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Hacer la guerra y combatir al enemigo en las fronteras de la patria. Las memorias del coronel Manuel Alejandro Pueyrredón (1802-1865), de Andrea Reguera, Revista TEFROS, Vol. 19, N° 1, artículos originales, enero-junio 2021: 61-87. En línea: enero de 2021. ISSN 1669-726X

 

 

Cita recomendada:

Reguera, A., Hacer la guerra y combatir al enemigo en las fronteras de la patria.

Las memorias del coronel Manuel Alejandro Pueyrredón (1802-1865),

 Revista TEFROS, Vol. 19, N° 1, artículos originales, enero-junio 2021: 61-87.

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Hacer la guerra y combatir al enemigo en las fronteras de la patria

Las memorias del coronel Manuel Alejandro Pueyrredón (1802-1865)

 

Making war and fighting the enemy on the homeland borders

Colonel Manuel Alejandro Pueyrredón' s memoirs (1802-1865)

 

Fazer a guerra e combater o inimigo nas fronteiras da pátria

As memórias do coronel Manuel Alejandro Pueyrredón

(1802-1865)

 

Andrea Reguera[1]

Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

Argentina

 

Fecha de presentación: 26 de febrero de 2020

Fecha de aceptación: 28 de diciembre de 2020

 

RESUMEN

La figura de Manuel Alejandro Pueyrredón es más conocida como guerrero de la Independencia que como expedicionario en la frontera bonaerense. Por ello, el objetivo de este trabajo es analizar, a través de sus Memorias, la lucha que mantuvo contra los indios en la frontera sur de Buenos Aires, cuando formó parte de la expedición del general Martín Rodríguez en 1823-1824. Esto no significa que dejemos de lado otros episodios que permiten echar luz sobre sus experiencias en la frontera con el indio. Centraremos nuestra reflexión en la concepción que tuvo sobre términos tan significativos como guerra, enemigo y patria, al considerar que su mirada sobre “el otro” aporta claves de interpretación sumamente interesantes para entender la identificación y la diferencia en la construcción de vínculos y relaciones interpersonales.

Palabras clave: memorias; Pueyrredón; guerra; patria; enemigo.

 

ABSTRACT

Manuel Alejandro Pueyrredón’s figure is better known as a warrior of Independence than as an expeditionary on Buenos Aires borders. For this reason, the objective of this work is to analyze, through his Memoirs, the fight he held against the Indians on the southern border of Buenos Aires, when he was part of the expedition of General Martín Rodríguez in 1823-1824. This does not mean that we leave out other episodes that shed light on his experiences on the border with the Indian. Instead, we focus our reflection on his conception of such significant terms as war, enemy and homeland, considering that his gaze on “the other” provides extremely interesting interpretative keys in order to understand identification and difference in the construction of interpersonal ties and relationships.

Keywords: memories; Pueyrredón; war; homeland; enemy.

 

RESUMO

A figura de Manuel Alejandro Pueyrredón é mais conhecida como guerreiro da Independência do que como expedicionário na fronteira de Buenos Aires. Por esse motivo, o objetivo deste trabalho é analisar, através de suas memórias, a luta que teve contra os indígenas na fronteira sul de Buenos Aires, quando participou da expedição do general Martín Rodríguez, entre 1823 e 1824. Isso não significa que deixaremos de fora outros episódios esclarecedores de suas experiências na fronteira indígena. Centraremos nossa reflexão em sua concepção de termos tão significativos como guerra, inimigo e pátria, considerando que seu olhar sobre o “outro” fornece chaves interpretativas extremamente interessantes para entender a identificação e a diferença na construção de laços e relacionamentos interpessoais.

Palavras-chave: memorias; Pueyrredón; guerra; patria; inimigo.

 

INTRODUCCIÓN

     En los episodios de “una vida errante y agitada”, el coronel Manuel Alejandro Pueyrredón (1802-1865) nos deja un vívido relato de la vida en la frontera (Pueyrredón, 1929, p. 4)[2]. Las Memorias del coronel Pueyrredón, si bien han sido citadas en reiteradas oportunidades en trabajos referidos a las guerras de independencia[3], no han sido analizadas para ver su accionar como expedicionario en la frontera sur de Buenos Aires. Por ello, nos parece importante rescatar sus escritos históricos para, a través de su prosa narrativa, analizar la concepción que como militar y expedicionario tuvo sobre términos tan significativos como guerra, enemigo y patria, habida cuenta de su participación en la lucha contra los realistas primero, cuando formó parte del Ejército de los Andes en 1817-1818; contra los indios en la frontera sur de Buenos Aires, después, al formar parte de la expedición del general Martín Rodríguez en 1823-1824 a la sierra de la Ventana y Bahía Blanca; y, finalmente, su intervención en la guerra civil entre unitarios y federales al lado del general Lavalle en 1839-1841. Estos hechos nos permiten acercarnos a la figura de un soldado formado en los campos de batalla, que transitó la primera mitad del siglo XIX enfrentándose a diversos “enemigos”. En este sentido, el concepto de enemigo adquiere relevancia puesto que tal calificación no se mantiene inalterable, sino que va experimentando diversas transformaciones en relación a la construcción de vínculos personales y acciones colectivas.

     En este sentido, vienen en nuestra ayuda los hechos vividos por Pueyrredón al lado del general José Miguel Carrera. Las circunstancias históricas debieran haber condicionado su comportamiento respecto a dicho general. No olvidemos que a partir de 1818 el nombre de Carrera se suma al de enemigo de la patria; sin embargo, el comportamiento ambiguo de Pueyrredón, que en lugar de combatirlo se transformó en su amigo, nos lleva a preguntarnos sobre la razón de dicho cambio. La misma pregunta podríamos hacernos en relación a su vínculo con el general Lavalle. Al tiempo que le profesaba una sincera y verdadera amistad, acrecentada por una profunda admiración, los desencuentros acaecidos entre ambos por diferencias en la elección de estrategias y tácticas militares lo convirtieron en su enemigo. Estas actitudes nos confrontan con esa delgada línea que separa al “ser” del “deber ser” y con el marco axiológico que todo ser humano posee, elige y modifica según sus experiencias y etapas de vida. ¿Es posible que un militar que vivió en la primera mitad del siglo XIX en el Río de la Plata modificara valores morales y éticos que se grabaron a fuego en sus años de juventud? ¿Cuáles fueron las circunstancias que llevaron a Pueyrredón a moverse en un espacio ambiguo respecto a las elecciones y decisiones vinculadas a las nociones de patria, guerra y enemigo?

     Cuando Pueyrredón escribe sus memorias y repasa los hechos del pasado, nos ofrece un reconocimiento nuevo de esa realidad. Un reconocimiento que no se vincula con la historia sino con la memoria. La memoria está constituida por reminiscencias, es decir recuerdos que se forman en base a la asociación y la rememoración. El recuerdo es una operación compleja, dice Paul Ricoeur (2000, p. 733), y actúa vinculado al reconocimiento. Esta experiencia del reconocimiento procede en principio bajo la forma de un juicio de valor, adoptando la vía de la mimesis, o sea la “similitud”, no sin ciertas dificultades residuales, esto es si lo que se recuerda realmente sucedió[4]. ¿Cómo constatar entonces la veracidad de los hechos? Las descripciones surgidas de las vivencias, observaciones y reflexiones si bien pueden contextualizarse en base a otros relatos y fuentes, hace que la confianza en la palabra adquiera verdadero significado. Lo que se busca es la comprobación de una hipótesis en la construcción subjetiva de un relato que contiene, en sus partes de memoria, información encriptada de un pasado. En el caso de Pueyrredón, un pasado no exento de situaciones traumáticas debido, fundamentalmente, a una vida dedicada a la guerra. Este es uno de los puntos centrales de nuestro interés, pues no se trata tan sólo de una guerra, sino de varias guerras en las que el enemigo va mutando. De allí la centralidad de la pregunta ¿qué significó la palabra enemigo para Pueyrredón? Un término que emplea asidua e indistintamente a lo largo de su relato. Sobre todo, cuando muchos amigos se convirtieron en enemigos y algunos enemigos en amigos.

     En este punto, será de ayuda recuperar la distinción amigo-enemigo en el concepto de lo político de Carl Schmitt (2009). De acuerdo a su concepción, el criterio amigo-enemigo es expresión de una necesidad de diferenciación; conlleva, según el análisis de M. C. Delgado Parra (2011, p. 178), un sentido de afirmación de sí mismo (nosotros), frente al otro (ellos). La diferencia entre la igualdad (nosotros) y la otredad (ellos) establece un principio de oposición y complementariedad. “La percepción que un grupo desarrolla de sí mismo en relación con los otros es un elemento que al mismo tiempo que lo cohesiona, lo distingue. La posibilidad de reconocer al enemigo implica la identificación de un proyecto político que genera un sentimiento de pertenencia”, el cual se encuentra sometido a variaciones continuas. Y esto es lo que veremos.

