en el contexto cultural al que se ha hecho referencia; los fugados habían planeado matar a su familia y quitarle sus caballos y el ostentaba su coraje cargándolos en inferioridad numérica y quedando vencedor del campo. A semejanza de Patricio Ríos, pero con más suerte, Agustín parece haber hecho lo que sus seguidores esperarían de él.

     Si este combate entre sauceros amigos y enemigos de los criollos puso en evidencia la ruptura de la cohesión tribal, no puede afirmarse, no obstante, lo dicho más arriba, que se tratara simplemente de un enfrentamiento entre los más y los menos beneficiados por la nueva situación de amistad con aquellos. No resultaba inédito el enfrentamiento entre bandas previamente aliadas y es posible que las diferentes respuestas implementadas (colaboración o reanudación de las hostilidades) y la consiguiente fractura producida entre los abipones sauceros en 1836 siguieran los contornos de una segmentación previa. Los documentos refieren a diversos conjuntos de individuos: “los primeros fugados”; “los sublevados el 7 de septiembre en el paraje”; “los que podían quedar presos en la Aduana”; “los qe. debian morir”; “los escapados del barco”; o los que se quedaron en el Sauce. Sin embargo, una banda tenía sus características distintivas y otras referencias sugieren la participación, en los acontecimientos, de este tipo de unidades o agrupamientos. Así, entre los primeros fugados se especifica la “pandilla de Ipólito” y “los que se fueron con Juan Porteño”, es decir, dos bandas con sus respectivos cabecillas. Los 63 abipones condenados a morir fusilados en la isla estaban encabezados según la declaración de Dionisio Antonio, por cuatro de ellos; lo que permite sospechar la existencia de otros tantos grupos locales. Entre los abipones que quedaron en el Sauce se puede identificar, por otro lado, un grupo muy reducido que mostró mayor adhesión a Agustín Crespo, participando en la referida jornada del 16 y no es aventurado afirmar que posiblemente se tratara del núcleo de la banda a la que pertenecía el mismo. En el caso abipón, sus miembros, además de ser co-residentes, se encontraban generalmente vinculados por lazos de parentesco. Precisamente, a partir de la lista de los 7 lanceros que acompañaron a Agustín y de los diez que quedaron de guardia en el Sauce ese día (AGPSF. Contaduría, T, 49 leg, 1, doc. Nº46) y de otras fuentes (Libros parroquiales de la Iglesia Matriz de Santa Fe y Libros parroquiales de San Jerónimo del Sauce) pueden demostrarse o sugerirse algunos de esos vínculos:

   

*Agustín Crespo: casado con María Magallanes.

Cristóbal Crespo.

José Crespo.

*Martín Crespo.

*Antonio Crespo: hijo de Agustín, casado con María Rivero.

 

Juan Rivero: casado con Eulalia Nabalon, suegro de Antonio Crespo.

Jerónimo Rivero o Nabalon.

 

Pablo Velásquez, o Balasquí.

Nolasco Velásquez.

 

*Silverio Nabalon.

Nolasco Alen: ¿hijo de José Antonio Alen (español) y Margarita Nabalon?

Jerónimo Maquiel.

*Apolinario Benejarí: casado con Jacinta Maquiel.                    

*Pascual Casco.

Cerafin Violinista.

*Domingo Capí.

Juan José Ferreira.

*Joaquín Benavides: figura como paisano.

 

*Acompañaron a Agustín y participaron en el encuentro del día 16. El resto quedó de guardia en el Sauce.

 

     Si se asume que quienes llevan el apellido Crespo2 pueden ser familiares de Agustín y se atiende a los vínculos que se han podido establecer, aceptando la posibilidad de los que quedan sugeridos o de otros que pudieran existir y permanecen ocultos, se comprueba lo dicho por Lozano un siglo antes, de que al cacique abipón “sus familiares y emparentados únicamente siguen” (Vivante, 1943, p. 91).

     No hubo una lista de los que se fueron del Sauce en septiembre de 1836 y aún no se ha hallado la de “los qe. debían morir” en el barco, por lo que es imposible siquiera intentar lo esbozado para los compañeros de Agustín. Sin embargo, los grupos hostiles estarían también integrados en gran medida, aunque no únicamente, por parientes3. Estas relaciones jugaban un papel importante en el establecimiento de las alianzas entre bandas y en la solidez de las lealtades en el interior de las mismas. Juan Porteño era acompañado por su hermano y su suegra en momentos en que sus enemigos lo acosaban sin tregua, en tanto que mucho antes de esto, cuando aún conservaba todo su prestigio, dos hombres y tres mujeres lo habían abandonado y, presentándose al gobierno, solicitado amnistía brindando información sobre los hostiles. Cullen escribe al gobernador de Corrientes que no había por que desconfiar ya que

 

…ellos no pueden tener un interés en engañarme, por que desde que se han venido con sus familias (…) á mas, ellos no tienen ninguna relación de parentesco con los que quedaron allá… (AGPSF. A. de G. T 7, f. 411)

 

     Si los acontecimientos referidos implicaron una ruptura de los lazos sauceros a nivel tribal, muestran al mismo tiempo la pervivencia de la dinámica propia del siglo XVIII en la sociedad abipona. En efecto, la escisión de la tribu y la dispersión de las bandas, para luego conformar nuevas alianzas, eran un capítulo repetido de una vieja historia. Esta vez, sin embargo, los abipones sumamente debilitados demográficamente y fragmentados, no pudieron hacer frente a sus enemigos del Chaco.

 

LOS LIDERAZGOS

     Además del papel jugado por las bandas y los lazos de parentesco en la sociedad abipona, la documentación disponible sobre los sucesos de 1836-1838 permite observar las características propias de sus liderazgos y cómo incidieron estas en el desarrollo de los mismos.

     De todos los cabecillas rebeldes mencionados, sólo Ipólito Jaime –que fue de los primeros en abandonar el Sauce– era uno de los jefes principales a inicios de la década de 1830, según se refleja en las listas de revista de las fuerzas abiponas de la época. Si bien las mismas, que fueron confeccionadas a los efectos de hacer entrega de las gratificaciones, adoptaban la estructura jerárquica y lineal típica de una compañía militar, tras esa fachada continuaban operando en realidad las bandas con sus caciques. Aun así pueden tomarse como un indicador de las influencias existentes entre los sauceros, ya que el Estado, que no podía imponerles jefes ni desconocer a los líderes nativos –que continuaban siendo seleccionados a través de viejos mecanismos– tendía a cooptarlos y reconocerlos mediante el otorgamiento de grados militares (Green 2005 b).

     Como se dijo, entre los prisioneros que fueron en los barcos para ser fusilados había cuatro cabecillas principales: Melchor Borja, Balta el Ñato y otros dos de los que los documentos no dan nombres, aunque uno es referido como “el cuñado de Manuqui”. Si bien cualquier abipón que tuviera las cualidades tradicionalmente valoradas y supiera interpretar la opinión del resto podía convertirse en cacique de su banda, incluso en cacique general en poco tiempo, y ser abandonado con la misma rapidez si dejaba de encarnar el sentir del grupo o se mostraba incompetente, se desconoce, en estos casos concretos, cómo llegaron a esa posición. Melchor Borja, señalado como el principal de los cuatro, no vuelve a aparecer en los documentos luego de la fuga, lo que unido al hecho de que era el promotor de la conspiración, permite sospechar que estuvo entre los primeros fusilados; pero es significativo que en el motín del barco resultaran heridos tanto Balta el Ñato como el cuñado de Manuqui, y que ambos fueran los primeros en morir en las islas por estas heridas. Es posible que fueran ellos los iniciadores de la asonada, o que se pusieran al frente una vez comenzada la misma; esta era, al menos, la conducta que los demás esperarían de sus caciques.