 

EN LOS CONFINES DE LA INDEPENDENCIA

     Perteneciente a una de las familias más ilustres del Buenos Aires colonial, Manuel Alejandro Pueyrredón[5] nació en Baradero el 3 de mayo de 1802 en el seno del matrimonio formado por José Cipriano Andrés de Pueyrredón (1779-1827)[6] y Manuela Caamaño[7]. Después de pasar por varias escuelas y no recalar en ninguna, optó por la carrera militar, al igual que su padre, “la única posible y la que correspondía a mi clase”, según palabras del mismo Pueyrredón (1947, p. 21). En 1809, recuerda que “los hijos del país” comenzaron a trabajar por la independencia, entre ellos su padre y sus tíos, quienes se habían decidido por el bando de la “Patria”. En esa escuela, dice Pueyrredón (ibid., p. 22), aprendió a ser “patriota”. ¿Qué significado tuvo esa palabra en un niño de siete años? Sin duda, una incondicional adhesión a la postura familiar, en particular a la de su padre y abuela paterna, Rita O’Dogan, en contraposición a muchos otros miembros de la familia que seguían siendo afines al “partido del Rey, enemigos de los patriotas” (ibid., p. 25). Los bandos estaban claramente definidos y la lucha por el poder lo convirtió en testigo directo de los sucesos de ese tiempo, en especial en los que su tío Juan Martín de Pueyrredón participó y lo llevaron a convertirse en uno de los actores políticos más importantes de esa época. Éste fue designado en 1812 miembro del primer Triunvirato –en reemplazo de Juan José Paso. Ese mismo año, a los pocos meses de haber asumido el cargo, la nueva forma de gobierno fue derrotada por un golpe político[8]; por ese motivo Pueyrredón sufrió el destierro de Buenos Aires y dejó la ciudad junto a su hermano José Cipriano y su sobrino Manuel Alejandro. Durante un breve tiempo se establecieron en la chacra de Randall, sobre el río Matanza; transcurrido apenas un mes, fueron acogidos por los padres Betlemitas en una quinta que su abuelo Pueyrredón había donado a la orden; y, finalmente, fueron obligados a marchar a San Luis, donde recibieron la ayuda de un dominico chileno que les consiguió una casa para instalarse. Pasado un cierto tiempo, José Cipriano se afincó con su familia en dicha provincia y adquirió una estancia.

     A los 9 años, Manuel Alejandro se incorporó como cadete de la 2ª Compañía de Granaderos de la Estrella, experiencia que no duró mucho tiempo, ya que sus padres lo enviaron a Río de Janeiro con la intención de que se formara en las artes del comercio; pero a mediados de 1818 regresó dispuesto a retomar la carrera de las armas. Con esta inquietud, se entrevistó con su tío Juan Martín, por entonces Director Supremo de las Provincias Unidas, para que lo incorporara al Ejército de los Andes[9]. Con tal motivo, Pueyrredón escribió a San Martín la siguiente carta:

 

El hijo de mi hermano Pepe, a qn V. conoció en Sn Luis, fue destinado al comercio y remitido al Rio Janeiro, pa qe adquiriese los conocimtos necesarios. Su genio lo inclinaba a la carrera de las armas, me lo expuso con vehemencia y me fue preciso favorecer su inclinacion (…) Su disposición anuncia qe no será cobarde, habla el frances y tiene principios de ingles, pero esta en la edad en qe mandan mas las pasiones qe la misma educación; y es por consigte necesario qe V. encargue qe me lo tengan a brida corta[10].

 

     De esta forma, a los 16 años ingresó al Escuadrón de Cazadores a Caballo, escolta del general San Martín. En 1819, revista como alférez de la 2da Compañía del 2º Escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo y, poco después, como parte del 4° Escuadrón[11], marchó al sur de Chile, bajo las órdenes de los generales Antonio González Balcarce y Ramón Freyre, para defender dicho territorio del ataque enemigo de realistas, araucanos y bandoleros[12].

     En los relatos de Pueyrredón vinculados a las campañas del sur de Chile pueden detectarse diversos enemigos a los que hacer frente. En orden de importancia aparecen, en primer lugar, los españoles; en segundo lugar, los araucanos movilizados por éstos; en tercer lugar, las bandas de asesinos y ladrones[13] que vivían en las montañas y descendían al llano para saquear a los que circulaban por el camino al pie del cerro; y, en cuarto lugar, las inclemencias del tiempo, con temporales de lluvias torrenciales que podían durar hasta cuarenta días seguidos y que los obligaban a estar a la intemperie, permanentemente mojados y con las armas inutilizadas por la humedad de la pólvora; a esto hay que sumarle los propios accidentes del terreno, con ríos torrentosos que se hacía necesario cruzar o montañas que había que escalar o rodear, todo lo cual volvía hostil a la naturaleza para trasladarse y acampar (Pueyrredón, 1947, p. 224). Fueron años de enfrentamiento entre diferentes partidas. Una guerra en la que no se alcanzó ninguna victoria contundente. Con la toma del puerto de Talcahuano, el Ejército del Sud se retiró de la provincia de Concepción y marchó hacia Talca, a fin de organizar y disciplinar a las milicias del sur del territorio. Mientras tanto, en Santiago, el Director Supremo Bernardo O’Higgins declaraba la independencia de Chile, coronada por el éxito de la batalla de Maipo (1818).

     Si seguimos con la concepción de enemigo que manifiestan los escritos de Pueyrredón, en primer lugar, observamos al español, que sojuzga y tiraniza, y, por ello, considera necesario adoptar “la decidida voluntad de no pertenecer sino a sí mismo y de sostener esta declaración con cuanto es y cuanto vale” (ibid., p. 243). ¿Que trasmiten estas palabras? La convicción de sostener una causa propia a costa aún de la misma vida. En esta línea, después de la victoria de Maipo, escribe que:

 

…los americanos adquirieron la seguridad de que ya tenían Patria, y ésta era la palabra que se oía de todos: Ya tenemos Patria –esto es: ya la tenemos consolidada, ya vemos el término de nuestros sacrificios, ya podemos disfrutar de un bien que creíamos que era sólo para nuestros hijos; éste es el fruto de nuestra sangre. (Pueyrredón, 1947, p. 300)

 

Sin duda, estas reflexiones escritas a posteriori, tras el paso del tiempo, no reflejan la realidad del momento, plagada de incertidumbre y zozobra, corolario de un proceso que se ha vivido y que, al momento de plasmarlo por escrito, reflejan la tranquilidad y la certeza de un objetivo cumplido.

     Mientras San Martín preparaba la campaña al Perú, Pueyrredón fue asignado a una guerra de resistencia española que se inició en el sur, adonde llegaron grupos dispersos que venían en retirada desde Maipo. La orden que tenía el coronel José Matías Zapiola era la de pacificar todo el territorio desde Talca hasta el río Maule. Para ello, armó varias partidas para perseguir a los antiguos bandoleros, Zapata y Pincheira, ahora convertidos en guerrilleros realistas. Así fueron reducidas las guarniciones de los pueblos de Parral, Quirihue y Chillán, mientras muchos realistas abandonaban el escenario chileno por Talcahuano rumbo a Lima. Los que quedaron, todos americanos, comenzaron a marchar por tierra hasta Valdivia y Chiloé, con el fin de movilizar a los indios araucanos, borogas y moluches (Pueyrredón, 1947, p. 333). Aquí aparece en el relato el segundo enemigo, los indios, asociados a los realistas. ¿Era posible que los indios, que habían combatido a los españoles desde su llegada a estas tierras doscientos años atrás, hoy lucharan por el Rey? Para Pueyrredón, el enemigo (los realistas) sumaba fuerzas en el camino. En su marcha, se les va uniendo la población, habitantes de pueblos y comarcas, incluso religiosos, tanto monjas como sacerdotes. Aquí observamos claramente una distorsión de la realidad, tendiente a aumentar el poder potencial y real de ese enemigo al que se combatía, ya que el texto señala que se les iban sumando “todos los habitantes que encontraban en los pueblos por los que pasaban”.