     El principal líder de los sauceros hostiles, al menos el más buscado por el gobierno, y el único cuyo nombre ha retenido la historiografía fue Juan Porteño (o Caramí) (Iriondo, op cit.; Lassaga, op cit.; Aleman, op cit.). Su caso, aunque no se cuenta con muchos más datos que los anteriores, permite una aproximación a lo que podía ser la carrera de un cacique abipón en esa convulsionada época. A inicios de la década de 1830, a juzgar por su ubicación en las listas de la fuerza abipona, era un simple “lancero” o “indio de pelea”; pero en 1835 aparece en estas por encima de otros influyentes, lo que indica que su ascendiente iba en aumento, y a fines del año siguiente encabeza a uno de los grupos que abandonan el Sauce. No estuvo, por lo tanto, entre los presos de la Aduana y fugados del barco como creía Iriondo (op cit.), aunque luego del motín llegó a liderar también a algunos de estos. Cuando las fuerzas santafecinas, de acuerdo con las de Corrientes, asaltaron el campamento de Juan en el Paso de las Piedras el 19 de febrero de 1837, éste lo había abandonado junto a 50 “indios de pelea” para atacar la frontera de Santa Fe. Por el número de guerreros que lo acompañaban –había entre ellos, abipones de los primeros en abandonar el Sauce y de los escapados del barco– se observa que era su momento de mayor influencia. Si bien los grupos hostiles se desplazaban y acampaban por separado: “los 7 indios Abipones qe. handavan por las islas de Sn. Gerónimo”, “los 12 abipones que andaban por los campos del Coro”, parecían responder en ese momento a su liderazgo general. Había convenido además una alianza con grupos mocovíes. Pero ni siquiera en estas circunstancias logró la completa adhesión de todos los alzados. Cuando el ataque –en que participaron unos 130 indios– se llevó a cabo a comienzos de marzo y Juan Porteño –viendo que las tropas santafecinas (entre las que había abipones amigos) iban hacia ellos– se separó del grueso de la fuerza marchándose con “bastantes indios” y hacienda, otros abipones se quedaron con el grupo más numeroso (unos 80 indios), siendo derrotados por las fuerzas provinciales. Este suceso debió resentir la relación de Juan con los mocovíes y para abril la alianza se había roto. Es posible también que disminuyera la adhesión de otras bandas abiponas, lo que, unido al creciente acoso de los montaraces, lo llevó a pedir amnistía a la provincia el 8 de mayo. Según Iriondo (op cit.) murió a manos de aquellos y sus compañeros se presentaron al gobierno que los mandó fusilar. Efectivamente en agosto de 1837, se produjeron fusilamientos y los condenados bien pudieron ser miembros de la banda de Juan. Sin embargo, éste no había muerto aun, ni estuvo entre los que se presentaron4, sino que permanecía en el Chaco, aunque su influencia había caído y su banda estaba disuelta. En noviembre de 1837, tras la muerte de su hermano, “se habia dirigido á la costa con dos compañeros” (AGPSF. A. de G. T 7, f. 583). Para enero de 1838 no había noticias aun de su muerte a manos de los montaraces. Esto debió suceder en algún momento posterior ya que en 1850 su viuda Victoriana Casco volvió a casarse (Archivo del Arzobispado de Santa Fe –AASF- Libro Matrimonios Iglesia Matriz. T, VI p. 255).

     La unidad de los diversos grupos (los primeros en abandonar la reducción y los amotinados en el Colastiné) bajo la laxa influencia general de Juan Porteño, no logró mantenerse en el tiempo (ni siquiera comprendió a todos los sauceros rebeldes). Las “pandillas” con sus respectivos cabecillas continuaron actuando de manera autónoma y los reveses que sufrieron en el Chaco contribuyeron a dispersarlas más que a unirlas. 

 

LA “CHUSMA” ABIPONA

     Desde la sociedad criolla se aplicaba el nombre de chusma a todos los que no fueran indios de pelea, es decir a las mujeres y niños, que en general constituían la parte principal entre los cautivos que se tomaban en toda campaña militar victoriosa contra los indios. En el caso de la chusma abipona capturada por el Estado provincial en el corto y agitado período analizado, puede verse el destino que aguardaba a estas personas y las motivaciones profundas de la práctica del cautiverio más allá de los discursos de la época (Green y Molina, 2018).