     El relato deja en claro una primera acepción del enemigo: la causa realista, y todo aquel que se sumara a ella era enemigo de la patria y, por lo tanto, enemigo suyo. Pero, no sólo era necesario combatir al enemigo de la “causa americana”, sino también hacer frente a las desavenencias internas –estrategias y pareceres diferentes, choque de personalidades, celos y envidias–, las cuales solían generar peligrosas intrigas entre los jefes de segunda línea. Cuando San Martín se ausentó, la jefatura de las fuerzas recayó en el general Antonio González Balcarce, quien relevó del mando del ejército y del regimiento de Granaderos a Caballo al general Zapiola –sin saberse nunca muy bien por qué–, y en su reemplazo nombró al frente de la División del Sud al coronel Manuel Escalada. Los enfrentamientos entre patriotas y realistas continuaron durante los primeros meses de 1819 a través de una guerra de guerrillas, con triunfos como la batalla del Bío-bío, que, al decir de Pueyrredón (1947, p. 374), significó el fin del poder español en Chile. Las pequeñas partidas de españoles, escondidos en lo escabroso del terreno montañoso, aprovechaban para sorprender y emboscar a las fuerzas patriotas, acompañados de cientos de indios. La guerra en el sur se transformó en una guerra de partidarios y bandas indisciplinadas, dice Pueyrredón (ibid., p. 383), que quedó a cargo de los chilenos una vez que los cuerpos del Ejército de los Andes se retiraron a la ciudad de Santiago. En esa retirada, los indios, unidos a los españoles dispersos que quedaban y un considerable número de bandidos, se establecieron en la margen izquierda del Bío-bío (ibid., p. 407). Con esta información, se le ordenó a Pueyrredón que saliera a combatir al “enemigo” junto al capitán Manuel Romero. Las fuerzas reunidas entre ambos sumaban 40 granaderos a caballo al mando del primero y 50 infantes bajo el mando del segundo. Además, como lenguaraz y baqueano los acompañaba un hombre que:

 

…llegados a la orilla del río se puso a hablar con los indios que se encontraban del otro lado en su propia lengua y sin comprender ni una palabra de lo que decían pronto se dieron cuenta, por los movimientos que comenzaron a realizar, que venían en su persecución.

 

El lenguaraz había resultado ser un traidor. También sufrieron, por parte de un grupo de 800 hombres, entre españoles e indios, la sorpresa de una emboscada. Así, entre dos fuegos, prácticamente cayó la división completa, con excepción del baqueano y un teniente que lograron escapar. El saldo del combate fue terrible. Tendidos en el campo de batalla –Mesamávida– quedaron cientos de muertos y heridos, entre los que se encontraba Pueyrredón con diez puñaladas. En razón de estos combates, fue ascendido a capitán y recibió la cruz de oro de la “Legión del Mérito”. La guerra en el sud continuó hasta 1821[14].

     Licenciado del servicio de las armas por motivos de salud, aprovechó para regresar a San Luis y estar junto a su familia. En el camino se encontró con un viejo amigo de su padre, el general Bruno Morón, quien lo invitó a sumarse a las fuerzas que comandaba, divisiones de San Juan y Mendoza, que iban tras las del general José Miguel Carrera y Francisco Ramírez, cuyas montoneras asolaban las provincias de Córdoba y San Luis. Pueyrredón aceptó y se unió a ellos. En uno de los combates, Morón murió y las fuerzas se dispersaron. En esas circunstancias, Pueyrredón volvió a San Luis y se incorporó, en La Rioja, al ejército del gobernador José Santos Ortiz y a los hombres de Facundo Quiroga (Pueyrredón, 1929, p. 42). Las fuerzas se separaron y, en el camino, Pueyrredón fue sorprendido y tomado prisionero y llevado al campamento del general Carrera que se encontraba instalado en las afueras de la ciudad de San Luis. Carrera, al conocer quién era, lo distinguió con el mejor de los tratos, a pesar de que “…era enemigo jurado de mi familia. Todos saben que Carrera fue el principal autor de la caída del partido de Pueyrredón, por sus ataques al Directorio y sus imputaciones calumniosas al Director Supremo” (ibid., p. 46)[15].

     A esta altura del relato aparece la primera ambigüedad. Carrera era enemigo declarado de su familia y, por lo tanto, suyo también. Curiosamente, Pueyrredón dice que cuanto más trataba al general Carrera, mayor respeto y admiración sentía por él[16]. A su vez, el general lo distinguía con un trato más cercano al de un amigo que al de un prisionero. Carrera respetó en la ciudad de San Luis no sólo a la familia de Pueyrredón sino también al del resto de los habitantes. En su intento de regresar a Chile, “Carrera había abandonado toda tropelía y violencia en sus incursiones, sólo quería volver a su país”. Como es posible observar, las acotaciones sobre Carrera, a medida que avanza el relato, son cada vez más benevolentes. Más adelante en las Memorias, cuenta que, instalado en el campamento del Chorrillo durante más de quince días, fue obligado a marchar con los hombres de Carrera a San Juan, que se preparaba para combatirlo. Por ello, acampó en las afueras de la ciudad y pronto debió enfrentar a una columna del ejército patriota que venía desde Mendoza al mando de Manuel Olazábal. En este punto, a Carrera ya no lo presenta como su captor, pues “en nombre de la amistad que sentía” por ese hombre tan controversial, decidió combatir a su lado en contra del comandante Olazábal. En un alto de los enfrentamientos, Carrera le preguntó a Pueyrredón por qué no había aprovechado la oportunidad para escapar e, incluso, le había ofrecido la posibilidad de que se quedara en la primera población que encontraran, ante lo cual Pueyrredón le contestó que “…hubiera huido del general Carrera feliz, pero no abandonaré al general desgraciado; cualquiera sea su suerte participaré en ella” (Pueyrredón, 1929, p. 88). ¿Qué había sucedido para que Pueyrredón pasara de ser prisionero a partidario –de su enemigo– el general Carrera? ¿Había mudado de causa? ¿Se trataba de un temperamento altanero que se apiadaba ante la desgracia ajena? “Efectivamente, yo estaba resuelto a todo y me sentía orgulloso de lo que hacía; me consideraba un héroe y gozaba del sacrificio que me imponía” (ibid., p. 89).

     El plan de Carrera era tomar unos 400 caballos que tenía a resguardo en la villa de Jocolí, atravesar el Tunuyán y la pampa hasta llegar a Rosario, embarcarse en ese puerto rumbo a Montevideo y luego seguir viaje a Estados Unidos, donde se instalaría gracias a la ayuda de unos amigos que tenía allí. Pueyrredón estaba dispuesto a acompañarlo y participar de su suerte. La marcha se reanudó en la noche, momento en que tuvo lugar una conjura de los propios hombres de Carrera, que, al sentirse traicionados por éste cuando se enteraron de su intención de huir a Estados Unidos, se amotinaron, lo destituyeron del mando y lo hicieron prisionero. Llegadas las fuerzas del gobernador Godoy Cruz, fueron conducidos a la ciudad de Mendoza, donde Carrera fue sentenciado a muerte y ejecutado, mientras Pueyrredón permaneció preso durante cuarenta y un días, al cabo de los cuales fue liberado a instancias del gobernador de San Luis, José Santos Ortiz (Pueyrredón, 1929, p. 119). De inmediato, regresó a su hogar y, al poco tiempo, en febrero de 1822, partió hacia Buenos Aires. Al año siguiente, en 1823, contrajo nupcias con María Rosario Rioseco Silva.

     Esta etapa de su vida rememorada en las memorias nos deja algunas reflexiones. En primera instancia, el enemigo es todo aquel que se opone a la causa de la patria, de manera genérica y global. Desparecido el peligro realista del suelo americano, el enemigo de la patria es el rebelde (Carrera-Ramírez), que de una manera u otra se opone al nuevo orden instituido, ya sea por rivalidades internas, ambición o poder. Como señalamos ut supra, las desavenencias internas –estrategias y pareceres diferentes, choque de personalidades, celos y envidias–, solían generar peligrosas intrigas entre los jefes de segunda línea. En términos teóricos, Carrera se encuadraría dentro de esta categoría. Las rivalidades internas lo habían convertido en un traidor a la causa, en un “rebelde”. Sin embargo, como hemos visto, para Pueyrredón deja de ser su enemigo y se convierte en un leal amigo. ¿Qué resortes actuaron para que un hombre de armas, de sólidas convicciones, cambiara tan radicalmente? Es peligroso aventurarlo, aunque como hipótesis podría sostenerse que lo que los unió fueron cualidades propias de un soldado en la carrera de las armas, más allá del bando que se eligiera.

 

EN LA LUCHA CONTRA EL INDIO EN EL SUR DE BUENOS AIRES

     En Buenos Aires, Pueyrredón se incorporó a la expedición que el general Martín Rodríguez preparaba en 1824 a la frontera sur, con el objetivo de explorar las tierras que mediaban entre Tandil y Bahía Blanca[17]. El cuartel general se situó en la estancia de Antonio Dorna en San Miguel del Monte[18]. El ejército de tres mil hombres estaba al mando del general José Rondeau, acompañado por el gobernador, general Martín Rodríguez, y su ministro de Guerra, general Francisco de la Cruz. El convoy, dice Pueyrredón (1929, p. 126), “atravesó el Río Salado por el paso del Desplayado y desde aquel momento entró en el desierto y empezó a experimentar los inconvenientes y penalidades de una campaña en un terreno desconocido”.