     Las esposas de los sauceros que fueron conducidos presos a la Aduana compartieron la suerte de estos. El 8 de enero de1837, Frutos avisa al gobierno, desde el Sauce, que iba a remitir a las “chinas sin marido” como presas a la capital (AGPSF. A. de G. T, 6, Leg. 19). Un hecho ocurrido pocos días después permite conocer los pormenores de un negocio en el cual el gobierno, más allá de las manifestaciones públicas de repudio, participa activamente. El 27 de enero se descubrió el embarco de dos chinitas en un bote que partía hacia el Paraná; ambas eran “hijas de Jacoba que se halla presa en el Principal” e iban a ser vendidas por un soldado. El gobernador delegado manifestó escandalizado que aunque sus padres fueran criminales, “no por ello quedan sus hijos sujetos a ser maltratados ni menos vendidos igualandolos de esta manera á las bestias que se apacentan en los campos”, disponiendo que todos los niños de ambos sexos hijos de las chinas presas le fueran remitidos para ser repartidos “entre los mas respetables vecinos de la Capital bajo las formas y bases del Patronato” (AGPSF. Libro Copiador de Gobierno T 42, 1833-1852, f. 91.); es decir, para que estas familias se encargaran de su educación hasta que pudieran recuperar la libertad, a los 21 años las mujeres y 23 los varones.

     La comunicación personal entre Cullen y López deja al descubierto, sin embargo, otros intereses. El 26 de enero, el primero avisa que:

 

Joaquina me ha dicho que la señora Da. Pepa le dexó en cargo que le comprase dos chinitas, pagando hasta dos onzas por cada una de ellas; con este conocimiento le remito con Alarcon dos de las que tenian las chinas presas en la Aduana; las demas las he repartido del modo que acordamos. Estan en su casa dos chinitos muy halajas, el uno como de quatro y el otro de seis, hijos ambos del finado Manuquí; si gusta se los enviaré. (AGPSF. A. de G. T 7, f. 396.)

 

     Gobernantes y soldados en realidad se disputan el control y la venta de los niños cautivos hijos de los abipones amotinados en la isla (Green y Molina, op cit.).

     Hay evidencias de la participación activa de las mujeres abiponas en los sucesos analizados. Catalina Laviruqui, suegra de Juan Porteño, fue la delegada junto al abipón León Galban en la misión de solicitar amnistía al gobierno en mayo de 1837. Si bien no existen datos de la presencia de mujeres cacicas para este período, se las ve ocupando otras posiciones de influencia. Así, por ejemplo, en un grupo de mujeres remitidas al gobierno un tiempo antes del motín, se encuentra una “muy dotora”, es decir una chamán. Es posible que algunas participaran también en la toma de decisiones; en el caso de la conspiración que terminó con los condenados a muerte no hay duda que conocían el complot y estaban dispuestas a evadirse, aun con sus maridos presos; por eso el gobierno las captura y asegura, como hizo con Jacoba. Cuando en octubre de 1837 los abipones eran acosados por sus enemigos en el Chaco, un oficial avisa al gobierno de la muerte del abipón Bruno con quien se hallaban otros dos “y la china qe. fugo de casa de SE.” Señala que esta “china sorra” (AGPSF. A. de G. T 7, f. 583) fue lanceada al igual que Bruno, por los indios amigos del gobierno. Además de la información que esta mujer pudiera suministrar a los suyos habiendo huido de la casa del propio gobernador, el hecho muestra la existencia de canales de comunicación entre los sauceros que vivían en la reducción de manera autónoma y los que se hallaban en la ciudad (mujeres cautivas) y que permanecían ocultos para el gobierno y la sociedad criolla en general.

 

LOS INDIOS AMIGOS DEL GOBIERNO

     En sus cartas a López, Cullen insiste en que lo que hubiera podido ser la peor consecuencia para la provincia, esto es, que la sublevación se extendiera a otras reducciones, se pudo evitar; más aún, la reacción de los indios que permanecieron en las mismas (Sauce, San Pedro y Calchines) fue la de apoyar al gobierno, aunque esto no se debió únicamente a las medidas adoptadas por este. Las líneas de acción seguidas por Cullen frente a aquellos aparecen claramente en los documentos. En primer lugar, intentó –quizá temiendo una desaprobación general– ocultar el plan de fusilar a los abipones encadenados en la isla. Apenas tuvo noticias del motín y la fuga del barco, mandó a sus oficiales a explicar lo sucedido a Agustín y a Baldes (cacique de los calchineros), haciéndoles decir que los abipones se habían complotado con la intención de matar al primero y que como consecuencia de esto López había decidido enviarlos presos a Buenos Aires, que Pajón había matado a algunos siendo muerto a su vez, pero que él “…como Pajón era muerto no sabia lo que habia sucedido, ni por que Pajón habia obrado así…” (AGPSF. A. de G. T. 7, f. 387).

     Al mismo tiempo no se ahorraron obsequios ni halagos a los influyentes haciéndoles ver lo diferentes que eran ellos, “indios buenos” de los “ingratos y pícaros” abipones; solicitándoles ayuda contra los rebeldes y ofreciendo recompensa a quien capturara un abipón vivo. El accionar de los reducidos fue el buscado por el gobierno. Éstos no solo se mostraron dispuestos a perseguir a los hostiles, sino que pusieron, además, excesivo celo en ello. Cullen escribe a López que Lezati y sus indios (sampedrinos) “ni atados se quedarian”, que los calchineros le “…sacan el juicio pr. Ir á buscar esos Abipones”, y que “cebado Agustin con el triunfo qe. ha conseguido, me ha dicho qe. no quiere quedarse, y conoce qe. debe ir pr. Su baquia en la Isla” (AGPSF. A. de G. T. 7, f 417). Sin embargo, esta respuesta favorable a su llamado no se debió, totalmente a los regalos y halagos dispensados por Cullen. Es necesario tener en cuenta las motivaciones culturales y las disputas existentes entre los diferentes grupos. Cada uno tenía razones concretas para perseguir a los rebeldes: los calchineros temían que el abipón Mariano Orellano, que había vivido un tiempo en su reducción, guiara a los otros para atacarlos; los sampedrinos deseaban vengarse por algunas mujeres de su tribu que habían sido raptadas. Pero todos compartían en alguna medida un ethos belicoso y tenían sus viejas y largas historias de enemistades y agravios mutuos; una especie de competencia bélica sin fin regida por las viejas pautas culturales en la que las razones concretas podían ir variando ampliamente, pero el premio más codiciado seguía siendo la gloria y el renombre del grupo vencedor, tal como lo manifiesta la fiesta que los calchineros celebraron sobre el cuero cabelludo arrancado a un abipón capturado en uno de los encuentros5. Más que responder a la política del gobierno, los indios amigos aprovecharon, por lo tanto, la oportunidad para saldar sus propios conflictos y aunque su apoyo fue importante, se conducían con una autonomía que no dejaba de crear preocupaciones a aquel, al punto que por momentos Cullen parece intentar contener su entusiasmo en la persecución de los rebeldes.

 

LA DERROTA

     El auxilio de los indios que se mantuvieron amigos no fue, sin embargo, el factor principal en la derrota de los rebeldes; después de todo, el enfrentamiento con el grupo de Agustín y con las fuerzas criollas no solo entraba en sus cálculos, sino que formaba parte del plan. De mayor importancia para explicar su fracaso colectivo resulta en cambio lo ocurrido en el propio territorio chaqueño, donde no lograron, como conjunto, concertar una alianza sólida; no obtuvieron el apoyo de los tobas que tanto temía Cullen, y el de los mocovíes les duró poco. Contaron, por el contrario, con un tenaz enemigo en el grupo del cacique Francisco Nasitoquin6, tribu que habitaba la zona de islas cercana a la vieja reducción del Rey –desde donde atacaba sobre todo a los buques que recorrían el Paraná (Círculo Militar, op cit.)– y que habiendo sido objeto de varias expediciones militares en las que participaron también sauceros, buscaba reducirse en Espín. Se desconocen los pormenores de la negociación, pero es posible que aprovecharan la situación creada tras el alzamiento de los abipones para formular sus votos de adhesión al gobierno y ponerse a disposición de este, ya que pocos meses después aparecen persiguiéndolos encarnizadamente. A inicios de septiembre de 1837 su líder informa al encargado del cantón San Pedro

 