     Las fuerzas marcharon durante varios días, haciendo frente a las dificultades del terreno y abriéndose paso entre los pajonales, que llegaban a cubrir la altura de un hombre a caballo. Al llegar al arroyo Chapaleofú, acamparon dos días, en los que fueron víctimas de los tábanos durante el día y de los mosquitos durante la noche. Según el relato de Pueyrredón, al cabo de tres jornadas llegaron a Tandil, donde permanecieron para aprontar las fuerzas. Allí, Pueyrredón fue nombrado comandante de la Escolta del gobernador. Una vez lista la formación, se pusieron en marcha hacia el sur, seguidos de un total de 150 carretas cargadas con útiles y materiales para fundar un pueblo, para lo cual llevaban también familias, y detrás de éstas seguía una numerosa cantidad de vivanderos (Pueyrredón, 1929, p. 128). Al mismo tiempo, desde el puerto de Buenos Aires, partió una expedición por agua con el mismo rumbo, al mando del capitán Jaime Montoro, acompañado por el ingeniero Martiniano Chilavert, compuesta de dos buques con enseres también para establecer una población, contratada por el gobierno a la empresa Vicente A. Casares e hijos. El objetivo de la misión era el reconocimiento de la costa sur y un posible lugar de desembarco en Bahía Blanca.

     Una vez alcanzado el punto de Bahía Blanca, se levantaría una fortificación y se avanzaría hasta el Rincón del Colorado, donde el ejército pasaría el invierno y, al año siguiente, se haría una nueva campaña para establecer fuertes en el Río Negro (Pueyrredón, 1929, p. 130).

     Cuando el ejército llegó a un lugar llamado las Cinco Lomas, último punto al que había llegado la expedición de 1823, se presentaron unos 400 indios para “parlamentar”. Pedían que el gobernador saliese a conferenciar con los caciques. Para ello proponían que se dirigiese a un punto intermedio entre ambas fuerzas y que llevara una escolta de diez hombres; pero el general Rodríguez les contestó que no podía alejarse del lugar en el que estaba porque “sus leyes se lo prohibían”, aunque mandaría un representante (Pueyrredón, 1929, p. 132). Esta representación recayó en el comandante Anacleto Medina, quien concurrió a la cita con diez soldados de la escolta. El plan consistía en que cuando estuviera frente a ellos, Medina le daría un tiro al cacique, el cual serviría de señal para iniciar el ataque. Curiosamente, los indios no se presentaron a la reunión, y esto, según Pueyrredón (1929, p. 133), se debió a que como “…los indios, (…) tenían la conciencia de la infamia, temieron la represalia y no concurrieron a la cita”.

     Retomada la marcha, los baqueanos manifestaron que hasta allí llegaban sus conocimientos; por lo tanto, para seguir el rumbo era necesario hacer exploraciones o reconocimientos diarios a fin de “…descubrir a vanguardia, la jornada que el ejército debía hacer al día siguiente” (Pueyrredón, 1929, p. 134). Rodríguez delegó el mando de esta comisión en el coronel Pueyrredón, quien manifestó que, desde ese momento, la escolta del gobierno se había convertido en vanguardia del ejército. De este modo, la expedición marchó hasta avistar Sierra de la Ventana. En el avistaje, tuvieron la sorpresa de ver de 400 a 800 indios en actitud de atacar el convoy. Así se inició una serie de maniobras, con avances y retrocesos, que no se concretaban en un enfrentamiento abierto. Los indios hacían escaramuzas con el objetivo de hacerles disparar las caballadas e incendiaban los campos para obligarlos a marchar en medio de grandes humaredas.

     A esta altura del relato, Pueyrredón (1929, pp. 138-139) recuerda, y trae a la reflexión, su lucha contra los araucanos en el sur de Chile y los compara con los pampas:

 

Los Araucanos tienen táctica y disciplina, conocen y ejecutan varias maniobras con exactitud, pelean en línea, en columna, en escalones y hacen cambios de dirección, con precisión y prontitud. La guerra de sorpresas y emboscadas les es muy familiar. Obedecen a un solo jefe, al cual se subordinan todos los caciques y a estos los capitanejos (…) Todo esto, unido a su bravura natural, hace del Araucano un enemigo terrible[19].

 

Los Pampas por el contrario, no tienen disciplina ni táctica alguna, no tienen orden, ni conocen más maniobra que una, en forma de herradura, pero sin formación regular, que es más bien para evitar un combate, porque en esa posición es imposible atacarles, porque ellos están flanqueando por derecha e izquierda, y atacado el centro desaparecen de allí para reunirse a los flancos. Solo una cosa saben, que es no cortar nunca la retirada del enemigo que combaten (…) Van siempre buscando que nuestra tropa dé la espalda, entonces el pampa es un enemigo terrible, por la persecución que hace[20].

 

     Esta descripción comparativa nos permite acercarnos a la concepción diferenciada que tiene del mundo indígena, no todas las tribus eran iguales. Mientras los araucanos eran valientes porque tenían una estructura de organización semejante a la de los criollos y esto los hacía previsibles, los pampas eran cobardes porque buscaban la ventaja de atacar por la espalda y en su comportamiento y manera de funcionar no eran comprensibles; por ello los consideraba un enemigo feroz[21]. A esto hay que sumarle el intento de atemorizar y aterrar al contrincante con su gritería infernal y la impetuosidad de sus ataques “…echados sobre el costillar del caballo, sólo se enderezan cuando están cerca de su enemigo, pero entonces sujetan el caballo, siempre sobre el freno y soslayado para estar prontos para huir” (Pueyrredón, 1929, p. 140). Por el contrario, los Araucanos eran vistos como hombres que respetaban una disciplina militar que, unida a su bravura, los convertía en enemigos respetables. De ellos rescata su valor y, de alguna manera, en su apreciación, es posible advertir una mirada igualitaria hacia un “otro” que, si bien es diferente, es percibido como un soldado combatiente, como él, al igual que los criollos.

     Los expedicionarios continuaron su marcha bajo la mirada atenta de los indios que los seguían desde lo alto de los cerros y esto los obligó a enfrentar emboscadas y escaramuzas sucesivas. La gran sorpresa se produjo cuando al pie de una cerrillada vieron una formación de cerca de tres mil indios. Al instante, se lanzaron al ataque y comenzó un feroz enfrentamiento que terminó con la fuga de los indios del campo de batalla.

     Después de este combate, el ejército continuó su camino hasta la costa del arroyo Sauce Grande, donde se hicieron varias exploraciones siguiendo la curvatura del río que, en su desembocadura, presentaba una gran cadena de médanos, por lo que fue preciso seguir buscando la Bahía. Hacia allí se dirigió el general Rondeau con 500 hombres. A los dos días llegó al lugar donde se encontraban los buques contratados por el gobierno. Era el arroyo Napostá chico, en la costa norte de la bahía. “El lugar no podía ser peor. Ni como puerto podía considerarse de importancia, ni la costa ofrecía ventaja alguna para hacer una población entre aquellos médanos”, dice Pueyrredón (1929, p. 154). El fondeadero o verdadero puerto distaba, en realidad, varias leguas de allí, aunque el ingeniero Chilavert creía que aquello era Bahía Blanca. Rondeau regresó al campamento con gran descontento y el gobernador Rodríguez, ante el fracaso de la expedición, decidió pedirles que se retiraran de la empresa, iniciando de inmediato el retorno. Al cabo de un mes y medio llegaron a Tandil, después de una sufrida marcha signada por el hambre y el frío, donde el general Rodríguez recibió una comunicación de Buenos Aires en la que se le informaba que el general Juan Gregorio de Las Heras era el nuevo gobernador. De esta forma se dio por terminada la campaña. De regreso en Buenos Aires, Pueyrredón fue destinado a la frontera, guarniciones de Santos Lugares, Chascomús, Quilmes, Tapera de Marín y Arroyo de Ramallo, y ascendido a capitán del Regimiento de Blandengues[22].

     Para Pueyrredón (1929, pp. 300-301), era necesario acabar con la guerra contra los indios, si bien los consideraba “…un flagelo destructor, (…) (una) vorágine, que se traga y devora a un mismo tiempo, las fortunas públicas y particulares”, veía plausible que finalizara pronto. Su participación en dicha guerra tuvo como objeto la defensa de la propiedad privada, pues consideraba que esas tierras darían enormes riquezas y el estado se libraría así de emplear tantos hombres en la defensa de la frontera. Se trataba claramente de una guerra de ocupación, pero en la que no estaba de acuerdo con el modo de expedicionar.