…de haver abanzado los siete indios Abipones qe. handavan por las Islas de Sn Gerónimo, haviendo muerto en el avance sinco de estos qe. son los siguientes; Luciano Antonio, Juan Manuel, Luis Bargas, Pedro Benito, y Pedro Piedra; escapandose dos apie y desnudos en las maciegas, quedando en poder de Nacitoquin las familias que estos tenian…”, y remite a su vez a la mujer de Luciano Antonio “…para provar qe. hadado principio á cumplir las ordenes que se le dieron… (AGPSF. A. de G. T. 7, f. 304)

 

El compromiso parece haber sido eliminar a todos los sauceros del Chaco ya que dos meses después avisa, que su gente había matado al hermano de Juan Porteño; que habiendo encontrado al abipón Ipólito en la toldería del cacique Pedrito, lo habían lanceado; y que se abocarían a buscar y matar a Juan. Estos sucesos muestran, además de la saña de Nasitoquin, la señalada dificultad de los alzados para conseguir apoyos firmes en el Chaco; sea que Ipólito se encontrara en la referida toldería de visita, en busca de aliados, o con la intención de incorporarse a esa banda, lo cierto es que Pedrito no hizo mucho por defenderlo.

     Sin embargo es posible que otros abipones tuvieran más suerte. Cuando Nasitoquin supo que en los toldos de Isimaiquin se hallaban seis de ellos e intentó matarlos, este cacique le dijo que él mismo se encargaría de lancearlos y luego le daría un parte, que nunca llegó ¿Estaría en realidad protegiendo a sus huéspedes? Algunas familias sauceras lograron sobrevivir en el Chaco y hasta fines del siglo XIX se encuentran abipones reunidos a otros grupos7. Pero quienes no encontraron amparo en otras tribus –la mayoría–, no pudieron resistir ante el empeño de Nasitoquin en reducirlos. Este nos remite al contexto cultural, ya que si bien existió en sus seguidores un deseo de congraciarse con los criollos –y hasta la década de 1840 recibieron raciones, regalos y gratificaciones monetarias por sus servicios–, también para ellos el coraje y la venganza resultaban imperativos; y los mismos a quienes perseguían con ahínco, los habían acosado junto a las fuerzas criollas en años anteriores. Lo sucedido durante la década previa al levantamiento, precisamente, contribuye a explicar la dificultad de los rebeldes para conseguir apoyo de otros indios; a los ojos de éstos, estarían –a pesar de ser abipones malos– demasiado comprometidos con las expediciones militares padecidas. Esta imagen –inadvertida para los propios rebeldes– se puso de manifiesto cuando los que sobrevivieron sin poder permanecer en el Chaco, sin aliados y sin caballos, terminaron presentándose a los santafesinos. El 9 de enero de 1839 José Méndez informa al nuevo gobernador que

 

…de los indios abipones qe faltaban y se hallaban en los parages de arriba, se han presentado doce de estos, y un cautivo qe. han traido, venido de los tobas; los qe. ya he despachado al Sauce; y estoy esperando diez y seis mas de ellos qe. trae el indio Benedicto, qe. pr, venir los mas casi a pie, no han llegado todavía…” (AGPSF, A. de G. T 8 f. 360)

 

ALGUNAS CONSIDERACIONES FINALES

     El análisis de los sucesos que involucraron a los abipones sauceros en 1836-1838 permite rechazar la idea, bastante arraigada en la historiografía provincial, de una alianza sólida entre el gobernador Estanislao López y los lanceros del Sauce. El asentamiento de los abipones en el Sauce no implicó una sumisión al gobierno, sino que se trató de la política seguida por ellos durante el medio siglo anterior y, por lo tanto, no sorprende el retorno de algunos a su antiguo país en los parajes del Rey. Aunque se desconocen los motivos concretos, el abandono de la reducción era parte de una estrategia ya puesta a prueba.