     Pueyrredón entendía que en las expediciones contra los indios siempre se producía el desorden y la desbandada, la improvisación, “…cuando nuestras tropas pisan el territorio de los indios sucede exactamente lo mismo que cuando ellos pisan el nuestro. Todos huyen despavoridos a ocultarse…” en alguna parte. La guerra contra los indios no es una guerra de orden, es una guerra de práctica, “es la menos guerra posible”. Es una guerra de hecho, en la que no hay ninguna pericia, ningún sistema, ninguna regla. De esta manera, el más apto para hacer esta guerra es el que tenga más práctica, el que sepa organizar y ajustar adecuadamente sus fuerzas al objetivo y, sobre todo, que sepa cuidar mejor sus caballos, ya que es el elemento principal. En este punto, Pueyrredón reconoce una superioridad por parte del indio, “siempre está bien montado”, porque es dueño de su caballo, lo ejercita, lo entrena, lo guarda de reserva para la pelea.

     En la guerra de frontera contra el indio, era necesario, dice Pueyrredón (1929, p. 315), tener conocimientos prácticos y de localidad. ¿Qué significa esto? Que en este tipo de guerra hay cosas que pueden parecer insignificantes pero que no lo son y su conocimiento es de suma utilidad, pues puede afectar, para su acierto o desacierto, la toma de decisiones y estrategias militares. Por ejemplo, cuando el paisanaje decía que “había novedad en el campo” o que “el campo estaba alborotado”, significaba que había que estar en estado de alerta. Para quienes no fueran duchos en la práctica y observación del paisaje, esto resultaba un enigma inexplicable; sin embargo, para quienes conocían la pampa, entendían su verdadero significado y no podían pasarlo por alto. Ese alboroto hacía referencia al movimiento de los avestruces o venados, y sabían que cuando se producía podía tratarse de una invasión de indios. Un buen observador, que supiera mirar, también podía saber a gran distancia “si andaba gente o no”.

                                                        

…donde nuestra vista no podía ver, sabían cuando eran cristianos o indios, y todo esto con una precisión matemática. Entre tanto, nosotros fatigábamos nuestra vista sin distinguir nada, y cuando al fin creíamos haber descubierto algo, era un carancho que por lo chato de su cabeza, tomábamos por indio, o un avestruz por jinete. (Pueyrredón, 1929, p. 316)

 

     Pocos son los que alcanzan a comprender la verdadera importancia de estos conocimientos, dice Pueyrredón. Para él, todo jefe que tenga a su cargo dirigir una expedición debe hacer un estudio particular de todo. Debe conocer la geografía y topografía del territorio, saber distinguir la calidad de terrenos y pastos, reconocer la existencia de aguadas y las diferencias entre ellas, algunas son de agua dulce y otras salobres, etc. Para Pueyrredón (ibid., p. 317) era necesario terminar con el sistema de expediciones volantes y decidir de manera firme la ocupación bajo la práctica de una guerra con paz o una paz armada. Entiende que la estrategia de ocupación debe ser diferente a la que se ha llevado a cabo hasta el momento, expediciones esporádicas, con fuerzas dispersas, que no fueron exitosas. Para él es necesario un ejército unificado y bien equipado, que se estableciera en un punto y desde allí se organizaran operaciones sucesivas bajo un mismo mando. De esta manera se iría avanzando sobre el territorio sin abandonarlo. La estrategia era clara, ocupación, avance, ocupación. Una vez ocupada la pampa, en particular hasta Salinas Grandes, Río Colorado y Río Negro, a los indios no les quedaría otra opción que someterse o perecer, ya que no les quedaría campo donde permanecer; las faldas de la cordillera eran pobres en pastos, las tierras del sur eran áridas y frías, ocupadas por los indios huilliches, enemigos irreconciliables de los pampas. “Ellos no invaden como los demás no son de a caballo, viven de la caza, bolean guanacos y liebres, suelen tomar también ganado, valiéndose para esto de trampas, al cual domestican y alguna aunque rara vez, traen a vender a Patagones” (ibid.,pp. 319-320). Como se roban entre ellos, la guerra es inevitable. “…tolderías enteras quedan destruídas, y los que escapan bajan por los desiertos donde perece la mayor parte de hambre y miseria” (ibid., p. 320). Para Pueyrredón la línea de fortines debía convertirse en una línea de colonias fundadas con elementos extranjeros. El Estado proveería alojamiento y subsistencia a los colonos, hasta que éstos aseguraran su estabilidad. La base sería la repartición de tierras con la carga de prestar el servicio de fronteras.

     Cabe aquí una nueva reflexión. En el relato aparece una continuidad clara de su pensamiento. El indio sigue siendo enemigo de la patria. Sin embargo, es interesante rescatar la diferenciación que hace de las parcialidades. Daría la impresión que no todos son tan enemigos y, paradójicamente, aquellos indios más peligrosos, por su disciplina y estrategias de combate, son, para Pueyrredón, menos “feroces”. Se vislumbra entonces, nuevamente, el peso de su formación militar a la hora de valorar al otro. Si es o no un buen combatiente. Aquí podría apelarse a la idea de otredad. Para Pueyrredón, el buen combatiente se convertía en un enemigo previsible; en cambio, quien no tuviera estrategias de combate se convertía en un enemigo peligroso por su imprevisibilidad. Como señala Tzvetan Todorov (1993, p. 40), no se puede comprender a quien no se conoce; para ello es necesario comunicarnos y entendernos. Sin duda, una forma de comunicación y, por lo tanto, de comprensión fue para Pueyrredón “el arte de la guerra”.

 

UNA MISIÓN POLÍTICA EN LA FRONTERA DE MISIONES

     En 1826, hubo una invasión de indios en el sur de Buenos Aires. Pueyrredón, que comandaba la vanguardia del Regimiento de Blandengues, se trenzó en combate y derrotó una a una las tres divisiones de 500 lanzas cada una con las que cargaron los indios. El gobierno, curiosamente, premió a los que no se habían batido; por ese motivo pidió su baja del servicio[23].

     Al año siguiente, en un viaje que hizo a Santa Fe por asuntos particulares, Pueyrredón recibió el encargo de su primo político Braulio Costa de visitar al general oriental Fructuoso Rivera, que se encontraba allí bajo el amparo del gobernador Estanislao López. En cuanto lo conoció, Rivera le pidió dinero y reses para su tropa, lo cual le fue concedido. A poco de regresar a Buenos Aires, recibió, de parte de Rivera, una invitación para sumarse a una expedición que realizaría a las Misiones[24]. Esta había quedado desprotegida después de la guerra contra el Brasil (1825-1828) y Rivera hacía tiempo que tenía planeado invadirla. El gobernador de Buenos Aires, coronel Manuel Dorrego, enterado de esto por su amigo Braulio Costa, convocó a Pueyrredón a una reunión con el objeto de encargarle una misión. Dorrego, según Pueyrredón (1929, pp. 169-175), manifiesto enemigo de su familia y de la política directorial que encarnó su tío Juan Martín, le ordenó que marchara en campaña con el general Rivera a fin de persuadirlo de no invadir las Misiones, ya que esto podría perjudicar los acuerdos de paz con el imperio de Brasil. Pueyrredón se negó, arguyendo que ya no estaba en servicio, a lo que Dorrego le recordó que el gobierno lo consideraba aún en servicio y que todo ciudadano debía servir a su patria. ¡La patria! ¡La patria! ¿Qué es la patria? Será, como dice el poema de Julia Prilutzky Farny (1950), que:

 

Se nace en cualquier parte. Es el misterio –es el primer misterio inapelable–, pero se ama una tierra como propia y se quiere volver a sus entrañas. Allí donde partir es imposible, donde permanecer es necesario, donde el barro es más fuerte que el deseo de seguir caminando, donde las manos caen bruscamente y estar arrodillado es el descanso, donde se mira el cielo con soberbia desesperada y áspera, donde nunca se está del todo solo, donde cualquier lugar es la morada. Allí donde se quiere arar. Y dar un hijo. Y se quiere morir, está la Patria.

 

O la patria será “la paz”, un estado de coexistencia y convivencia aún desconocida para los hombres de esta parte de América[25].

     Pueyrredón aceptó la misión, la que fue coronada con éxito, ya que sus gestiones lograron la restitución de las Misiones a Brasil y que Rivera volviera a la Banda Oriental, evitando así el enfrentamiento con las fuerzas imperiales. El ejército de Rivera, constituido por “3.000 hombres, aproximadamente, marchaba con 800 indios charrúas regimentados, 150 mil cabezas de ganado vacuno, 20 carretas y 12 mil familias, con la finalidad de ser incorporado al nuevo Estado oriental”[26]. Recibido por el gobernador, general José Rondeau, Rivera fue nombrado jefe del Estado Mayor General (Pueyrredón, 1929, p. 236).

 

EN LA LEJANÍA DEL EXILIO

     De regreso en Buenos Aires, Pueyrredón se encontró con el derrocamiento y muerte de Manuel Dorrego, producto de la revolución decembrina encabezada por el general Juan Lavalle. En 1829 ascendió a sargento mayor y en 1830 a teniente coronel, siendo, durante algunos meses, edecán del gobernador Juan Manuel de Rosas y nombrado comandante del 6° Regimiento de Milicias de Campaña[27]. En 1831, actuó en Córdoba y ese mismo año fue nombrado jefe del primer Departamento de la campaña de Buenos Aires, otorgándosele el comando del Escuadrón de Quilmes, siendo poco después destituido por el gobierno del general Juan Ramón Balcarce. Posteriormente, fue nombrado teniente coronel del Regimiento 1 de Campaña y en 1835 promovido a coronel graduado.

     Pronto, la política llevada adelante por el nuevo gobernador –Rosas iniciaba su segundo mandato–, distanció a Pueyrredón, quien hizo pública su posición, lo cual le valió la cárcel, en donde estuvo desde noviembre de 1835 hasta el 5 de septiembre de 1837, cuando logró fugarse con la ayuda de familiares y amigos[28]. En la noche de ese día, embarcó, junto a otros compatriotas, entre ellos Valentín Alsina, rumbo a Montevideo, en donde, al año siguiente, el general Rivera vencería al partidario de Rosas, el general Manuel Oribe. Nuevamente, la lucha por la libertad de la república encendía los ánimos de Pueyrredón, como cuando luchó por la misma causa formando parte del Ejército de los Andes.

     Una de las primeras acciones que lo tuvo como protagonista en la capital oriental fueron los preparativos para el levantamiento de la campaña de Buenos Aires, “el primer pensamiento de guerra fue mío, esta gloria nadie me la puede disputar”, dice Pueyrredón (1929, p. 247). Así comenzó a intercambiar pareceres sobre el modo de organizar una expedición y formar un ejército libertador[29]. En función de ello, reclutó varios voluntarios entre los peones del saladero, muchos de los cuales habían sido soldados suyos en Buenos Aires. Fruto de las reuniones que se hicieron a puertas cerradas en diversas casas de emigrados, Modesto Sánchez, Florencio Varela y Salvador María del Carril, entre otros, se acordó y decidió convocar al general Lavalle, quien aceptó y fue nombrado general en jefe de la expedición. Pueyrredón asumió el mando del ejército. Dos meses tardaron en organizar y entrenar a la nueva tropa. El ejército, que adoptó el nombre de “Legión Argentina”, pasó el 2 de junio de 1839 a la isla Martín García a pesar de la oposición y persecución llevada a cabo por el general Rivera, quien, a estas alturas, se entendía con Rosas[30]. Para Pueyrredón (1929, p. 263), el gobierno de Rivera se había convertido en un “gobierno pérfido y desleal”, que los perseguía “para entregarlos al tirano”. Rivera estableció sus tropas a lo largo de la costa uruguaya a fin de impedir la reunión y provisión de armas y suministros de los emigrados (ibid., p. 265).

     Desde el cuartel general en la isla Martín García, los legionarios manifestaron la necesidad de abrir comunicaciones con los jefes rosistas en Buenos Aires; para ello Pueyrredón se instaló durante doce días en la confluencia de los ríos que desembocan en el canal que pasa por Tigre y San Fernando y, desde allí, envío varias misivas, quedando a la espera de las respuestas. En líneas generales, dice Pueyrredón (ibid., p. 269), las contestaciones fueron afirmativas; los generales Celestino Vidal, Agustín Pinedo y Mariano Benito Rolón[31] dijeron que “no se nos exija empezar, que se cuente con nosotros cuando la legión desembarque, pero la persona del general Lavalle, no es suficiente garantía para nosotros”. De todas las misivas que se distribuyeron, una sola llegó a poder de Rosas. “Algunos otros no contestaron, pero al menos, no traicionaron” (ibid., p. 270). Cuando Lavalle tomó conocimiento de esto, indicó que Pueyrredón les escribiera para decirles que,

 

Él nunca sería un obstáculo para nada (…) que él iba decidido a ser lo que los pueblos quisieran que fuese; que si al llegar a Buenos Aires los pueblos le dijeran sea V. federal, ninguno sería más federal que él, pero si por el contrario, le decían, sea V. unitario, que no tendría embarazo en ponerse a las órdenes de cualesquiera de ellos. (ibid., p. 270)

 

     ¿Dónde quedó la causa por la cual luchaba el general Lavalle? Estando listos para iniciar la campaña, Lavalle, en lugar de marchar hacia Buenos Aires, decidió dirigirse a Entre Ríos. Nadie entendió ese cambio de estrategia. La mayoría de los jefes no estaban conformes con el nuevo plan. Pueyrredón se opuso terminantemente a este proyecto y amenazó con abandonar todo y volver a Montevideo, idea de la que desistió sólo por el ruego del general Lavalle. Con el pasar de los años, se lamentaría del hecho. “¡Este fué el primer error, error funesto, precursor de otros muchos, origen de la pérdida de la empresa y de un ejército, con el que se debería haber marchado de triunfo en triunfo hasta la Plaza de la Victoria!” (ibid., p. 275).

     Así se inició la campaña de Entre Ríos. La legión se dirigió finalmente a Gualeguaychú, desde donde se enviaron varias misivas a distintos puntos de la provincia con el objeto de obtener apoyo en hombres, caballadas, comida y armas. Al no tener buena acogida, Lavalle decidió marchar con sus 462 voluntarios hacia la frontera del centro del país, no sin antes enfrentarse a las fuerzas del gobernador Vicente Zapata de Entre Ríos, que reunió un total de 1.800 hombres. A pesar de la diferencia de recursos, el combate fue ganado por los legionarios[32].

     Después de este enfrentamiento, Lavalle envió una parte de las fuerzas al norte del litoral (Concordia y Corrientes), a fin de sumar al general Pedro Ferré. Allí, Pueyrredón fue nombrado jefe del Estado Mayor General, encargado de la organización del ejército de operaciones. En ese momento, llegó la noticia de la revolución de los Libres del Sur, encabezada por Pedro Castelli[33]. Pueyrredón le propuso a Lavalle marchar de inmediato al sur, pero éste se opuso; le sugirió, entonces, la posibilidad de ir él personalmente, propuesta que también rechazó. “Una noche, cuenta Pueyrredón (ibid., p. 284), todos los jefes vinieron a saber lo que el general determinaba en aquellas circunstancias, y habiéndoles referido todo, fui con ellos a hablar al general, pero fue en vano”. Cuatro días después de estas negativas, Pueyrredón renunció a su cargo y se encaminó hacia el sur con el fin de unirse a los revolucionarios. En Salto, se embarcó para continuar su camino y en la boca del Guazú encontró al convoy que transportaba a los emigrados del sur. “…había sucedido lo mismo que le había dicho al general, la revolución se había perdido por falta de jefes” (ibid., p. 286). En razón de ello, se dirigió, entonces, a Montevideo.

     Allí, el ministro de gobierno Santiago Vázquez, a instancias de los franceses, le propuso que organizara una expedición para invadir el sur bonaerense. Ante esto, Pueyrredón pidió asociar a los generales Martín Rodríguez, Juan José Viamonte y Tomás de Iriarte, quienes también se encontraban en la capital oriental. El primero se encargaría de solicitar al presidente Rivera el permiso de reunión correspondiente para trabajar con los otros emigrados, pero éste se opuso de forma vehemente, razón por la cual no pudo concretarse la expedición.

     Dada la situación, Pueyrredón no podía continuar en el ejército y decidió emigrar, junto a su hermano Adolfo, a Brasil. Allí residió en diferentes lugares –Río de Janeiro, Pelotas, Bagé e isla de San Gabriel–, en donde intentó ganarse la vida como agente comercial. Luego pasó a Corrientes y, finalmente, a Montevideo, dedicándose al oficio de zapatero, lo cual le significó sufrir angustiosas penurias económicas y recaídas en su estado de salud debido a las viejas heridas recibidas en los combates en el sur de Chile. En 1844 se casó en segundas nupcias con Sebastiana Bauzá Tristán.