Las características que adoptaron las hostilidades (segmentación, ausencia de un liderazgo unificado y con poder de mando, dispersión de los rebeldes en pequeños campamentos, importante participación de la mujer) muestran, así mismo, la pervivencia del ethos marcial y las formas de organización sociopolíticas propias del siglo XVIII. Sin embargo, una década de íntima alianza con el blanco había producido cambios irreversibles; no se trata solo de los grupos como el de Agustín, que lograron adaptarse mejor e iniciaron, no sin contradicciones, una lenta asimilación, sino también de los propios rebeldes que, a su pesar, descubrieron que les era imposible continuar en el Chaco con su antiguo estilo de vida, amenazado en el Sauce. Con algunas excepciones, no consiguieron aliados, sino más bien el resentimiento (por su colaboracionismo previo) y la enemistad de otras tribus, que sumado a la carencia de caballos, resultó funesto. La única posibilidad de su supervivencia física fue su retorno junto a los criollos, a partir del cual ya no hubo, en el Sauce, ningún acto de resistencia emprendido colectivamente. El precio no solo fue la gradual pérdida de su independencia, sino también la desaparición de los abipones como grupo étnico diferenciado a fines del siglo XIX.

 

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- Iglesia de San Jerónimo Norte: Libros Parroquiales de San Jerónimo del Sauce.

- AASF. Archivo del Arzobispado de Santa Fe: Libros Parroquiales de la Iglesia Matriz.

 

NOTAS

1 Solo contamos con algunos indicios respecto del número promedio de integrantes de una banda abipona; el cacique Kebachichi, encabezaba a mediados del siglo XVIII, a 18 guerreros, y Nachiralarin, jefe de una banda conocida como los “zarcos” a unos 14. En la recién fundada reducción del Rey se asentaron unos 300 abipones “con sus principales” jefes; Neruigini e Ychoalay, pero advertimos que estos ejercían su influencia sobre varios grupos autónomos que conservaban sus propios cabecillas, cuando observamos que, al tiempo de vivir en la reducción, los grupos de Neotenkin y Navahakin abandonaron a Ychoalay que quedo con muy pocos compañeros (Dobrizhoffer, T III, 1967). El número coincide además con cifras dadas para otras etnias guaycurues; para los mocovíes Paucke da la cifra de 6 a 8 familias de unos 9 integrantes cada una, o sea de 54 a 72 personas (Lucaioli, 2005), mientras Gordillo (2000) da la de 50-60 personas para las bandas de los tobas occidentales.

2 Ya en las misiones del siglo XVIII se inicia la transformación de los nombres indios, o sus equivalentes castellanos, en apellidos, como también la adopción de algunos de origen español, proceso que culminará en el Sauce. Al mismo tiempo, fueron arraigando, en algunos grupos, instituciones como el bautismo y el compadrazgo. Algunos lazos de este tipo, como el que unía a Apolinario Benejarí y su esposa, con Laureana Crespo, hija de Agustín, no se registran en el cuadro, por ser posteriores a los sucesos; como tampoco se anotan, por ser poco claros, los indicios de algún tipo de vínculo entre Pascual Casco y María Juana Crespo, y entre las familias Crespo y Maquiel.

3 Algunos grupos familiares numerosos en el Sauce, como los Largo y los Aquña, desaparecen completamente del pueblo luego de los acontecimientos de 1836-1838, lo que permite sospechar que pudieron integrar las bandas rebeldes.

4 Varios autores siguen a Iriondo en el error de señalar la muerte de Juan a manos de los montaraces antes de estos fusilamientos, en tanto Martínez Sarasola (2005) dice que murió en el combate de Paso de las Piedras, lo que también es inexacto.

5 La práctica de arrancar la cabellera a un enemigo vencido era común en los pueblos guaycurúes, y previa a la conquista (Green, 2005 a).

6 Se trataba de un grupo numeroso integrado por unos 70 lanceros o indios de pelea. Esto y la presencia de otros cabecillas además de Nasitoquin, indica que lo conformaban diversas bandas aliadas.

7 Juan Largo que se encontraba en el Sauce antes de 1836, figura junto a otros abipones, en 1845, entre los mocovíes. En 1848 se señala frente a Corrientes al grupo del cacique José Largo, enemigo de los tobas; y uno de los caciques que más resistió el avance del ejército argentino sobre el Chaco a fines del siglo XIX, fue José Petizo. Los Largo y los Petizo eran familias de origen abipón numerosas en el Sauce, antes del alzamiento; pero, a excepción del primero mencionado, es más difícil saber si se trataba de remanentes de abipones no reducidos en el Sauce, de los alzados en 1836-1837, o de abipones desertados del punto en tiempos posteriores. 

 

 

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