     Pueyrredón volvió a Buenos Aires después de la batalla de Caseros (1852), donde el ministro Valentín Alsina logró que por un decreto del gobierno se le reconociera su grado militar y le ofreció volver al servicio, distinción que por entonces rehusó para dedicarse a atender una estanzuela que tenía en el partido de San Nicolás. Distanciado de los sucesos políticos, no formó parte de la revolución del 11 de septiembre[34]; no compartía el rumbo que volvía a tomar la política en la provincia, retirándose nuevamente a Montevideo, donde permaneció cuatro años. En 1858, regresó a San Nicolás para ocuparse de su estancia y para ello se asoció con un tal Montié, mientras él se instalaba en la ciudad de Rosario. Eran las vísperas de la batalla de Cepeda, en donde se enfrentarían las fuerzas de Buenos Aires, conducidas por el general Bartolomé Mitre, y las fuerzas de la Confederación argentina, comandadas por el general Justo J. de Urquiza. Pueyrredón expresaba claramente su adhesión a la causa federal. Y a instancias de sus sobrinos Rafael y José Hernández, que servían en el ejército de la Confederación, nuevamente se incorporó a las armas, pero por poco tiempo, pues el 10 de noviembre de 1865 falleció en la ciudad de Rosario.

 

CONSIDERACIONES FINALES

     A través de las Memorias del coronel Manuel A. Pueyrredón, vemos una vida entera dedicada a las armas. Una carrera que se hizo en base a la experiencia en el campo de batalla en donde enfrentó a varios enemigos. Entre ellos, los españoles-realistas en la lucha por la libertad de las Provincias Unidas cuando se sumó al Ejército de los Andes bajo el comando del general San Martín. Allí inició la guerra de fronteras, combatiendo tanto a los españoles-realistas en su corrimiento hacia el sur de Chile, como a los indios araucanos y bandidos de caminos que se sumaron al bando de los realistas y, de este modo, se convirtieron también en enemigos de la patria.

     Después de estos combates, de los que salió gravemente herido, fue hecho prisionero por las fuerzas del general José Miguel Carrera. La situación vivida con Carrera, enemigo declarado de su familia, como él mismo dice, opositor político y entregado a la lucha de montoneras contra los mismos que compartían la causa de la libertad de América, le hizo cambiar de opinión mientras compartían largas conversaciones en su campamento, al punto de declarar su admiración y sincera amistad. Este comportamiento nos lleva a hacer algunas reflexiones, en el sentido de que es posible hacer la guerra al enemigo público desconocido, al enemigo sin rostro que representa un proyecto político basado en la falta de libertad, en la sumisión y discriminación, como la que encarnaban los españoles-realistas. Pero cuando al enemigo se le conoce el rostro, incluso como prisionero, y se tiene trato personal con él, como el general Carrera, opera una identificación personal basada en ciertos valores admirables, como valentía, sacrificio y heroísmo. Sin embargo, fueron los propios hombres de Carrera quienes lo entregaron a los patriotas cuando se sintieron traicionados por éste al planear su fuga del país. Esto, claramente, no lo vio Pueyrredón –o no lo quiso ver–, siendo rescatado de esa enmarañada situación entre Carrera y sus hombres por el gobernador de Mendoza, quien evitó que fuera acusado de traición. Pueyrredón se apiada del general en desgracia, quizás, como una posible proyección de sí mismo ante la profunda incertidumbre de esos tiempos.

     El regreso a Buenos Aires en 1824 y su incorporación a la campaña del general Rodríguez al sur de la provincia produjo, para Pueyrredón, un cambio de escenario, de causa y de enemigo para enfrentar en la guerra. La expedición, que tenía por motivo explorar el territorio más allá de las sierras de Tandil y Ventana, con el fin de avanzar la línea de frontera, ocupar esas nuevas tierras que beneficiarían al sistema productivo que comenzaba a imponerse por parte de los criollos y obligar a los pueblos indígenas, habitantes del lugar, a desplazarse hacia más allá del río Negro, fracasó por la falta de coordinación entre las fuerzas de mar y tierra y por las continuas disputas políticas que se dirimían en Buenos Aires, al punto que Rodríguez perdió su cargo de gobernador antes de llegar a la casa de gobierno al no ser reelegido. La experiencia de esta campaña le permitió conocer más de cerca a los indios pampas como enemigos y compararlos con los araucanos, a quienes conoció en sus campañas de Chile. Esta no era una lucha por la libertad, sino una lucha por la ocupación del territorio. Para Pueyrredón, simbolizaba lo mismo, la lucha por la patria, que está hecha de libertad y de territorio. Si bien tanto los indios pampas como los araucanos eran considerados por Pueyrredón “enemigos feroces”, no por su superioridad numérica o por el tipo de armas que empleaban, sino por sus formas de guerrear. Y aquí, puesto a elegir, Pueyrredón prefería a los araucanos antes que a los pampas. Mientras los primeros tenían organización, táctica y disciplina, semejante a lo que Pueyrredón conocía como militar, lo cual los hacía previsibles y respetables, los pampas no la tenían, por el contrario, se caracterizaban por su astucia, su gritería y ataques por la espalda, lo cual los convertía en imprevisibles, cobardes y despreciables. Ahora bien, para complejizar el panorama y comprender un poco más el pensamiento de Pueyrredón, el indio, para él, no era un enemigo en sí mismo. Valga como muestra este relato que intercala en sus escritos sobre los indios del norte (guaraníes), a quienes consideraba más civilizados que el hombre blanco simplemente por la forma de enterrar a sus muertos. Mientras los criollos aún lo hacían en las iglesias, lo cual acarreaba problemas de higiene urbana, ellos ya tenían campos santos con lápidas y monumentos, “…lo que no sucedía entre nosotros, hombres civilizados, que mirábamos con desprecio a los indios” (Pueyrredón, 1929, p. 188).

     La intensa lucha que Pueyrredón llevó a cabo en la frontera le permitió adquirir conocimientos y experiencias que plasma en sus memorias al explicar el fracaso de todas las expediciones exploradoras que se habían hecho hasta el momento y proponer y aconsejar una nueva forma de expedicionar, que podría resumirse en la necesidad de un ejército unificado, asentado en un punto del territorio, con una estrategia de avance y ocupación del mismo y que sintetiza de forma breve al afirmar que se debe “ocupar el territorio bajo la práctica de una guerra con paz o una paz armada”.

     Después de estas experiencias, y más involucrado en los vaivenes de la política interna, en un primer momento se sintió identificado con el proyecto federal, aunque distanciado de la forma de hacer política de Juan Manuel de Rosas, por lo cual abandona el país y se suma a la causa de los unitarios en Uruguay y pasa a formar parte del ejército que se preparaba bajo el mando del general Lavalle para invadir y liberar el territorio patrio del “yugo del tirano”. Nuevamente, el escenario, la causa y el enemigo cambiaron. Se trataba ahora de una guerra de liberación y los enemigos eran sus propios compatriotas. Vuelven a aparecer los sentimientos de amistad y admiración por un hombre, Lavalle, con quien difiere en la estrategia a seguir. Las diferencias que ambos mantienen y los malentendidos que se generan entre ellos, lo lleva no sólo a terminar con su amistad sino a abandonar el servicio de las armas. Volvemos sobre el mismo punto.

     Finalmente, obligado a realizar múltiples tareas para sobrevivir, Pueyrredón regresa recién a Buenos Aires en 1852, después de la caída de Rosas. La nueva instancia política que se vive en Buenos Aires con la llegada y pronta partida de Urquiza y la separación de Buenos Aires de la Confederación Argentina, hace que opte por instalarse en Rosario, cerca de su familia, en especial de su sobrino, José Hernández, claramente partidario del federalismo de entonces, y en donde fallece en 1865, dos años después de ver finalmente la república unida bajo una misma bandera.

     Si volvemos al comienzo del texto y retomamos lo dicho por Carl Schmitt respecto a que el “enemigo es sólo un conjunto de hombres que siquiera eventualmente, de acuerdo con una posibilidad real, se opone combativamente a otro conjunto análogo”, vemos que esa eventualidad remite a la posibilidad latente de hacer la guerra. Y la guerra, para Schmitt, es una lucha entre dos unidades organizadas –en el caso de la guerra civil, ésta es una lucha dentro de una misma unidad organizada–, significando, de esta manera, el fracaso de la política, necesaria para la construcción de un orden social. En este sentido, es en la arena del campo de batalla donde se expresa el antagonismo entre amigos-enemigos[35] [36].

     En función de estas reflexiones, el enemigo para Pueyrredón no era sólo el español-realista, el indio o el federal rosista, sino todo aquél que se presentara en un campo de batalla en representación de un proyecto político opuesto al que él creía. Y ese proyecto más que político era militar, basado en los valores que él consideraba admirables en todo soldado: heroísmo, valentía y honor. Aquí aparece esa lábil frontera que marcáramos al comienzo del texto entre la identificación y el reconocimiento de valores propios que se proyectan en un “otro” al que se considera igual e idéntico y la diferenciación basada en la creencia de la superioridad o inferioridad de esos mismos valores que llevan a considerar a un “otro” no igual y diferente, sino inferior o superior y, por lo tanto, enemigo a combatir[37]. Terminar con el enemigo, que era el extraño que amenazaba el cimiento de una identidad, era la finalidad que movilizaba (y oponía entre sí) a los criollos en la construcción de un nuevo orden político y social.

 

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NOTAS



[1] * Este artículo fue presentado en el 1° Congreso Iberoamericano de Estudios Sociales sobre el Conflicto Armado, Universidad Nacional de Luján, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 6, 7 y 8 de noviembre de 2019. Agradezco a Bibiana Andreucci y Gastón Scalfaro por la invitación y los comentarios hechos a una versión previa del trabajo.

[2] Escritos Históricos del Coronel Manuel A. Pueyrredón. Guerrero de la Independencia Argentina. Buenos Aires, Editor Julio Suárez, 1929 y Memorias Inéditas del Coronel Manuel A. Pueyrredón. Buenos Aires, Kraft, 1947.

[3] Cfr. Rabinovich (2011 y 2017); Soria (2017).

[4] El tema es arduo y complejo y nuestra intención, al invocar a Ricoeur, ha sido fundamentalmente dotar al trabajo de un marco conceptual en el cual insertar nuestras reflexiones. Para introducirse en la obra de Paul Ricoeur, Chartier (2005, pp. 69-86). Además de las obras del propio Ricoeur (2000, pp. 731-747).

[5] Para completar sus datos biográficos, véase, Yabén (1939, t. IV, pp. 739-745) y Cutolo (1978, t. V, pp. 619-621).

[6] Hijo de Juan Martín de Pueyrredón Labrucherie, comerciante y hacendado de origen francés, y Rita Damasia O’Dogan, vecina de Buenos Aires de origen irlandés, y hermano de Juan Martín; Diego José; Juan Andrés; Feliciano; Juana; Magdalena e Isabel Pueyrredón O’Dogan.

[7] El matrimonio tuvo, además, otros cuatro hijos: Rita (1801-1880), casada, en primeras nupcias, con Francisco de Paula de la Cruz Lynch, con quien tuvo seis hijos, y, en segundas, con Miguel Magariños, con quien tuvo dos hijas; Isabel (1805-1843), casada con Rafael Pedro Pascual Hernández, con quien tuvo tres hijos, entre ellos el poeta José Hernández, autor del Martín Fierro; Victoria (1806-1888), casada con Mariano José Pueyrredón, con quien tuvo cuatro hijos; y Adolfo Feliciano (1825-1892), casado con Idalina Carneiro da Fontoura Lopez, con quien tuvo diez hijos.

[8] Para la contextualización del período, véase, entre otros, Goldman (1998, t. III); Academia Nacional de la Historia (2000, t. 4); Ternavasio (2009).

[9] Sobre la conformación del Ejército de los Andes y otros temas relacionados, véase, entre otros, Rabinovich (2013).

[10] Carta del Director Supremo, General Don Juan Martín de Pueyrredón al General Don José de San Martín, 24 de septiembre de 1818, Museo Mitre, Documentos del Archivo de San Martín, t. IV, p. 606. Transcripta en Pueyrredón (1929, pp. XV-XVII).

[11] Archivo General del Ejército, Legajo Personal 10420, Coronel Manuel Alejandro Pueyrredón [en adelante, AGE, LP 10420].

[12] Participó de las batallas de Ñuble, Bío-bío, Mesamávida, Paillique, Yumbel, Concepción, Talcahuano, Santa Juana, Curalí y Carampangue, en los sitios de Los Angeles y Talcahuano y en la segunda expedición a Valdivia.

[13] “Los jefes de esas gavillas, dice Pueyrredón (1947, pp. 225-226), eran un tal Zapata, Pincheira y Alarcón (dos hermanos). A estos hombres condecoró el general español con el título de capitanes por el Rey de España y les dio instrucciones para hacer la guerra a los patriotas”.

[14] Para profundizar este tema, véanse, entre otras, las clásicas obras de Bartolomé Mitre (1890) y Diego Barros Arana (2002, vol. 10).

[15] Carrera tenía recelo del general Juan Martín de Pueyrredón por el apoyo que éste le había brindado al general San Martín y a su enemigo declarado, el general O’Higgins. Los consideraba responsables de la muerte de sus dos hermanos.

[16] Véase, Vicuña Mackenna (1837). También, Bragoni (2012).

[17] Rodríguez realizó tres expediciones a la campaña sur de Buenos Aires: 1820, 1823 y 1824. Para ampliar este tema de forma general, véase, entre otros, Barros (1957) y Walther (1970). Para otro tipo de enfoques, Banzato (2005) y Ratto (2007).

[18] La fuerza estaba constituida por 500 hombres del Batallón N°1 Milicias de Infantería montada, comandada por el coronel Correa; 400 del Regimiento de Blandengues, a cargo del coronel Mariano Ibarrola; 400 Húsares Dragones, dirigidos por el comandante Anacleto Medina; 200 Húsares de Buenos Aires bajo la conducción del comandante Federico Rauch; 600 Milicias de Caballería bajo el mando de los comandantes Francisco Sayós e Ignacio Inarra; 100 Voluntarios con el comandante Miguens; 250 Colorados de las Conchas con José María Videla y 50 baqueanos. En total, 3.000 hombres (Pueyrredón, 1929, p. 124).

[19] La cursiva es mía.

[20] La cursiva es mía.

[21] La cursiva es mía.

[22] AGE, LP 10420.

[23] En su legajo personal, figura, desde el mes de abril de 1826, “enfermo” y “enfermo en casa”, y, finalmente, la baja con fecha del 1° de septiembre de 1826 (AGE, LP 10420). También, Cutolo (1978, p. 620).

[24] Para este tema, véase, entre otros, Palomeque (1914); Cruz (1916); Frega (2009).

[25] Para ver las diferentes connotaciones de este término, véase Di Meglio (2008, pp. 115-131).

[26] En realidad, se trató de un ardid del general Rivera para entrar pacíficamente a la Banda Oriental. Por ello, había hecho correr la falsa noticia de un levantamiento en contra del gobierno recientemente constituido y envió al coronel Pueyrredón en misión a Canelones para que informara al gobernador que el supuesto grupo revolucionario le había ofrecido el mando de las fuerzas, pero que él había reusado aceptar convirtiéndose, por el contrario, en defensor de la autoridad. Con ese objetivo se habían falseado los números. En realidad, Rivera marchaba con un ejército de 1.500 hombres, 200 lanzas misioneras, 44 mil cabezas de ganado vacuno y 2.000 familias (Pueyrredón, 1929, pp. 220-235).

[27] AGE, LP 10420. Cumplió servicios en Chascomús, Tapera de Marín, Reducción de los Jesuitas y Quilmes y Ramallo en la provincia de Buenos Aires. Véase, además, Reguera (2017, pp. 51-76).

[28] AGE, LP 10420.

[29] Sobre este tema, véase, entre otros, Zubizarreta (2014).

[30] El objeto de esa negociación, dice Pueyrredón (1929: 272), era impedir que el general Lavalle se movilizara, por ello, una vez que éste dejó Montevideo para pasar a la isla Martín García, el acuerdo entre Rosas y Rivera ya no tuvo razón de ser. Para más datos sobre estos acontecimientos, véase, entre otros, Saldías (1911); Beverina (1923); Paz (2007).

[31] Los generales mencionados fueron representantes en la legislatura porteña durante el periodo rosista. Para más datos, véase, Reguera (2019).

[32] Véase, Saldías (op cit.); Beverina (op cit.); Paz (op cit.).

[33] Para este tema, véase, entre otros, Carranza (1880); Selva (1935); Gelman (2002).

[34] Véase, entre otros, Saldías (op cit.); Beverina (op cit.); Paz (op cit.).

[35] El mismo Schmitt admite que en el plano moral las distinciones de fondo pueden ser bueno y malo; en el estético, belleza y fealdad; en el económico, rentable y no rentable. Véase, Delgado Parra (op cit., p. 177).

[36] Sobre el tema de la guerra en el Río de la Plata, véase, entre otros, Rabinovich y Zubizarreta (2015) y Rabinovich (2015). Para un análisis de la construcción discursiva sobre el “otro”, enemigo y extranjero, en el Río de la Plata, véase, Cantera (2016).

[37] Para el tema de la otredad, véase, entre otros, Todorov (2000).

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